Joven estudiante recupera collar indígena vendido en el mercado negro
Kateleen A. Suárez Suárez lo vio a través de un vídeo en las redes sociales.
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Utuado. En los bolsillos de su uniforme escolar, chocaban las piedras que recogía durante el día. Su corazón latía al son del amor y del honor a quienes nos precedieron, como presagio de su propio futuro.
Y es que para Kateleen A. Suárez Suárez, o Merlien como se le apoda cariñosamente, el llamado de proteger nuestra cultura siempre ha sido latente.
“La cultura indígena siempre ha sido parte de mi crianza, siempre se me ha inculcado honrar la ancestralidad y las tradiciones, la cultura. Yo pienso que todo eso se mezcló y también yo tuve un llamado, un susto que me jamaqueó y me hizo caer en tiempo y espacio y yo empecé ‘full’ a esto. Cambié mi vida”, aseguró la joven de 22 años en entrevista con Primera Hora.
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Merlien, estudiante de arqueología en el recinto utuadeño de la Universidad de Puerto Rico (UPR), rescató un collar indígena que fue vendido en el mercado negro, artefacto que se remonta a 600 años después de Cristo (d.C.) y posiblemente perteneció a la comunidad indígena ostionoide.
La pieza ahora se exhibe en la institución académica, antes de que se compruebe oficialmente su autenticidad y se le remueva el barniz que se le aplicó.
“Cuando yo miro la pieza, yo inmediatamente sé que es real, porque yo he bregado ya con artefactos así y yo lo identifiqué y dije ‘no puede ser’”, recordó.
El GRWM que cambió todo
Un vídeo en redes llevó a Merlien a tomar acción.
Siguiendo la tendencia de “alístate conmigo” (“get ready with me”, GRWM), un modelo, de procedencia de Nueva Guinea, que radica en California, modelaba el collar indígena.
El castaño claro de las antiguas espinas contrastaba con su atuendo negro. En el vídeo, cambiaba de prenda, pues adquirió también otros collares indígenas de otros países, y celebró estar “bendecido” de recibir “un collar raro taíno” luego de que quien se lo vendió se lo envió por accidente.
Merlien no se quedó con los brazos cruzados. Basado en sus conocimientos sobre la cultura ostionoide, inmediatamente lo identificó como un artefacto de esa comunidad. Por ende, se comunicó con el modelo y rastreó dónde adquirió el objeto.
“En la escuela nos enseñan que existen los taínos ‘and that’s it’, pero eso es mentira. Aquí existían muchos grupos y cada uno de esos grupos tenían sus normas culturales que le aplicaban esos artefactos. No todos eran iguales”, recordó la cayeyana.
Tras un cierto grado de fricción, el hombre finalmente accedió a entregar el artefacto.
“Yo pienso que (el modelo) siempre tuvo un grado de conciencia, porque si él es de Nueva Guinea, entiende lo que es que le roben”, dijo la joven.
Merlien inicialmente se comunicó con el Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP) para recobrar el collar. Debido a que no recibió respuesta de la agencia, conversó con su profesor, el doctor Reniel Rodríguez, y el rector de la UPR en Utuado, Ferdinand Álvarez Rivera, quien se aseguró de que la universidad fuera custodia del artefacto.
Luego de exponerlo por un tiempo, una arqueóloga especializada lo analizará para identificar la especie a la que le pertenecían esas espinas y una especialista en restauración de artefactos le removerá el barniz para su conservación, pues el “químico va a destruir el artefacto con el tiempo”.
“Los coleccionistas hacen eso para que se vea atractivo, pero lo que están haciendo es dañando la integridad del artefacto”, comentó.
“Esto lo que tenemos aquí (en exhibición) es prácticamente un ‘preview’ para la gente, porque yo sé que mucha gente ha venido a verlo, porque es la emoción de que llegó”, subrayó.
El mercado negro
El pueblo puertorriqueño no heredó escritos de nuestros ancestros. Los textos que existen son de la autoría de los europeos, quienes llegaron a nuestra Isla, cuyas plumas habitualmente eran sesgadas con sus propias posturas y opiniones.
Heredamos el arte rupestre que adorna las piedras y las cuevas, restos alimenticios, vasijas y cerámicas, entre otros objetos para conocer quiénes habitaron primero este archipiélago.
Con esos fines, se creó en 1988 la Ley del Consejo para la Protección del Patrimonio Arqueológico Terrestre de Puerto Rico que prohíbe la compraventa de objetos que constituyan parte del patrimonio arqueológico terrestre puertorriqueño.
De hacerlo así, el vendedor podría exponerse a penalidad y multas.
