Vivo  en el corazón de Hato Rey, en medio del movimiento urbano y de la vida apresurada que se apodera de nosotros en estos tiempo. Me levanto, como suelen hacer todos, con el reloj despertador, que se activa a la hora programada en una emisora de radio de noticias a todo volumen.

 Pero, hace más de un mes mi despertar ha cambiado.

Una mañana, para mi sorpresa, escuché a lo lejos el canto de un gallo. Pensé que estaba soñando, pero cuando me percaté que estaba bien despierta supe que teníamos un nuevo vecino en Plaza Antillana: un gallo de ciudad.

El cantar de nuestro gallo era constante y fuerte. El muchacho no pasa desapercibido para nada. Al principio pensé que la visita del gallo urbano era cosa de un día. Lo dejé pasar.

Lejos de lo que imaginaba, el gallo siguió cantando cada mañana. A veces me sentía que vivía en el campo, como cuando dormía en casa de mis abuelos en Añasco. Me daba risa y  la verdad que también una sensación de bienestar.

Ya había visto andar por la avenida César González una gallina blanca con sus cuatro pollitos detrás y había tenido que detener la marcha de mi vehículo en lo que una iguana de palo cruzaba la calle con su andar lento... lentísimo. ¿Pero un gallo despertador? Eso no.

Lo imaginaba grande, fuerte y abusador. Dueño del área circundante a Plaza Antillana. Paseándose erguido y orgulloso. Diciendo con su cantar: “yo soy el gallo de la ciudad, el rey de este predio”.

Mi curiosidad era tan grande que me di a la tarea de buscar ese gallo poderoso. Y, sí, lo encontré.

Figúrense que hasta se pasea por los estacionamientos del complejo de vivienda donde resido. Anda por ahí campante y cuando por fin lo vi me morí de la risa.

Es mediano, tiene un plumaje blanco y marrón y una cresta roja intensa. Estaba allí, entre los carros. Nada impresionante el chico. Me fascinó hallarlo y le tomé fotos con mi celular.

“Ese gallo tiene a todos locos aquí”, me dijo uno de los muchachos de mantenimiento.

Un vecino, que le echa maíz en el bitumul del estacionamiento para que nuestro gallo urbano se alimente, me contó que él tiene una novia fina, de alta alcurnia, con la que hasta se pasó unos días de luna de miel.

No es un chisme, el joven de mantenimiento me lo confirmó y me dijo más: que estuvieron tres días perdidos por los montes de Hato Rey.

“Es una gallina gris, jerezana, es de raza”, me contó el vecino con mucha seriedad.

¡Cóoooooomo!

No es por nada, pero la verdad que es me di cuenta que no cantó por unos cuantos días. Lo que no sabía yo era que el gallo estaba de honeymoon. ¡Bien por ellos!

 “Yo le doy comida, se la tiro allí (en el parking). A veces se la come y a veces no”, me siguió contando el vecino.

 Al final nuestro gallo decidió  ignorarnos, se viró y se fue a almorzar su maíz. Parece que está muy bien acoplado a la ciudad.