A finales de marzo, el doctor Jaime Salas Rushford echó en una maleta ropa y artículos personales para una semana. Se iba de voluntario a Nueva York con un pasaje “one way”.

El conocido internista lleva un mes en el epicentro de la pandemia, donde ha atendido más de 1,000 casos del COVID-19 y practicado los distintos protocolos que han surgido para atajar el agresivo coronavirus en uno de los hospitales del sistema público neoyorquino, en Brooklyn.

Aunque el galeno ha puesto sus conocimientos y la experiencia adquirida a la disposición de hospitales y médicos en Puerto Rico, no ha tenido respuestas.

“Vine con ropa para siete días para ayudar lo más posible y regresar a la Isla, ya llevo un mes”, dijo Salas en entrevista con Primera Hora por la aplicación Zoom, desde un apartamento en Manhattan, donde se queda con unas amistades.

Primero trabajó en una carpa gigante, frente al Hospital Coney Island, donde llegaban cientos de pacientes con los síntomas del temido virus y muchos morían allí mismo. En aquel momento, los turnos eran de 12 y 18 horas al día. Ahora, el doctor Salas hace guardias en las noches en el cuarto piso del hospital, donde están los pacientes conectados a respiradores. También desde allá atiende vía Skype a sus pacientes en la Isla.

El especialista en medicina interna, integrativa y funcional tiene oficina en Hato Rey, estudió en el Recinto de Ciencias Médicas de la Universidad de Puerto Rico e hizo su internado y especialidad en Nueva York. Además de Puerto Rico y en la Gran Manzana, Salas tiene licencias para ejercer en Carolina del Norte y la Florida.

Qué lo movió a irse a Nueva York en pleno pico de la pandemia?, preguntamos.

“Me entrené aquí y a veces, de los médicos, soy el único que habla español. Antes de venir para acá me aseguré de que mis papás estuvieran saludables y arranqué. Aquí hay una gran cantidad de latinos, hay muchos puertorriqueños y los colegas me estaban diciendo que era como una zona de guerra. Una vez llegué me di cuenta que ya no somos puertorriqueños, somos del mundo entero, aquí no había razas, no había división. Todo el mundo era uno, lindo, feo, pobre, alto, bajito. Era una manada de gente enferma”, describió.

Salas lleva en su uniforme una bandera cosida de Puerto Rico y siempre recordará los rostros de felicidad de los boricuas que lo veían en medio de la crisis y su presencia les daba alivio.

Recordó también los días “más difíciles” cuando al llegar a la urbe fue integrado al grupo de médicos que recibían bajo la carpa a los pacientes moribundos.

“En ese momento el porciento de latinos que se contagiaba era bien alto, muchos estaban solos en catres y otros, si no estaban enfermos, tenían miedo de contraer la enfermedad”, relató para agregar que es muy fuerte el momento de separación entre los pacientes del coronavirus y sus seres queridos.

Imagen de una carpa gigante, frente al Hospital Coney Island, donde laboró en extensos turnos. Allí llegaban cientos de pacientes con los síntomas del temido virus.
Imagen de una carpa gigante, frente al Hospital Coney Island, donde laboró en extensos turnos. Allí llegaban cientos de pacientes con los síntomas del temido virus.

“Tan pronto entran por la puerta de emergencia hay separación y cuando fallecen están solos, no tienen a nadie al lado de ellos. Muchos mueren llorando y eso ha ido disminuyendo, pero las primeras semanas fallecían decenas en un solo hospital, era algo impresionante”, sostuvo.

