En una finca en Guaynabo, donde antes un abuelo se recostaba para coger fresco, hoy, cientos de personas acuden cada semana a comer alcapurrias.

Pero no son cualquier alcapurria, miden 12 pulgadas y están rellenas –de punta a punta– con carne molida, corned beef, camarones al ajillo, mofongo con churrasco o hasta arroz blanco, habichuelas, bistec, amarillos y aguacate.

Son 65 opciones. Todas hechas al momento. Pero si no te bastan, puedes crear la tuya.

“La más extraña que me pidieron fue de huevo frito con jamonilla. Y se le hizo”, cuenta Alberto González Guzmán, propietario de El Rincón de Abuelo.

También tienen de temporadas, como de bacalao en Cuaresma, pavo asado en Thanksgiving y arroz con gandules, pernil y morcilla para las navidades.

“Hubo alguien que pidió que le añadiéramos los coditos (a la de Navidad)”, recuerda. “Cosas de puertorriqueños”.

Pero la que está arrasando es la de carne molida, pasta de guayaba y queso crema.

El secreto: la frescura

En el negocio, no hay vitrinas ni productos congelados. Los ingredientes siempre son frescos.

De miércoles a domingo, los empleados comienzan a llegar a las 10:00 de la mañana para hacer las preparaciones del día y que todo esté listo para abrir a las 12:00 p.m.

Entonces, cuando el cliente ordena, comienza el meneo en la cocina.

“Yo no quise crear un fast food”, destaca.

Y es que cada alcapurria se amasa, se rellena y se fríe al instante. Por eso, la comida puede tardar entre 45 y 55 minutos.

“Sé que la espera desespera, pero el concepto es como si estuvieras en el patio de tu casa y mandaste a tu abuela a hacerte una alcapurria”, explica. “Si quieres un producto de calidad, tienes que esperar”.

Tradición familiar

A González Guzmán siempre le gustó la cocina. Fue su abuela quien le enseñó a domar el fuego y a tener buena mano.

Esa pasión lo llevó a una idea que hizo realidad en 2019, cuando abrió, con el apoyo de su madre y su esposa, el local.

“Mi abuelo siempre quiso montar algo así y yo lo cumplí”, apunta.

Al principio, solo era el pequeño gazebo donde todas las mañanas el abuelo iba a recostarse. Poco a poco, el empresario lo fue expandiendo.

Su familia –y la finca– son el corazón del concepto. Su madre aún vive allí. Y su abuela está presente en cada plato.

“Aquí no vas a encontrar un arroz blanco soso. Aquí es como mi abuela me enseñó a hacerlo, sala’ito, que te lo puedas comer solito. Así es como se cocina aquí”, resalta.

Lo mismo ocurre con la masa de las alcapurrias. “Es una receta de mi abuela, que tiene años y es como la original, sin yuca”, confiesa. “No se vende por ahí”.

Eso sí, puntualiza que el “invento de hacerlas grandes” y de rellenarlas “de cuanta cosa hay” fue suyo.

Para pasar el día en familia

Igual que su función original, El Rincón de Abuelo brinda hoy un espacio para bajar revoluciones entre el verdor de los árboles, el viento fresco, el sonido del río y ese olorcito a comida boricua.

El menú también ofrece otras opciones como pastas, camarones, mofongos, pasteles al caldero, tostones frescos y papas fritas peladas y cortadas allí.

Uno de los favoritos es el arroz El Abuelo, un mamposteao con chorizo, churrasco, pollo, amarillos y cerdo.

“Cuando estás en el patio de tu abuela, no tienes prisa porque vas a compartir en familia”, indica el propietario.

Hay clientes que así lo entienden, llegan al mediodía y pasan la tarde entera con sus seres queridos.

“Quise crear algo donde estar a gusto con el espacio, la naturaleza, la comida”, asegura. “Que vengas y sientas que la comida es como la de casa de tus abuelos”.