Las masas de lodo como las que se han precipitado en la zona fronteriza entre Nepal y el Tíbet son muy difíciles de remover una vez que están consolidadas, por lo que costará mucho recuperar los cuerpos de las víctimas de la enorme crecida del miércoles, aseguró el geólogo y alpinista español Jerónimo López, quien conoce muy bien la zona afectada.

“Lo que prevalece ahora es salvar a la mayor cantidad de personas posible y recuperar cuerpos, lo cual será difícil porque esas masas de lodo, una vez depositadas y consolidadas, son muy difíciles de remover y habrá muchas que no se van a encontrar”, indicó López, que viajó por última vez a Nepal el año pasado.

Cientos de personas permanecen desaparecidas luego de que una inundación repentina golpeara varias localidades.

El también expresidente del Comité Científico para la Investigación en la Antártida (SCAR), que en 2002 recogió el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional, incide en que no hay que olvidar la posibilidad de que ocurran “nuevos fenómenos asociados a este primero”.

“Las laderas y el propio fondo del valle, aguas arriba de estas poblaciones, están desestabilizados. Y aguas abajo irán llegando los efectos sucesivamente”, comentó a EFE.

López señaló que “este fenómeno de que una ladera colapse, descienda una gran masa, interrumpa un valle, retenga el agua, luego se rompa el dique y provoque todo esto es algo muy frecuente en las montañosas muy grandes y en particular en el Himalaya”.

También ha destacado que, aunque en este caso se ha descartado que el origen del colapso fuera un terremoto, como se pensó inicialmente, los temblores “son muy frecuentes en grandes cordilleras y causan deslizamientos gigantescos” de materiales que agravan los efectos cuando llega una crecida.

Los desniveles “tan enormes” que hay en los valles de Nepal, coronados por “terrenos congelados que cada vez son más sensibles al calentamiento que se está produciendo”, están poniendo las montañas “cada vez más peligrosas”, como demostró la actual tragedia.

López recordó que en su último viaje no pudo ascender a la montaña que tenía prevista precisamente por los desprendimientos de piedras.

“Debido al retroceso del hielo, a la degradación del permafrost, ese terreno helado que sostiene en cierta medida los bloques soldados, hay un ritmo creciente de deterioro. Nepal es especialmente sensible al calentamiento”, acotó.

Miles de metros de desnivel

“Cuando estamos hablando de grandes montañas coronadas por glaciares, con desniveles muy abruptos, donde hay desprendimientos arriba, ese terreno se mezcla con agua de otras lagunas y desciende, a veces miles de metros de desnivel, a una velocidad tremenda de más de 200 kilómetros (125 millas) por hora”, explicó el experto, quien agregó que se crean represamientos temporales que terminan rompiéndose.

“Son barreras inestables y ocasionan estas situaciones. Y sigue existiendo el peligro de nuevas crecidas porque ese terreno está desestabilizado. Hay bloques que pueden volver a represar aguas, que a su vez terminan moviéndose y provocando otras crecidas”, insistió.

La enorme masa negra de agua que se observa en algunas imágenes “son sedimentos, un material terroso que, con esa energía tan enorme que lleva, puede transportar bloques de tamaño considerable, lo que le da una energía destructora tremenda”.

“La naturaleza tiene esa capacidad y los humanos, cuando nos asentamos en ese tipo de terrenos, estamos expuestos a riesgos naturales que no controlamos de manera total, detalló.

El geólogo recordó que Nepal tiene “una naturaleza muy, muy abrupta” y que la población vive en condiciones de difíciles accesos expuestos a este tipo de riesgos, que también aumentan cuando aumenta el turismo y los alojamientos.

“Hay que establecer un acceso racional, evaluar los riesgos, ordenar el territorio y hacerlo con la contribución de expertos y del sentido común”, finiquitó.