El 15 de marzo de 2020, el COVID-19 marcó un hito en la historia de Puerto Rico. En otros confines del mundo la pandemia ya estaba en apogeo, pero para nosotros, los boricuas, la encrucijada apenas comenzaba. De pronto, nos cambiaron las reglas de juego: se impuso una cuarentena, un toque de queda, cerró el gobierno y clausuraron los comercios. Nos teníamos que guardar en nuestras casas, en alejamiento social. Sólo podíamos salir a comprar alimentos, haciendo filas a seis pies de distancia y blindados hasta los dientes, con mascarillas, guantes, gorras, pelo recogido, gafas y hand sanitizer en mano.

Han sido tiempos difíciles tanto para los mayores, que son los más amenazados por el virus, como para los más chicos que, de la noche a la mañana, han tenido que adaptarse a una nueva normalidad.

Primera Hora buscó testimonios de la pandemia vista a través de varias generaciones, de cómo esta plaga ha afectado su diario vivir, su entorno familiar y su vida social.

A Valentina, de 8 años, “la cuarentena ha cambiado mi vida”

“Vivía en Yauco, pero a causa del terremoto ahora vivo en Peñuelas, en casa de mis abuelos. Estoy muy estresada porque por esta pandemia tengo que estar siempre en casa y no puedo ver a mis amigas, ni mis compañeros de clase”, expresó la niña Valentina Alvarado López.

Valentina Alvarado, de 8 años.
Valentina Alvarado, de 8 años.

La estudiante de ocho años cursaba el segundo grado en el colegio yaucano Santísimo Rosario y, pasó a tercero, después de estudiar el semestre completo en línea.

A su tierna edad describió el COVID-19 como un “un virus muy contagioso, algo muy malo que mata a las personas y por eso, hay que cuidarse”. Dijo que extraña mucho sus prácticas de voleibol, un deporte que comenzó a practicar hace dos años y que la ha llevado a participar en torneos a nivel Isla. Actualmente, es parte de los equipos South Elite de Guayanilla y de su escuela.

“La cuarentena ha cambiado mi vida, porque no he podido ver a mis amigas y no he podido jugar voleibol, que es lo que más me gusta. No puedo jugar con mis amigas ni ver a mi familia”, manifestó Valentina, quien dijo que en estos meses de distanciamiento social se comunica con sus maestros y amiguitos por las plataformas Jitsimeet, Whastapp y Houseparty.

“Hablo por ahí con mis amigas, hablamos de la escuela, de los trabajos, las asignaciones y con las maestras. En Houseparty puedo jugar con mis amigas, hacernos preguntas como trivias y contestar. También puedo saber cómo están y jugar al escondite”, indicó.

¿Qué ha sido lo más difícil para ti?, preguntamos.

“Lo más difícil fue trabajar en la plataforma Edmodo, de la escuela, porque fue muy difícil acostumbrarme y me daban mucho trabajo en la escuela también”, expresó.

¿Qué te ha enseñado esta experiencia y que le recomiendas a los niños de tu edad?

“Les recomiendo que se pongan mascarillas, guantes y que todo el tiempo se laven las manos, que respeten a sus padres, se cuiden y se queden en sus casas para que cuidemos a nuestra familia”, afirmó la niña.

Alejandra, de 21 años, ahora toma las cosas con más calma

Alejandra Ortiz Arraiza es estudiante de la Facultad de Administración de Empresas de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Acaba de terminar el tercer año, con sus cursos a distancia y en agosto comenzará el último año de su bachillerato. Tiene 21 años, reside con sus padres en Río Piedras, trabaja a tiempo parcial y tiene planes de estudiar derecho.

“He estado en cuarentena desde que empezó esto el 16 de marzo, tomando mis cursos universitarios, aunque hubo una semana de capacitación a los profesores para que pudieran ofrecer los cursos en línea. El semestre como tal terminó, pero fue uno fuerte. Incluso, sentí que dieron más asignaciones que un semestre presencial. Esa ha sido la experiencia para mí y creo que otras personas de mi generación coinciden conmigo”, indicó la estudiante universitaria.

Dijo que la transición de coger clases de forma presencial a tomar los cursos en línea fue difícil porque a veces las plataformas no funcionaban bien, los profesores tenían que empezar las clases más tarde, había muchos estudiantes conectándose a la misma vez.

“En ese sentido fue difícil e incluso a mí se me fue la luz una vez en medio de un examen, fue algo que tuve que adaptarme a eso”, relató.

No obstante, indicó que el completar el semestre en línea también representó ventajas, porque no tenía que salir, salvo a gestiones esenciales y el tiempo en la casa la ayudó a concentrarse más en sus estudios. “Estuve bastante ocupada durante la cuarentena”, expresó.

Otra parte difícil del encierro ha sido el no poder salir a janguear con amistades, aunque sostuvo que tan pronto se flexibilizó la orden ejecutiva ha salido a ejercitarse siguiendo los protocolos de seguridad. “Era una rutina estudiar, trabajar, salir, ver amigos, amigas y familiares. A mi abuela la he podido ver pocas veces, porque por la edad es de las personas más vulnerables; y mi tía abuela también. Ha sido bastante difícil y poco a poco se están flexibilizando las cosas, pero comoquiera hay que seguir tomando precauciones”, sostuvo Alejandra, quien dijo que se comunica con sus amistades por WhattsApp y video llamadas.

