Son los encargados de mantener viva una parte importante de la cultura de nuestro país.

Transitar la PR-2 o la carretera militar -como le llaman otros- es sinónimo de presenciar algunas de las estampas más pintorescas y coloridas que nos quedan como pueblo: los racimos de plátanos amarillo colgando a la orilla de la calle, los galones espumosos de maví curándose bajo el candente sol, el chicharrón de Bayamón y la vieja camioneta a la que se le ha adaptado un trapiche para hacer guarapo de caña.

Es un viaje que por los pasados años ha tenido sus altas y bajas. La construcción de vías de tránsito alternas y la difícil situación económica ha provocado que solo unos pocos sean los valientes.

“Yo empecé vendiéndole caña a un guarapero en la (avenida) Kennedy”, contó Juan García, quien hace 12 años vende guarapo en la carretera PR-2, a la altura del sector La Virgencita, en la colindancia de Toa Baja y Toa Alta.

Empezó vendiendo la caña a peseta y terminó haciendo del guarapo su modo de vida. “Setenta y cinco dólares para un empleado de Gobierno en aquel entonces era un alivio”, contó el hombre, de 67 años, que también trabaja como guardia de seguridad en la noche.

“Siempre se hace algo”, dijo García, quien vende el guarapo en vasos a $2 y $1.25.

Unos metros más adelante, está Charlie Colón, de 22 años. Para él, el área no es desconocida, mucho menos el negocio. “Yo estoy aquí vendiendo, como quien dice, desde los diez años que empecé a buscarme el peso”, expresó tras decir que atiende el negocio que una vez estuvo a cargo de su padre y su abuelo.

En el improvisado negocio vende hamacas, maví, antenas para televisión en tubos PVC y pan de hogaza.

“Lo empezó mi abuelo, pero ahora él se encarga de hacer el maví y gracias a esto es que nos hemos sostenido siempre; siempre hemos vivido del chicharrón de Bayamón”, sostuvo el joven, quien tiene en agenda alcanzar una carrera musical.

Para él, la clave de su subsistencia es el trato al cliente. “El chicharrón es lo más que se vende. Nosotros tenemos un combo que si te llevas la libra de chicharrón con pan te sale en $12”, indicó.

Ya en Vega Alta nos topamos con la billetera María Santiago. Lleva 15 años en el lugar. Está ubicada en los carriles que van en dirección de Vega Alta a Vega Baja y su progenitor está al lado contrario. De 6:00 a.m. a 3:00 p.m ahí estará.

“Llevo 15 años en esta esquinita, pero llevo como 30 años vendiendo billetes. Hay días buenos y hay días malos, depende. Si vendes premios, pues la gente viene y cambia”, señaló la mujer que antes se paraba en el puente de La Virgencita, en Dorado.

Fue por su padre que Santiago se inició en el negocio de venta de billetes de Lotería tradicional. “A él lo han asaltado muchas veces, entonces yo estoy pendiente a él y él a mí” , contó Santiago.

Julio Dávila solo lleva dos años con su puesto de venta de verduras, a la altura del barrio Espinosa de Vega Alta. La cosa no está como él quisiera, pues los precios de los productos se han disparado y las ventas son menos, pero ahí va dando la batalla.

“Los artículos están más caros y la venta está difícil. Se mueve, pero depende del día y de la época”, apuntó.

¿Qué es lo más que buscan los boricuas? Pues, obvio, los plátanos, como buenos amantes que somos del mofongo y los tostones.

Recorrido por los puestos de vendedores ambulantes en la carretera número 2.