El barbero de Orocovis que lleva 57 años recortando y cobra solo $5
Don Jorge es un jovial barbero que se ha ganado el cariño y patrocinio de un sinnúmero de clientes.
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Desde hace muchos años, a un lado de la carretera PR-156, en Orocovis, trabaja en un pequeño salón de barbería don Jorge Luis Ortiz Sánchez.
Por su local, el Salón Barbería Ortiz, han pasado miles de personas, cientos de estilos, y 57 años, pero lo poco que ha cambiado en todo este tiempo es el precio del recorte.
En momentos en que la profesión -como todas las demás- se adapta a las nuevas economías, en la barbería de don Jorge el precio por una “acicalá” cuesta apenas cinco dólares.
Sí, leyó bien. Cinco pesitos.
En Orocovis, poca respuesta recibirá si pregunta por don Jorge Ortiz. Pero la mayoría sabrá de quién habla si menciona a Jorge “La Perra”.
Su apodo se remonta a sus años en la escuela por una perrita realenga que en una ocasión decidió acostarse debajo de su pupitre, “y de ahí los muchachos empezaron a vacilarme con el sobrenombre de ‘La Perra’”.
Llegó a este oficio porque, cuando era un muchacho de unos 13 o 14 años, iba a barrer en una barbería del pueblo que era de su tío, don Delfo.
“Y de ahí pues seguía mirando y observando lo que hacía el viejito. Y aprendí un poquito. Un día me dice, ‘Jorge, tú te atreves a recortarme a este nene’. Y yo, ‘seguro que sí’”, rememoró.
“Me quedó bien”, agregó. De inmediato, el tío le comentó, “‘ah, pero si tú sabes casi igual que yo. Pues vente los sábados pa que te busques el peso’”.
Sin embargo, en su casa tenía muchos quehaceres, y solo iba “de vez en cuando” a la barbería.
“Y después en la escuela recortaba también a los muchachos. Ellos venían a casa y yo los recortaba en casa. No había chavos en ese tiempo”, recordó.
Al terminar cuarto año, se fue a los Estados Unidos, y comenzó a recortar en una barbería allá, con un amigo de su hermano. Regresó a la Isla, “y como no tenía clientes ni nada, me fui a trabajar en una fábrica de medias que había aquí, en (el barrio) El Gato. Y ahí trabajaba en la fábrica e hice un quiosquito (barbería) aquí, y trabajaba de tardes aquí, y los sábados. Y ahí me hice, y cuando cerraron la fábrica, me vine y me quedé de lleno aquí”.
Comoquiera, “me fui y cogí un cursito avanzado de barbería. Y de ahí monté este quiosquito aquí, y hasta el sol de hoy”.
“Son 57 años, ya casi 58. Estamos viejitos y echando canas aquí”, bromeó.
“Mucha gente ha venido aquí”
A lo largo de esas más de cinco décadas, por su barbería han pasado muchísimas personas, generaciones incluso, de Orocovis y de otros pueblos.
“¡Ave María! Mucha gente. Mucha, pero que mucha gente ha venido aquí a recortarse. Niños, viejos, regulares, de todo. Los mismos hijos ya tienen nietos y vienen aquí”, celebró.
Recordó que empezó cobrando “medio peso” por los recortes a los muchachos de la escuela. Una vez se estableció en su barbería, pasó a cobrar “a peso, a dos pesos, a tres pesos, a cinco pesos, y me he quedado ahí”.
“Y ahí he sobrevivido bien, he criado a mis hijos, y hasta el sol de hoy estamos aquí. Me ha dado para criar a mi familia, y tengo de qué vivir”, aseguró.
Trata de complacer a todos
Aunque se ha dedicado solo a la barbería, no han faltado los desafíos, pues no todo el que acude a su salón busca un recorte tradicional. De hecho, para satisfacer la demanda de recortes más modernos, tuvo que tomar un curso “para hacer diseños”.
“Le hacía diseños en la cabeza a los muchachos, con nombres y todo. Pero no pagaba el tiempo. Tomaba mucho tiempo, y dije, ‘no, esto no vale la pena’”, comentó.
Además, “dos o tres veces tuve problemas con los papás. Yo le hice un Jordan a uno, y una rosa a otro, y después una piña... cuando tú veías un padre que viene enfogonao de allá pa acá (señalando al camino de entrada), ya tú sabes que viene por el recorte del hijo, a reclamarme. ‘Mira, que aquella porquería que tú le hiciste al hijo mío en la cabeza, que si esto’. Y yo le digo, ‘bueno, él me pagó por eso. Y perdí el tiempo haciendo eso. Porque por eso yo pude haber recortao dos o tres personas, por estar haciendo eso. Y le cobré igual de lo que valía el recorte”, comentó, agregando que eventualmente esos padres gruñones bajan la guardia.
Comentó que, en ocasiones, como en días de field day, pasaba horas haciendo recortes con diseños de letras y nombres de equipos, para complacer a los muchachos. “Te digo, empezaba, por la tarde era que yo hacía los muñecos esos y a veces que salía de aquí a las 11:00 de la noche, con un montón de muchachos”.
Asimismo, reveló que en ocasiones llegaron a pedirles recortes tan extravagantes o exóticos, que no sabía cómo hacerlos, y entonces recurría a decirles cosas tales como, ‘vamos a hacerte este, que te queda mejor, porque la cabeza tuya es más chiquita”.
“Una vez me dice uno, ‘hazme una calavera’. Traté, pero no pude”, comentó riendo. “Y hacerte esa calavera, pa tenerlo dos días, porque el pelo crece”.
