Boricua se tira “una loquera” y hoy produce queso desde un pueblito en Francia
Hace 13 años, Mónica Herrera Carrión llegó a Normandía, donde decidió hacer su vida.
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Nota del editor: La serie Boricuas en la Luna destaca las historias de los puertorriqueños que han extendido las fronteras de la Isla al establecerse por el mundo, cargando con nuestra bandera, cultura y tradiciones.
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Fue en medio de la oscuridad de la noche cuando Mónica Herrera Carrión sintió que el vértigo le apretaba el pecho.
Iba de copiloto por un camino angosto. A ambos lados solo había grama. No se veía mucho. No había luces. Tampoco casas. Al volante, un desconocido con quien apenas había cruzado un par de emails para acordar una práctica de 90 días haciendo quesos.
Ella no hablaba francés. Por ese tramo de 30 minutos –de la estación a la finca– solo estaban ellos. En ese momento, por primera vez, dudó.
“Ahí me di cuenta de la loquera que estaba haciendo”, recuerda. “Si este hombre me quiere encerrar en su casa, no tengo forma de escapar. Y si puedo salir corriendo y tocarle la puerta al vecino, no me va a entender”.
Era 2013. Y esa joven había llegado a Bois-Héroult, un pueblo en Normandía de apenas 120 habitantes a dos horas de París.
Pero lo que parecía un arrebato juvenil terminaría convirtiéndose en el destino de su vida.

La propuesta
Mónica no era ajena al aroma del campo. Natural de Hatillo, la capital lechera de Puerto Rico, creció observando a su padre trabajar con vacas.
Tras estudiar Publicidad y Relaciones Públicas en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, empacó maletas y a los 27 años se fue hacia el Piamonte italiano a cursar una maestría en Cultura de la Alimentación y Comunicación.
“Cuando probé allí una verdadera mozzarella con leche de búfala, sin pasteurizar, que llora cuando la cortan, como dicen los italianos, porque es tan húmeda por dentro que bota gotitas… ahí fue que me enamoré del queso”, cuenta.
Para completar el grado, necesitaba hacer una práctica. Así que contactó a un productor por Internet y le propuso que le enseñara a hacer quesos a cambio de diseñar una estrategia de comunicación para la finca. Y aceptó.

Una utopía
Llegar a la granja y quesería La Quesne fue encontrarse con una “realidad que había, incluso, soñado”.
Era justo lo que había estudiado y que, en teoría, le “sonaba utópico”: producir y consumir alimentos lo más cerca posible de donde se reside.
“Aquí, justamente, viven así. Los vegetales son de un amigo que trabaja sin máquinas, solo con animales, a 15 minutos de la casa. A 10 minutos, una chica que hace mantequilla y crema. Aquí hacemos el queso. La carne es de la finca. Y otro amigo tiene pollos a menos de dos millas”, explica.
Un plan fallido
Lo más difícil para adaptarse fue el idioma. Lo intentó, pero como solo eran tres meses, decidió sobrevivir con el inglés.
En la finca trabajaban todos los días. Eran tres. Uno se encargaba de las vacas. Mientras, ella y el dueño hacían el resto de tareas. Trabajaban juntos todo el día. Compartían todo el tiempo. Convivían.
“Y nos enamoramos”, confiesa.
Así que, cuando llegó el momento de partir, él le propuso que se quedara, que continuaran trabajando el proyecto juntos. Y ella aceptó.
“Pasar de este momento temporero a que fuera permanente implica un cambio de mentalidad. Ya no estaba trabajando para alguien, sino que los quesos se convirtieron en mi proyecto. Tenía que tomar más responsabilidad; necesitaba hacer que funcionara”, apunta.
Libras de queso
Trece años después, sigue allí. Hoy, la finca tiene unas 100 vacas en ordeño y produce 40 toneladas –88,185 libras– de queso orgánico al año.
Con la misma leche, en la pequeña empresa se elaboran cuatro variedades: la Tome de Bray; el Saint Bray, un tipo de raclette; la Meule de Bray, con hasta un año de curado; y Le Fumé de Bray, una versión ahumada.
“Lo fascinante es que, si cambias un pequeño detalle en el proceso de fabricación, puedes obtener un queso completamente diferente”, precisa.
Mónica está a cargo de la comunicación, gestiona los pedidos y trabaja junto a su esposo, uno de los tres socios del negocio. Está en el teclado más de lo que la gente se imagina y, una vez a la semana, visita a sus abejas, donde recoge un poco de miel.
Una cata
Pero desde el año pasado, también ha desarrollado un proyecto propio: visitas guiadas a la finca y catas de quesos, en español, inglés, francés e italiano.
La experiencia comienza entre los animales y la naturaleza. Durante 45 minutos explica cómo funciona la finca, cómo alimentan a las vacas con lo cultivado en sus campos y cómo la raza, la comida y el proceso de producción terminan influyendo en el sabor del queso.
Luego, llega la degustación.
“La idea no es simplemente comer queso, sino describirlo, identificar los aromas, si es más salado, amargo o tienes sabores de nueces”, resalta. “Que no sea solo probar un pedazo de queso, sino realmente analizar lo que estamos comiendo”.
Viajar para aprender más de Puerto Rico
Cuando no está en la finca, Mónica suele estar viajando con una mochila y con pocos planes. Ha recorrido más de 30 países y ha pasado meses en Asia y América del Sur.
Viajar, dice, también le ha enseñado a mirar a Puerto Rico de otra manera, a replantearse sus costumbres, su vida.
“He aprendido que, definitivamente, estamos entre las personas más buena gente, más chulas y más fiesteras, que el clima de Puerto Rico no es tan malo como pensamos, que recibimos a todo el mundo con los brazos abiertos y que somos supersimpáticos y alegres”, asegura.
Por eso, quizás, lo que más extraña del archipiélago, sobre todo, es la música, bailarla en cualquier esquina… y a los boricuas.
“Me gustaría ver a más puertorriqueños que se aventuren más allá de las rutas establecidas, a salirse de los caminos preestablecidos. Que se atrevan a imaginarse vidas diferentes. Y cuando vengan a Francia, no se queden en París, sino que lleguen hasta acá”, sostiene.
Ahora, el esposo de Mónica se prepara para el retiro. La pregunta era sencilla: quedarse o irse. Ellos ya tomaron una decisión.
“Me quedo aquí”, afirma. “Le voy a meter todas las ganas al nuevo proyecto”.
¿Eres o conoces de algún boricua que vive fuera de la isla y quiere contar su historia? Escribe a historiasph@gfrmedia.com.


