Nota de archivo: publicada hace más de 90 días

Teófilo Torres en su refugio natural

01/21/2012 |
Si tuviera otra oportunidad de vida, preferiría ser agricultor, ingeniero, constructor o arquitecto.

Quien hace un repaso por su trayectoria artística y observa sus gestos histriónicos diría que Teófilo Torres nació para ser actor.

Pero si tuviera otra oportunidad de vida, él preferiría ser agricultor, ingeniero, constructor o arquitecto. Esta atracción por la tierra –que le acompaña desde niño por provenir de una familia de agricultores– se aprecia en el terreno que escogió como vivienda, que lo aleja del ruido urbano y de los complejos con acceso controlado.

Torres reside en una casa rodante, que habilitó con lo necesario para estar cómodamente, en una cuerda de terreno, en Cupey Bajo, donde además habitan gallinas, una pava, gansos, caballos, abejas en colmenas, una cabra y dos perros. Este espacio, en el que el artista encauza sus emociones, cuenta con un vivero y le produce guanábanas, mameyes, guayabas, mangoes, aguacates, cacao, tamarindo, chinas mandarinas, acerola y otros alimentos que le permiten visitar pocas veces el supermercado.

“La profesión de actor no está en el primer lugar. Yo hubiese deseado ser agricultor, ingeniero, constructor, arquitecto. Esto me encanta. No es que no me disfrute la actuación, pero las condiciones son precarias. Cada vez hay menos fuentes de trabajo, lo que se agudizó con la desaparición de la televisión de las manos puertorriqueñas y el cine inexistente. Preferiría tener una hacienda de cacao y producir chocolate”, expresó el undécimo hijo de 17, producto del matrimonio entre Epifanio y Gonzala.

Este jayuyano, quien bromea sobre su lugar de procedencia por criarse en el barrio Maravilla que colinda con Ponce, Utuado y Adjuntas, se vinculó a la actuación desde sus estudios superiores. “Tampoco es que quiero poner mi vida como una catástrofe, porque he podido generar recursos gracias a la actuación y, por otro lado, por la misma teoría de la actuación, he descubierto que no se trata de sobrevivir económicamente o ser famoso, sino que uno está buscando respuestas existenciales a través del arte. Eso de alguna manera me ayuda a balancear el que diga que, si naciera de nuevo, no quisiera ser actor”, agregó Torres, de 57 años, quien se define como tímido a pesar de enfrentarse a un numeroso público cada vez que pisa un escenario.

El intérprete reconoce que le cuesta integrarse a una conversación para socializar hasta con conocidos. Pero, gracias al divertido “juego” de la interpretación de personajes, ha podido vencer, por momentos, ciertos temores. “Soy de los que les da pachó, me da bochorno decir un disparate. Por eso, cuando entro en el juego de la actuación, donde tengo un espacio que por acuerdo se me respeta y se me puede permitir hacer el ridículo, me adueño del espacio. Pero en la vida real, soy así”, dijo con un tono bajo y pausado que confirma la timidez que, quizás, lo ha llevado a través del camino solitario que requiere la realización de monólogos, como Papo Impala está quitao y A mis amigos de la locura, área en la que se ha especializado.

¿Qué etapa fue esencial para definir quien eres?

Tuve una experiencia como adolescente. Cuando la agricultura se fue a pique, mis padres no tenían los recursos apropiados para continuar manteniéndonos porque éramos bastantes. Dependiendo del mantengo y del bienestar público en los años 60, a mi madre se le ocurrió, junto con un cura del barrio, enviarme a una institución para huérfanos en Ponce (Instituto Ferrán). No era huérfano, pero caía entre las condiciones económicas. Fue una de mis experiencias más dolorosas porque me retiraron de mi seno familiar y del campo.

