Carmelina Cortijo Ayala jamás pensó que lograría obtener su diploma de cuarto año, pero ayer, contra todos los obtáculos, a sus 83 años, lo logró.

Y fue la más ovacionada de su clase, compuesta por 75 personas de distintas edades quienes residen, en su mayoría,  en el residencial   Luis Lloréns Torres en San Juan.

“Cuando iba saliendo de mi casa empezaron los vecinos a gritar y yo les decía: ‘cállense, cállense, que esos revoluces no me gustan’”, relató abochornada por tanta atención, pero risueña.

Carmelina quedó huérfana siendo apenas una niña. Pasó al cuidado de una tía y sólo pudo llegar hasta séptimo grado porque la situación económica de la casa era tan dura que tuvo que ayudar con varias tareas para que la familia pudiera subsistir. 

Luego, con tan sólo 17 años se hizo cargo de unas gemelas recién nacidas, primas suyas. Y desde entonces no ha dejado de criar. 

Tuvo seis hijos, con su esposo, se hizo cargo de otros cuatro sobrinos, le dio albergue  a tres hijos de otro familiar  y ahora saca adelante a dos nietos. 

“Yo quería que ellos primero  tuvieran su cuarto año y  todos, las gemelas, mis hijos, todos se me graduaron de cuarto año y salieron hacia adelante. (El residencial) Lloréns Torres tiene tan mala fama, pero yo los llevé a ellos y todos estudiaron... Y yo  nunca pensé que podría hacer esto, no lo creía. Pensaba pues ‘me moriré con las ganas’,  pero gracias a Dios se me dio la oportunidad”, aseguró.

Otra piedra en el camino

Tuvo que luchar con las asignaciones de matemáticas y al hablar de eso hace muecas como si estuviera comiéndose el tamarindo más agrio del mundo.

“¡Eso sí que me dio un trabajo! Yo digo que para eso hay que nacer. Qué cosa más difícil. Lo que sí me gustó fue un proyecto de historia que lo hice de Loíza porque mi familia por parte de mi mamá es de allá. Ése se me hizo bien facilito”, relató divertida.

Ya con su diploma y a pesar de que tiene que usar bastón,  se propone seguir los cursos de costura, aunque asegura que lo suyo es la cocina.

Incluso antes de salir a su graduación dejó listas unas papas majadas y en el horno un pavo y un pernil.

“Se puede seguir luchando. El que quiere puede, y yo pienso seguir hacia adelante”, afirmó.

Mientras tanto, su hija Marta Cortijo, de 49 años y bibliotecaria, dijo que espera que su madre pueda servir de ejemplo a otras personas.

“Todo se puede  lograr, no importa la edad, no importa la clase social, no importa de dónde tú vengas y ahora  hay mucha gente motivada porque la ven a ella. Ella hizo el sacrificio  que quedarse rezagada para que nosotros siguiéramos adelante y nos hizo una familia bien luchadora”, expresó mirando a su progenitora con orgullo.

La historia de Evelyn

Otra de las graduandas destacadas fue Evelyn Ivette Meléndez Sanabria, quien a pesar de haber estado en un grupo contenido de educación especial hasta que cumplió 21, no había logrado la certificación de cuarto año. 

Hace algunos meses Evelyn, con 52 años, se  propuso conseguir el diploma e iba todos los días a la Oficina de Servicios al Residente para completar sus módulos educativos. 

Allí las facilitadoras la ayudaban con las tareas y le habilitaron un escritorio para que pudiera completar los cursos.

También se graduaron conjuntamente madres con sus hijos como Kimberly González y Wanda Berríos, Carmen Cruz y Edwin Soto, así como Maria Coto y Jan Rivera. 

También hubo jóvenes que desfilaron con sus bebés.

Entre el grupo una mujer celebró tímidamente y accedió a contar su historia con la condición de que no se le identificara.

Su madre, la tuvo sin estar casada y la dejó a cargo de sus abuelos. 

Con ellos vivió hasta los cinco años en  Naguabo. 

Luego, el Gobierno expropió la finca en la que residían y al mudarse su vida dio un giro terrible pues una tía se la llevó a su casa, pero su esposo no tardó en abusar de ella. 

Nunca supo cómo detenerlo o buscar ayuda.

 Por eso a los 17 años se fue de la casa y vivió como pudo. 

Más adelante tuvo a su único hijo por quien echó el resto. Lo crió con muchos sacrificios.

Hoy en día el joven es un tecnólogo médico, pero ni siquiera se enteró de que su madre había decidido tener su diploma.

“Yo quise hacerlo porque con el tiempo te das cuenta de que también tienes que luchar por ti. Mi vida no ha sido nada fácil. Me hubiera gustado que fuera de otra forma, pero fueron circunstancias que yo no podía cambiar. Y pues hoy estoy aquí, haciéndolo por mí”, manifestó con su frente en alto.

El grupo de 75 estudiantes recibió las clases de PJ Educational que da servicios a través de la Administración de Vivienda Pública.