“Toda persona que por sí o a través de sus agentes, representantes o empleados destruya, mutile, saquee, se apropie, venda, permute, exporte o de cualquier manera se incaute de cualquier bien, documento, objeto, artefacto, material, yacimiento o sitio arqueológico terrestre o que infrinja cualquier disposición de esta ley o de los reglamentos adoptados al amparo de la misma, o que deje de cumplir con cualquier resolución, orden o decisión emitida por el Consejo incurrirá en delito grave y convicta que fuere será castigada con pena de multa de cinco mil (5,000) dólares, o una pena de reclusión por un término fijo de tres (3) años, de mediar circunstancias agravantes, la pena fija establecida podrá ser aumentada hasta un máximo de cinco (5) años; de mediar circunstancias atenuantes, podrá ser reducida hasta un mínimo de un año”, lee la Ley en la Sección 13.
“El tribunal podrá imponer la pena de restitución en adición a la pena de reclusión o multa establecida, o ambas penas. Además, e independientemente de la penalidad antes impuesta, en los casos que aplique, el tribunal ordenará al convicto la devolución de los objetos arqueológicos terrestres en su poder”, continúa.
Del mismo modo, existe la Ley de Protección de Recursos Arqueológicos (Título 16, Capítulo 1B del Código de Estados Unidos) que prohíbe la venta, excavación, remoción y daño de recursos arqueológicos en tierras protegidas y sin permiso.
También restringe el tráfico de estos objetos.
“Ninguna persona podrá vender, comprar, intercambiar, transportar, recibir u ofrecer vender, comprar o intercambiar ningún recurso arqueológico si dicho recurso fue excavado o extraído de tierras públicas o tierras indígenas”, lee el documento.
De violar la ley, una persona hallada culpable podría recibir una multa de no más de $10,000 o ser encarcelada por no más de un año, o ambas.
“Sin embargo, si el valor comercial o arqueológico de los recursos arqueológicos involucrados y el costo de restauración y reparación de dichos recursos excede la suma de $500, dicha persona será multada con no más de $20,000 o encarcelada con no más de dos años, o ambas. En caso de una segunda o posterior violación de este tipo, tras ser declarada culpable, dicha persona será multada con no más de $100,000 o encarcelada con no más de cinco años, o ambas”, dicta.
Aun así, el saqueo es algo de lo que Merlien ha sido testigo. En una cueva en Utuado, ubicación que mantuvo en el anonimato y que visitó con su profesor como parte de una clase de investigación, encontró piedras cortadas, donde alguna persona retiró petroglifos.
“Se llevaron hasta los restos alimenticios de esta gente”, lamentó la joven, quien fundó la primera asociación arqueológica en su universidad desde 2012.
Ante esta realidad, Merlien se ha dado a la tarea de usar sus plataformas sociales, ya que acapara a 154.4K seguidores en TikTok y otros 83.5K en Instagram, como instrumento educativo. En ocasiones recurre al humor y la jerga boricua para resaltar nuestra cultura, paisajes y cuán imprescindible es protegerlos.
“Yo espero que con esto se puedan inspirar más personas a luchar por esto, porque lamentablemente estamos viendo que las agencias pertinentes no están haciendo (nada) y de verdad me frustra mucho y me duele, porque yo crecí pensando que esto (los artefactos) están protegidos. Pero, siempre he dicho: el pueblo salva al pueblo y qué mejor que las personas del pueblo que lo custodien”, expresó.
¿Y cómo visualiza su futuro? La protección de nuestra cultura. Siempre. Tal como lo abrazó de niña.
“Tengo muchas metas. Siento que sí hay (el dinero), pero se están invirtiendo en cosas que no son (correctas), porque vemos proyectos como Esencia, vemos lo que quieren hacer en Punta Banderas, lo que han hecho en La Parguera. En todos estos sitios, tenemos que cambiar el enfoque y tenemos que acoplarnos a la realidad del archipiélago”, indicó.
“Vivimos en un archipiélago en el Caribe y la gente aquí lo que quiere ver es la historia de nosotros, nuestras playas, nuestras cuevas, tenemos que invertir en la protección y la conservación de esos lugares y hacer un buen museo, porque sé que se puede, tener un buen museo que la gente puede visitar e invertir para que puedan proteger los sitios arqueológicos, porque ahora mismo están abiertos al público y no hay nadie que esté ahí. Tenemos que cambiar en lo que estamos invirtiendo”, agregó.
Los ostionoides
Al momento, se ha identificado el collar como perteneciente a la cultura ostionoide, comunidad que el arqueólogo Ricardo Alegría agrupó dentro de los arahuacos, término amplio que en la actualidad no necesariamente se utiliza para describir a nuestros antepasados.
Esta cultura era la precursora de los taínos y fueron quienes introdujeron un decisivo cambio social que ocurrió en Puerto Rico, posiblemente por una migración continental o evolución de la cultura saladoide, entre otras teorías.
Con este cambio, se ha documentado que estas comunidades indígenas buscaron otros recursos alimenticios en los ríos e interior de la isla. Yacimientos han evidenciado que se comenzó a hacer uso del montículo agrícola y la dieta incluyó mayor consumo de peces y de grandes caracoles marinos.