En este instituto para desaventajados, Torres estuvo tres años junto con su hermano menor, Epifanio, del que recuerda su penetrante llanto. Ahora, a la distancia, el artista se olvida de la rabia de verse alejado de los suyos y agradece a “la fuerza” que permitió compartir con gente de otra clase social y cultivarse en distintas materias. “Este grupo de niños pobres tomó clases con la gente más rica de Ponce. Eso me expandió los horizontes. Ese compartir en aquellos salones, la distancia de mi familia, el llanto, el dolor, todo lo que pasamos, de alguna manera me definieron”, rememoró Torres quien, al partir de ese centro, regresó a Jayuya, donde encontró a una familia desmembrada.

Su padre había emigrado a Estados Unidos, donde trabajaba en plantaciones; su madre estaba enferma de “los nervios” y sus hermanos habían emprendido su camino.

“En aquel momento, no lo podía comprender ni mi hermano tampoco, que, por cierto, terminó muriendo de una forma violenta (ejecutado) y creo que tiene que ver con esa experiencia. Tuvo un fin trágico y terrible. Siempre lo recuerdo como mi hermano menor con miedo, dolor y llanto. Eso hace que relacione estas dos cosas”, añadió el tallerista, quien se mostró preocupado por la actual ola de asesinatos, que también le tocó con la muerte de su hermano mayor, Amado. Este taxista falleció tras recibir un golpe en la cabeza.

Torres logra extinguir ese dejo de tristeza cuando piensa en sus demás hermanos, a quienes describe como histriónicos a pesar de que ninguno se dedicó a este oficio.

El egresado de la Universidad de Puerto Rico, quien estudió además actuación de cine y televisión en Nueva York, no deja que las vivencias estremecedoras le opaquen su optimismo. Esa actitud hace que vea una luz al final del túnel por el que cruzan los actores, cuyos trabajos han sido desplazados por programas televisivos enlatados. “Las cosas políticas, económicas y sociales que de alguna manera afectan, van a cambiar. Nosotros tendremos que decidir en cuanto a lo que nos conviene como país”, confía el compañero de la artista plástica Ivelisse Jiménez y padre de Alejandro (29) y Claudia (27).

“Mucha gente considera a esos programas como una afrenta e insulto al tener buenos artistas… La experiencia en la humanidad es que hay ciclos y nada es permanente. El que estemos 10 o 15 años con la televisión en manos extranjeras es algo para lo que tenemos que estar preparados, pero no para siempre”, dijo al puntualizar que la situación actual de la clase artística no depende exclusivamente de su organización, sino también de que otros sectores se solidaricen con los actores.

“Debe haber una red de compromiso entre actores, legisladores y organizaciones. Muchos de los que están a cargo de agencias no consideran que el arte de la actuación merezca la pena. Hay ignorancia sobre el arte general. Los que hacen las leyes con muy raras excepciones aprecian el arte, la literatura, la música. Llegan allí porque están persiguiendo unos fines políticos”, señaló.

A su juicio, esa voluntad también es esencial para impulsar la lucha estudiantil de la Universidad de Puerto Rico, institución en la que ofreció clases y aún mantiene un caso por las irregularidades en el proceso de selección para una plaza de profesor. “Los estudiantes de esta época no son como los de los 60 y 70 que sólo estudiaban y se involucraban en lo que los afectaba. Hoy es un poco injusto pedirles a los alumnos, que estudian y trabajan, que se involucren en todo tipo de lucha”, manifestó al señalar que, a pesar del poder de convocatoria, en esa época no hubo resultados favorables.

“Llenábamos el pueblo de Río Piedras pidiendo una reforma y no se logró nada. ¿Qué pueden pensar los estudiantes de hoy de esas luchas? Pues, que son inservibles y no funcionan, así que tienen que darse una serie de factores que converjan para lograr algún cambio, más allá de un estudiantado combativo”, añadió.

Mientras estas fuerzas convergen, Torres se refugia en su finca, donde quiere establecer el café-teatro La Casa de Teo, para presentaciones artísticas y compartir su rincón natural.