Muchos sueñan con mandar al diablo el trabajo (Vota en la encuesta)

Nota de archivo: esta historia fue publicada hace más de 16 años.
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Nueva York.- En algún momento, todos pensamos en algo hacer así. ¿O no?
Cuando el cubículo de la oficina comienza a parecer una prisión. Cuando esa sonrisa boba de tu jefe se torna insoportable. Cuando se tiene la sensación de que el sueldo miserable que uno gana no justifica tanto padecer.
El día en que el asistente de vuelo Steven Slater dejó su trabajo desafiando todas las reglas -tirándose por un tobogán de emergencia, con una cerveza en la mano- hizo realidad el sueño de muchos asalariados frustrados con su empleo.
El portazo que pegó Slater echó a volar la imaginación de millones de personas que fantasean con mandar al diablo su trabajo en un gesto de dignidad.
Samuel Rodela todavía recuerda la mañana de hace una década en que durante todo el trayecto de una hora y media a su trabajo planeó la forma en que dejaría el empleo, que se había convertido en un sitio opresivo, lleno de resentimientos y donde no se daba espacio a la creatividad.
Al final, optó por una fórmula sencilla: llegó con una caja y comenzó a recoger sus cosas. Cuando su odiado jefe le preguntó qué estaba haciendo, se dio vuelta y la dijo algunas cosas irreproducibles. Luego enfiló hacia la puerta y desapareció para siempre.
"Hay mucha gente que no está contenta con lo que hace. Lo mejor es irse", sostuvo Rodela, quien tiene 30 años y es de Dallas. "La vida no debe ser así. Tenemos muy poco tiempo como para estar soportando esas cosas".
Rodela sigue creyendo que, incluso en épocas duras, siempre habrá oportunidades para quienes se niegan a aceptar trabajos que no los satisfacen.
Eso lo comprobó Mary Phelps en carne propia. Tras ser maltratada una vez más por un jefe que se acostaba con otras meseras de su turno, consideró seriamente tirar un gigantesco pote con salsa de tomate posado sobre la cocina de un restaurante italiano.
En su lugar, tomó los pedidos de seis mesas al comenzar el horario de la cena y poco después partió sin llevarles ni un vaso de agua.
"Me sentí muy bien. Fue una gran sensación", recuerda. "No me arrepiento de nada. Sentí que me sacaba de encima una gran carga".
Ahora, casi 30 años después, Phelps, quien vive en Columbia, Kentucky, dice que esa experiencia la ayudó a iniciar una carrera como periodista de ecuestres.
"Me dio el valor para encarar una parte más arriesgada de mi vida", manifestó.
Con frecuencia priva el pragmatismo y el autocontrol, y la fantasía de dejar el trabajo no pasa de ser eso, una fantasía.
El mesero Matthew Kennedy ha tenido que esquivar golpes de borrachines y que pelearse con clientes molestos porque dejan de servirles tragos. No es ni por asomo la primera persona que trabaja en un bar que siente la tentación de dejar su empleo.
"Honestamente, ojalá pudiera decirle a la gente que se vaya a pasear, como hizo él", manifestó Kennedy, quien cursa estudios en la universidad en Radford, Virginia. Aludía a la forma en que Slater mandó al diablo a los pasajeros por los altoparlantes del avión antes de deslizarse por el tobogán. "Pero me quedaría sin trabajo. Es por eso que nadie lo hace".
"Especialmente con la economía mala como está y con tanta gente que busca trabajo. Si te quedas sin empleo, pasará mucho tiempo antes de que consigas otro", añadió.
Cuando Jacquie Kendall, de Norfolk, Virginia, trabajaba para una aerolínea, con frecuencia hablaba con sus compañeros de trabajo sobre la situación laboral y especulaban acerca de lo que harían el día que pegasen el portazo para no volver nunca más.
Una de ellas decía que se haría imprimir tarjetas para que los pasajeros le comentasen a la aerolínea lo mal que los había atendido en su último vuelo.
Por satisfactorias que sean, esas partidas con portazo incluido pueden resultar perjudiciales.
A menos que alguien haya sufrido hostigamiento sexual o algún abuso grave, el hecho de que no haya dado al menos dos semanas de aviso podría impedirle conseguir otro empleo, según Roberta Chinsky Matuson, consultora de temas laborales.
"No importa si eres el jefe de personal o el mensajero. Hay protocolos que uno debe seguir", declaró.
Eso no fue impedimento para Chris Carter.
Este hombre de 30 años ya ha tenido una cuarentena de trabajos, y se fue en un abrir y cerrar de ojos de la mitad de ellos. En una ocasión se fue de un restaurante, en el que trabajaba en la cocina, cuando le dieron un libro de recetas en español y le dijeron que se las ingeniase para preparar un plato. Otra vez una firma que rellenaba cartuchos lo asignó para que trabajase con máquinas nuevas, sin enseñarle cómo funcionaban.
Carter no tiene un título universitario y trabaja mayormente como vendedor de tiendas y en restaurantes. Dice que "la gente no quiere recibir un servicio, quiere tener esclavos".
Este residente de Knoxville, Tenesí, asegura que le encanta cuando se va de un trabajo.
"Cuando ganas menos de diez dólares la hora, hay ciertas cosas que no vale la pena soportar", expresó. "Nunca dejé que llegase el momento en que tenía que tolerar demasiados abusos y ser el esclavo de alguien".

