Jácanas en Ponce: el “yacimiento arqueológico que iba a cambiar la historia” de nuestros antepasados
Conoce qué pasó con este descubrimiento ancestral.
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Ponce. Cuando sus tatarabuelos araban esas tierras, los yugos chocaban con piedras distintivas, que removían para continuar sus labores de siembra y cosecha. Pasaron los años y los nietos de los nietos decían entre ellos que, allí, alguna vez, vivieron “los indios”. Lo aseguraban al encontrar pedacitos de cerámica y esas piedras talladas con lo que aparentaban ser “caritas”.
De la suposición, llegó la confirmación, pues en lo que una vez fue una comunidad vibrante, habitada desde los años 300 antes de Cristo hasta principios de los 2000, se descubrió lo que podría ser el yacimiento arqueológico más grande de Puerto Rico.
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El yacimiento Jácanas, en el barrio Tibes de la llamada Ciudad Señorial, fue el hogar de los saladoides o igneri y también de los taínos. Es donde aún yacen los restos de cientos de nativos, enterrados de la manera distintiva que lo hacían nuestros antepasados, en posiciones fetales o con las manos detrás de sus cuerpos. También, bajo la tierra permanecen petroglifos grandes, ilustrando la relación de la vida y la muerte.
Generaciones enteras residían ahí, según relató a Primera Hora Ernie Xavier Rivera Collazo, historiador, arqueólogo y quien vivió en el lugar durante los primeros 22 años de su vida, lo que describió como “los mejores años”.
Empero, con la construcción de la carretera PR-10, que conecta a Ponce, Utuado y Adjuntas, y la edificación de la represa Portugués, para mitigar las inundaciones del río que alguna vez se conocía como Baramaya, se desplazaron a las aproximadamente 800 familias de la comunidad y se enterraron los descubrimientos arqueológicos bajo densa vegetación, raíces robustas, gravilla y fango.
“A mí me sacaron de aquí. Yo no vivo aquí, porque me sacaron”, lamentó el también maestro de historia.
“Este yacimiento arqueológico iba a cambiar la historia de Puerto Rico, del que conocemos de la historia precolonial y es de los más grandes que se ha encontrado”, agregó al recordar cómo de niño excavaba en el patio de su casa y encontraba cerámicas precoloniales que aún conserva.
De acuerdo a Rivera Collazo, así como sus homólogos, de haberse conservado el área, probablemente tendríamos una historia más clara de las costumbres, jerarquía y el día a día de nuestros ancestros. Todo, sin embargo, queda en la memoria, y posiblemente, en la incógnita.
¿Qué pasó?
Fueron las fuertes lluvias del huracán Eloísa de 1975 las que llevaron a que el Departamento de Recursos Naturales y Ambientales (DRNA) buscara mitigar el río Portugués.
Según un resumen cronológico recopilado por los arqueólogos durante los trabajos de la represa y del cual Primera Hora obtuvo copia, siglos de historia se confirmaron en octubre de 1978 mediante dos fragmentos de cerámicas prehistóricas y un pedazo de pedernal por el río Portugués, cuando el arquitecto griego Agamemnon Gus Pantel, de la Fundación Arqueológica, Antropológica e Histórica de Puerto Rico, los encontró, adyacente a la carretera PR-503. Designó esa área como PO-22-5, que siete años después se cambió a PO-29.
En 1990, el arqueólogo Carlos Solís Magaña estudió el área, creando 27 pozos de prueba y cinco unidades de excavación. Confirmó que el lugar es la cuna de grandes componentes prehistóricos, por lo que recomendó excavaciones a mano y, luego, excavaciones con maquinaria para la localización de elementos culturales.
Estas sugerencias ocurrieron mientras que el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos (USACE, en inglés), iba a construir la represa Portugués para contener la crecida del río, del mismo nombre.
Sin embargo, en julio de 2006, concluyeron que las excavaciones de 1990, presuntamente, no arrojaban suficiente información sobre el sitio para desarrollar un plan de mitigación y, así, conservar el yacimiento.
Aun así, el USACE contrató a New South Associates, empresa de gestión de recursos culturales que ofrece servicios de consultoría en arqueología, historia y arquitectura.
“Esa compañía lo que hizo fue un desastre. Ese es el mejor ejemplo como no hacer una excavación arqueológica”, opinó Rivera Collazo.
En diciembre, el USACE notificó que la construcción y operación de la represa afectaría el PO-29, pero que no podía ser evitado.
Sin embargo, el arqueólogo Miguel Bonini, de la Oficina Estatal de Conservación Histórica (OECH), visitó el lugar con personal del USACE para investigar el área, trabajo que con el tiempo reveló el cementerio indígena, bateyes y petroglifos.
En 2007, la OECH envió una carta asegurando al USACE que el área era elegible al Registro Nacional de Lugares Históricos y que apremiaba firmar un Memorando de Acuerdo (MOA) para cumplir con los requisitos del National Historic Preservation Act. Esto no se llevó a cabo.