Y no han faltado esos clientes “que después que yo lo recorto dice, ‘ah, ese recorte no me gusta. Dame otro’”.
“Pues yo te doy otro, pero te tengo que cobrar este. Entonces ya son dos. ‘Ah, no, pues déjalo así’”, dijo entre risas.
Recordó una anécdota particular, de hace algún tiempo, cuando cobraba $4, “y vino un chamaco con un afro bien grande, y yo me puse a arreglarle el afro, y cuando iba por mitad del afro me dice, ‘Jorge, tengo dos pesos, y ahorita te traigo los otros dos’. Pues yo vine, lo sacudí y le quité el paño y le dije, ‘espérate, pues cuando me traigas los otros dos, lo termino y te vas’. Y empezó, ‘abueeelaaa, dame dos pesos, que este hijo e … no me quiere terminar. ¡Ay ese día yo me daba contra el piso riéndome!”, recordó, a carcajadas.
“Pero yo lo hice por vacilar. Jamás en la vida yo lo iba a dejar así. Acho… ese muchacho se sentó allá y, ‘Jorge, por favor, termíname. Mira que feo me veo’. Medio lao arreglaíto, bien chévere, y el otro lado con esa pelota de afro’”, seguía contando sin parar de reír a carcajadas.
En tono más reflexivo, indicó que “hay de todo tipo de clientes. Hay clientes difíciles. Hay de todo, majaderos, malcriaos, zánganos. Pero hay que atenderlos a todos”.
“Y nenes pequeños, que son bien inquietos. ¡Ay, esos sí son malos pa recortar! Y después quieren que les hagan estilos. ¡Pero si no se está quieto, qué estilo le voy a hacer!”, agregó, volviendo a reír.
“Pero pasan cosas aquí que eso es una chulería”, agregó. “Y me gusta la gente. La gente es muy buena conmigo. Los clientes son muy buenos. Vienen y me traen cositas de vez en cuando. Esto es como si fuera una familia”, aseguró.
“Soy un barbero feliz”
Mirando sus herramientas de trabajo, entre ellas hay algunas de muchísimos años, como unas legendarias tijeras que tiene desde el 1974; una navaja de hoja fija, que hoy día ya no se permite usar en clientes, por temas de sanidad; una brocha de los tiempos en que se preparaba la espuma para afeitar; y un “viejísimo” trimmer de mano, de cuando todavía no funcionaban con electricidad, sino que había que presionarlos una y otra vez, “y se le cansaba esto aquí a uno (mostrando el antebrazo)”.
En todos esos años de barbero, ha logrado una fiel clientela que incluye a personas que llegan desde pueblos distantes, y a otros barberos, “que vienen a recortarse aquí”, algo de lo que don Jorge se siente sumamente orgulloso.
“Esto fue una bendición que Dios me dio, de haberme hecho barbero. Primero era muchachito, y me chavaba la vida. Pero ahora no. Después del 68 para acá… trabajo aquí. Y gracias a Dios estoy bien. Vivo bien. Crié mis hijos. Tengo una buena esposa”, reflexionó.
“Y también ayudo a los muchachos que están empezando. Les digo lo que tienen que hacer. Porque a veces ponen una barbería y vienen y recortan uno y se van. No.
La clave, según indicó, es serle fiel a los clientes.
“Si tú no le eres fiel, se te van con otro. Tienes que estar ahí, pendiente de ellos. A menos que estés enfermo. Pero, mientras tú puedas, estás pendiente de los clientes, porque el cliente es el que te trae, y te lleva. Un cliente enojado, se va, y se lleva dos o tres clientes. Si no estás, ‘qué voy a ir allí, si eso siempre está cerrao. No hombre no’. Y a veces está recortando, cierra y se va. Hay muchos chamacos buenos, recortan bueno, pero son irresponsables. La irresponsabilidad no los ayuda. Uno tiene que ser fiel al trabajo”, aconsejó.
“Y echarse a reír. Nunca estés enfongonao, ni triste. Nunca estés enfongonao, con la cara grande. Porque uno enfogonao se ve feíto”, recomendó.
En su caso, abre todos los días el salón, excepto los domingos, y algún lunes que usa para tomar algún curso o ir a una cita médica.
Y en particular los viernes y sábado “esto es fulleao to el tiempo”. Y para que no se vayan a ir, “les hago chistes, le pongo el televisor, le pongo la música, y quédense ahí, váyanse allá abajo y dense un refresquito”.
“Pero yo soy ligero recortando. Aquí está llena la barbería y en una hora yo lo vacío. Lo más que yo me echo son 12 minutos en un recorte”, comentó.
En algún momento, sin embargo, esta historia estuvo a punto de terminar abruptamente, pues su esposa enfermó de cáncer.
“Se me nubló la mente, pa cerrar la barbería y atenderla a ella”. Pero afortunadamente, “poco a poco ella se mejoró y está bien, hasta el sol de ahora”.
Así, la leyenda de este risueño barbero, a punto de cumplir ya sus 80 años, continúa en ese rincón de Orocovis.
“Tengo una clientela buena. Y una familia superbuena. Y estoy supercontento. Soy un barbero feliz”, insistió.
“Y gracias a Dios estamos aquí, y todavía nos queda un poquito de fuerza pa seguir caminando. Sigo aquí hasta que Dios quiera. Cuando no pueda con la tijera, me voy para casa”, aseguró.
Y cuando ese día llegue, comoquiera su legado continúa, pues tiene dos hijas y un hijo, y hasta un nieto, que se dedican todos a este oficio de recortar y arreglar cabellos.


