Maunabo.- El río se llevó las “piedras escritas”.

En el barrio Matuya de Maunabo se escondían dos significativas joyas que nos legaron los taínos. Eran dos enormes rocas ubicadas a orillas del río del mismo nombre, que formaban parte de un yacimiento arqueológico. Una de ellas tenía un petroglifo que apuntaba hacia el Oriente, por donde sale el sol. La otra tenía una carita triangular.

Se les conocía como “las piedras escritas” y eran custodiadas por niños de la escuela de la comunidad. Sobre las rocas giraba un proyecto de apoderamiento que atraería a personas de Maunabo y de fuera del pueblo a ver un hermoso rincón que por años había sido ignorado, justo al lado de la escuela.

Promoverían el conocimiento sobre los taínos y la importancia de mantener vivo el elemento indígena en la cultura. Maunabo es rico en yacimientos.

Pero no sólo el lugar era valioso por las piedras indígenas, sino también por su majestuosidad. Enormes piedras que deben estar en el lugar hace miles de años son las residentes permanentes. Son chinos de río, algunos sobrepasan los siete y ocho pies de ancho y de alto. Es un área de mucha energía.

Ayer el agua bajaba potente de la montaña.

Cuando el río alcanzó su mayor flujo la semana pasada, durante las lluvias provocadas por la onda tropical, robó cinco pies de tierra, arrasó con la vegetación... y con las rocas.

Luz T. Morales, economista del hogar del Servicio de Extensión Agrícola del Recinto Universitario de Mayagüez y líder 4-H asignada a Maunabo, se mostró devastada por la pérdida de las dos rocas.

“El agua provocada por la lluvia nos llevó las piedras. Yo no tengo palabras. Habíamos estado trabajando con los jóvenes. Les trajimos conferencias con arqueólogos y arquitectos para que entendieran por qué había que valorar el lugar. Queríamos que ellos fueran los protagonistas de este proyecto turístico y llevamos cinco años en esto, para que la lluvia de un sopetón nos lleve las piedras que deben estar ya por el mar”, dijo con suma tristeza.

Fue Morales quien mostró al resto del país y al mundo la belleza de las rocas y el sector Matuya a través del especial “Yo Soy Pueblo” de Primerahora.com. En el reportaje multimedial Morales es anfitriona de PRIMERA HORA en Maunabo y le presenta al país algo bueno conocido, algo bueno desconocido y un problema del pueblo costero. Lo bueno desconocido eran las rocas.

La educadora teme que con las lluvias se perdieran también pedazos de vasijas indígenas que habían sido vistas en el lugar.

La abundante vegetación que rodeaba este rincón del río y que se aprecia en el especial “Yo Soy Pueblo” también desapareció.

La madre naturaleza, dijo Morales, cobró con su fuerza el largo tiempo durante el cual sus reclamos fueron ignorados.

“El Municipio, el Instituto de Cultura Puertorriqueña no hicieron el caso que merecía esta situación. Nos dijeron que esas piedras debían dejarse allí, pero ahora la naturaleza habló y el agua se las llevó, quizás porque nos tardamos mucho para reconocer su importancia”, dijo Luz.

“Se me fue parte de mi vida, parte de la ilusión, ahora lo que queda aquí es arena de río”, agregó.

El proyecto, que contaba con la asesoría de la arqueóloga Carla Lin Meléndez, también instructora del lenguaje taíno en la comunidad, iba viento en popa. Los niños celebraban areytos cerca de las piedras, algunos de ellos conocen muy bien el lenguaje taíno.

En entrevista con PRIMERA HORA, la arqueóloga dijo que después de que cayó la lluvia se personó al lugar para evaluar la situación y teorizar hasta dónde pudieron haber sido arrastradas las piedras. La experta estimó que éstas pudiesen ser encontradas en un área cercana al barrio Liza, aguas abajo, ya que allí se forma un embudo de piedras gigantes.

Pero igual las valiosas piedras pudieron haber llegado al mar.

El profesor de historia de la escuela de la comunidad, Pedro León, quien también participaba del programa para los estudiantes, se quitó ayer los zapatos junto a Morales para examinar el área una vez más.

“Lo interesante de estas piedras es que una tenía como una carita de mono y los taínos tuvieron que haber trabajado mucho en las inscripciones, porque son rocas muy duras”, explicó mientras buscaba infructuosamente entre el agua turbia y la arena. “El otro elemento interesante es que las inscripciones estaban hechas en rocas de otro color, es decir, que parecía que una estaba metida dentro de la otra”, añadió León.