Durante este tiempo, indicó, se encontró un alineamiento de piedras que pudo haber sido un batey nativo. Al medir cerca de 50 metros por 40 metros, se trataría del más grande encontrado en todo Puerto Rico. Por ejemplo, el batey principal del Centro Ceremonial Indígena de Tibes es casi cuadrado, midiendo 38.70 metros.
Luego, en Jácanas se descubrieron más de 27 enterramientos humanos primarios al excavar a mano, probando preliminarmente que el área pudo haber sido el cementerio de más de 300 osamentas dentro del batey.
“Yo vivía en un cementerio. Allí se encontró sobre 300 osamentas, se encontró un área habitacional, se encontró áreas de cultivo, se encontraron basureros”, comentó Rivera Collazo al rememorar los titulares de los periódicos que recopilaron las denuncias de la comunidad y arqueólogos, reforzando que la construcción amenazaba el yacimiento.
“El Congreso (de Estados Unidos) autoriza al Cuerpo de Ingenieros de los Estados Unidos a hacer una represa. Puerto Rico es una colonia. Tenemos unas leyes y una constitución que no vale nada, porque tenemos otra por encima. Eso entró aquí. El Cuerpo de Ingenieros de Estados Unidos se rigió por las reglas federales”, estableció Rivera Collazo.
El USACE solicitó un informe de New South Associates de lo encontrado y cómo preservarían el área. Al entregárselo, el USACE cubrió el yacimiento arqueológico con “topsoil”, que con las décadas que han transcurrido, ha sido el abono para lo que es hoy.
Rivera Collazo aseguró, además, que algunos artefactos posiblemente fueron llevados a los Estados Unidos, pero se desconoce dónde estarían, quién los conserva y cuántos extrajeron del área.
Entretanto, el secretario del DRNA, Waldemar Quiles Pérez, indicó a este diario a través de declaraciones escritas que “en este momento, no tenemos información adicional sobre este asunto”.
Por su parte, el USACE no respondió a solicitudes de reacción de parte de Primera Hora.
¿Y ahora qué?
Una verja y un candado, instalados por el DRNA, prohíben el paso al público en general para llegar a lo que una vez fue la comunidad Jácanas.
Pero en el caso de Rivera Collazo, cuya relación con la agencia y sus empleados es “cordial”, aseguró que se le permite visitar “su casa”.
“Vengo ahora, voy pa’ casa”, les indicó a dos trabajadores del DRNA quienes estaban en el área mientras se adentraba a la arbolada.
Tal como lo hicieron sus ancestros tantos miles de años atrás, Rivera Collazo emplea la historia oral para mantener viva nuestra identidad indígena. Ofrece recorridos guiados por lo que hoy parece un bosque abandonado apuntando las áreas de donde alguna vez erguía la casa de sus tías, tíos, abuelos, primos y su propio hogar por tantos años.
Guía a los visitantes hacia el área donde estaba la escuela de la comunidad, la gallera, la cancha. También narra dónde los trabajadores del USACE colocaron la piedra triturada para construir la represa.
Tal como si fueran fantasmas, quedan aún algunos cimientos de las casas que fueron destruidas, caminitos escondidos que servían como atajos para el río y árboles frutales que ahora no tienen quién recoja sus ofrendas.
“De un día para otro, en un abrir y cerrar de ojos, se rompe esa cultura, se rompe esa tradición, se rompe esa unión comunitaria, se rompe esa relación fraternal con los amigos, que son hermanos tuyos y ese contacto con la naturaleza se rompe. Cuando a ti te sacan de ese ecosistema donde tú has vivido… y te tiran a un lugar donde es totalmente distinto, eso te va (a) afectar psicológica y mentalmente”, consideró.
Al caminar por el sendero fangoso, Rivera Collazo narra las leyendas urbanas, como la de una mujer que en la década del 1940 fue víctima de un feminicidio, ya que su esposo, en su rabia celosa, la mató con un machete cuando vio pantalones de hombre tendidos sobre la cama.
Tras el crimen, se percató que eran sus propias prendas, por lo que fue caminando al colmado que operaba el bisabuelo de Rivera Collazo para pedirle dinero para luego entregarse a la Policía. La abuela de Rivera Collazo le decía que el espectro de la señora asesinada vigilaba la casa donde ocurrió su muerte, aunque Rivera Collazo confesó que eso se lo decía para “meterle miedo”.
Igualmente, habla de la leyenda de “El Jacho” y del esclavo negro, quien arrastraba sus cadenas corriendo por las calles de Jácanas en búsqueda de su libertad.
Apunta a las plantas medicinales, identifica las aves endémicas y describe la flora que los rodea.
Aunque “ya nadie habla de eso”, se ha coqueteado entre las dos posibilidades: impulsar para rescatar los restos de nuestros ancestros y conservarlos en un museo, o los que opinan que es mejor dejarlos ahí, solo vivos en nuestras memorias por las fotografías que se tomaron cuando se descubrieron hace unos 20 años.
Por ahora, la historia de esa comunidad queda en las fotos de Rivera Collazo y en el recuerdo.