¿Qué te ha enseñado esta pandemia?

“Me ha ensenado que hay que seguir tomando las medidas necesarias, abrir la economía del País era algo que se tenía que hacer, pero la situación de emergencia no ha finalizado y a mí me ha enseñado que a veces hay que tomar las cosas con más calma. Creo que me ha venido bien estar un poco más tiempo en la casa”.

Javier, de 30 años, reconoce la importancia de evitar el contagio

Javier Rosa Quintana es enfermero, trabaja en la Administración de Servicios Contra la Adicción y Salud Mental (Assmca), y reside con su esposa en Guaynabo.

Con la cuarentena, se ha tenido que acostumbrar a salir con mascarilla y a hacer filas largas, con distancia prudente, para comprar alimentos y artículos de primera necesidad buscando “la manera de uno no contagiarse”.

Xavier Rosa de 30 años.
Xavier Rosa de 30 años. (teresa.canino@gfrmedia.com)

“Ya no se puede compartir como antes, las fiestas familiares que antes se hacían”, indicó el joven de 30 años que son algunas de las cosas que más ha extrañado en el período de la cuarentena por el coronavirus.

“Lo más difícil ha sido el no poder compartir con las amistades”, dijo Rosa Quintana, quien indicó que durante la emergencia ha aprendido a tener paciencia para hacer las cosas y a considerar a las demás personas para evitar los contagios.

“Siempre está la preocupación de llegar a tu casa y de no contagiar a tus familiares”, sostuvo el enfermero, quien expresó que de vez en cuando, recibe en su casa a su señora madre. “Esas son las preocupaciones de cuando uno sale a la calle de transmitirle la enfermedad a las personas que uno quiere. Eso no es fácil”, relató el joven. Relató que en su trabajo se sigue un estricto protocolo de distanciamiento social.

“Ya no es como antes que podíamos dialogar más de cerca. Ya todo es distancia, pero con el tiempo se aprende y uno se tiene que acostumbrar a las cosas para no ser perjudicado”, dijo.

Confesó que también ha tenido que acostumbrarse a salir a la calle con mascarilla. “A veces molesta, pero para la protección de uno hay que ponérsela. Ya no me bajo del carro sin la mascarilla. Poco a poco, uno se adapta”, agregó.

Zayra, 66 años, echa de menos la sonrisa de la gente

Para Zayra Hernández de Balzac, una maestra de teatro retirada, lo más difícil de esta cuarentena es no poder ver ni abrazar a sus nietas y a sus hijos. Subrayó que lo que más “hemos ganado en esta pandemia, es a valorar la familia”.

“La pandemia ha venido a cambiar a todo el mundo, no solo a Puerto Rico. Lo peor para mí es que no he podido estar con mis familiares, con mis hermanos, viajar a ver mis nietas y mis hijos porque no quiero que nadie se infecte o que yo me infecte. Una de las cosas que me ha asombrado mucho es que nos tuvieran que enseñar el lavarnos las manos, no a mí, porque vengo de una familia en la que mi padre siempre nos enseñó la importancia de lavarse las manos en todo momento. Él era bacteriólogo”, narró la mujer de 66 años, residente de Cupey.

Zayra Hernández de Balzac, de 65 años.
Zayra Hernández de Balzac, de 65 años. (teresa.canino@gfrmedia.com)

“Es muy triste esto que está sucediendo, porque lo más bonito que yo tenía era que los domingos nos reuníamos a desayunar, salíamos la familia y eso se ha perdido. Poquito a poco, espero en Dios, que empecemos a caminar de nuevo hacia eso, pero tenemos que ser bien conscientes en seguir todo aquello que nos va a proteger a nosotros y los demás, porque de qué vale que empecemos a abrir todos estos procesos, empecemos a quitarnos las mascarillas, a no lavarnos las manos y volvamos para atrás y nos encierren nuevamente. Tenemos que ver lo que ha pasado en otros lugares”, afirmó.

Dijo también que en las redes sociales ha habido una explosión de religiosidad. “Tal vez todo el mundo tenía la fe, pero no se atrevía a decirlo”, indicó.

La maestra retirada destacó, además, que echa de menos la sonrisa de la gente, pues ahora sus rostros están cubiertos con las mascarillas. “A mí me gusta sonreírle mucho a la gente y ahora no vemos la sonrisa”, sostuvo para recalcar que lo más difícil ha sido no poder ver a sus nietas, unas gemelas que cumplieron un añito y residen en Saint Thomas; y otra nietecita que vive en Connecticut.

Tampoco ha podido ver a sus tres hijos, una fémina y un par de gemelos que viven fuera de Puerto Rico. “He llorado por el desespero de no poder ver a mi familia y no poder ir a la iglesia”, expresó Hernández de Balzac, quien dijo que al menos han logrado comunicarse por la plataforma Zoom.

“Otra de las limitaciones es que soy bien coqueta y me fascina el lápiz de labio y ahora no me lo puedo poner por la mascarilla. En este proceso he pensado en las mujeres árabes, en cómo ellas hacen para poderse pintar con el velo (burka)”, agregó.