Hace tres años, se hizo cuesta arriba hallar un chofer escolar que se encargara de transportar a más de una veintena de alumnos desde sus hogares hacia la Escuela Segunda Unidad Matrullas en Orocovis, así que una maestra de inglés decidió tomar el volante por amor a sus niños.

Desde entonces, Neida Elis Figueroa Rivera, una educadora orocoveña que imparte el idioma de Shakespeare por los pasados 17 años, se despierta antes que el alba para trazar una ruta repleta de canciones y sonrisas hasta llegar al plantel donde recibirán el pan de la enseñanza.

“Yo trabajo para Nazario Bus Line y un día, la hija de Nazario llama buscando un chofer a distancia porque no hay choferes; el que estuvo en años anteriores se había retirado. Entonces, a ella se le hace difícil llegar acá, a Matrullas, para una ruta porque vive en Corozal. Lo que pasa es que es bien difícil conseguir un chofer escolar cerca, porque la escuela y la comunidad están distantes”, contó la maestra, cuyos grupos fluctúan de cuarto a octavo grado.

Luego de dos viajes para recoger estudiantes y llevarlos a la escuela, Neida Elis Figueroa Rivera se dirige a su salón para la jornada lectiva.
Luego de dos viajes para recoger estudiantes y llevarlos a la escuela, Neida Elis Figueroa Rivera se dirige a su salón para la jornada lectiva.

“Entonces, pensando en la necesidad de mis estudiantes, porque son mis estudiantes, ya los conozco y yo había practicado en guaguas escolares, le dije: ‘Pues mira, yo me atrevo. Yo voy a coger la ruta’ “, recordó la fémina de 40 años, quien cursó estudios en esa escuela.

De esa manera, Neida Elis trazó su ruta diaria, que recorre los sectores La Francia, Cacao, Taita, Matrullas y El Frío, en un viaje de aproximadamente una hora tanto en las mañanas como en las tardes.

Pero la emoción que expresaron los niños al ver a su maestra conduciendo la guagua escolar ha sido para Neida Elis una imagen imposible de olvidar.

“Cuando ellos lo supieron estaban bien emocionados, ‘mi misis de Inglés’, decían. Y los padres, según expresaron, están bien contentos porque a pesar de que soy muy estricta, porque la disciplina es muy importante en la educación y dondequiera, ellos decían que qué bueno que era yo. Ellos saben que amo a mis estudiantes porque podré ser estricta, pero si hay que llorar, lloramos”, confesó.

“A mí me encanta mi guagua escolar, me encanta transportar a mis estudiantes, es una experiencia bien bonita. Me gozo desde el primer estudiante que se monta en las mañanas hasta que llego a casa. Como chofera me disfruto mi viaje porque el sector tiene un lago espectacular”, resaltó.

Sobre su rol en el salón de clases, la educadora que vivió desde pequeña en Estados Unidos contó por qué decidió echar raíces en su pueblo.

“Me gusta aquí, me siento bien en Puerto Rico. Me gusta enseñar, me gusta estar con los niños, ayudarles y hacer todo lo posible para que tengan un buen futuro, aportar ese granito de arena en su vida. Esa escuela es un tesoro, lo único es que queda bastante distante de muchos lugares… la comunidad tiene muchas necesidades, pero son excelentes personas”, afirmó.

“A través de los años ha cambiado mucho desde que yo empecé. Hay que valorar cada momento, cada experiencia con los estudiantes, poder ayudar a la comunidad porque no es solo la escuela, sino la comunidad completa. Todo eso hay que valorarlo”, admitió.

De hecho, el reencuentro con sus estudiantes se materializó en agosto pasado cuando comenzaron las clases presenciales luego de un año y medio a distancia, justo en un pueblo a donde el servicio de internet no llega a todos los hogares.

“Al principio se nos hizo difícil… el estudiante se acostumbra, el maestro también, a lo que buscamos los medios de internet. A veces tengo internet en mi casa, pero cuando se iba, yo me iba al mirador, porque allí hay señal y, a través de mi celular pasaba internet a la computadora y así daba clase”, relató la madre de dos hijos en edades de 17 y 20 años.

“Tenemos padres responsables, porque al lado mío, cuando daba clases en el mirador, había padres tratando de que sus hijos tuvieran una mejor educación. Así hubo muchos maestros que no tenían internet en su hogar, pero hacían malabares para que sus estudiantes tuvieran la clase”, puntualizó.

Expuso que, al regresar a la escuela, una de las situaciones más difíciles de sobrellevar fue practicar las medidas de biocontención requeridas en el protocolo del Departamento de Salud.

“Fue hermoso cuando los vi, pero fue triste porque los estudiantes abrazan a uno y tener que decirles que hay un protocolo, que debemos estar a seis pies de distancia, no pueden abrazarse, ningún contacto físico. Qué malo es no poder darle un abrazo a un estudiante y uno no sabe si necesitaban ese apoyo el primer día porque estuvimos un año y medio fuera”, manifestó.

Asimismo, resaltó que cuando comenzó su viaje como chofera escolar, era distinto pues todavía no estaba la pandemia del COVID-19, pero tras la emergencia de salud se mantuvo llevando alimentos desde el comedor escolar hasta los hogares de sus alumnos.

“Me levanto a las 5:00 de la mañana, pero salgo de mi casa a las 6:40, porque como la pandemia cambió todo, por la pandemia y los protocolos. Corro la ruta y llego a la escuela entre 7:20 y 7:30, porque tengo que tomarles la temperatura, escribir si está normal o no. En la lista tengo 25 estudiantes, por eso tengo que dar dos viajes por la mañana y por la tarde”, expuso.

“Hay que tomar temperatura a cada estudiante anotar los datos, desinfectar la guagua completa, limpiar los asientos, asegurarse que hay ‘hand sanitizer’. Ahora tengo que dividir en dos viajes porque la seguridad del estudiante es lo primero. Y nos vamos con la musiquita por ahí pa’ bajo, pero todo en orden porque antes que chofera soy maestra”, concluyó.