Dijo que la organización de los hospitales de Nueva York ayudó a atender los casos con rapidez. Explicó que se clasificaban los pacientes en riesgo, les hacían las pruebas y en dos horas tenían los resultados para determinar a quiénes colocaban en cuidados intensivos y cuáles necesitaban medicamentos. “En dos horas atendíamos masas, comenzamos a hacer un diagnóstico indirecto y empezamos a ver que las muertes empezaron a bajar. Eso creó el cambio más grande. Cuando llegaban las pruebas la mayoría eran positivas. Nadie sabía nada de esta enfermedad, todos estamos aprendiendo, pero teníamos tantos y tantos pacientes que nos ayudaron a entender, fue una academia de enseñanza. Hay muchos voluntarios de diferentes estados. Lo que aprendimos aquí sirve para ayudar a nuestro País y nos ayuda a ser mejores médicos”, sostuvo.

“Aquí todo el mundo empujó camillas”, dijo Salas, quien reconoció que el equipo de protección todavía es limitado. Indicó que los recursos y artículos médicos están disponibles, excepto las mascarillas. “Nos dan una por semana y yo la desinfecto en el microondas”, contó el galeno.

En la carpa atendió casos del coronavirus por dos semanas y compartió que el más que lo conmovió fue el de un paciente de 84 años que sobrevivió, pero no su esposa.

“Allí tuvimos muchos casos y algunos cuando estaban esperando morían. El más difícil para mí fue el de un señor de 84 años, no anglosajón, con muchas complicaciones. A la esposa la tuvieron que llevar a otro hospital y murió. Él se nos desplomó en la sala de emergencia y nos rompió el corazón. Lo más que lamentaba era que su esposa estaba llena de vida y quería haber sido él la víctima. Era un matrimonio de la vieja escuela, de esas almas gemelas de 50 y pico años de casados”, narró Salas.

La semana pasada detalló que firmó 450 récords de ingresados y dijo que además de los pacientes que le han tocado, muchas veces tiene que revisar los pacientes del equipo médico. “He visto muchos, muchos pacientes, más de 1,000 fácilmente”, precisó.

Recordó que también atendió a un baloncelista de 22 años que “llegó arrodillado de la fiebre”, pero indicó que la mayoría de los latinos eran de entre 40 y 50 años.

“Una de las cosas bien tristes es que llegaba mucha gente de los nursing homes (centros de cuidado de viejitos), muchos estaban enfermos, pero no críticos y no querían recogerlos. No teníamos a dónde enviarlos. Eran pacientes de COVID, pero con pocos síntomas, no había protocolo, directriz del estado y nos inventamos un nursing home”, contó.

¿Ha visto muchos pacientes morir-?

“Desafortunadamente, sí. Por las mañanas los ponen en las puertas anaranjadas y cuando los transportistas cierran el pasillo para llevárselos, es impresionante”, sostuvo Salas, quien describió como “frustrante” el proceso de verlos perder la batalla.

“Uno se siente impotente, a veces no entendíamos porque estábamos haciendo lo correcto, tratábamos de hacer más y más, pero no se podía”, sostuvo.

“En este hospital usamos todas las medicinas, en unos funcionan unos medicamos y tratamientos, y en otros no. Encontramos que personas que tomaban Tylenol y Robitussin salían mejor que los que buscaban ayuda tarde. Muchos que no buscan ayuda temprano son latinos que tienen que seguir trabajando en supermercados, delis y otros negocios para subsistir. Muchos de los que nos llegan deshidratados y con diarreas no se atendieron a tiempo”, explicó el internista.

Salas sostuvo que en Puerto Rico hace falta más orientación sobre los síntomas y qué deben hacer las personas para que no se dejen apoderar el virus. También dijo que hay mucho miedo.

“Los pacientes míos que llaman no saben qué hacer si tienen síntomas, eso es esencial. Por miedo mucha gente se está quedando en la casa y están pasando todo este proceso, y puedan fallecer sin cuidado médico”, advirtió.

¿No le preocupa infectarse?

“Nos han entrenado para bregar con enfermedades transmisibles y si no lo hacemos nosotros, ¿quién?. Siempre me he sentido seguro aquí en Nueva York y no es temer, es ser conscientes. Si hay que ir al campo de batalla, hay que ir con las precauciones”, dijo el médico, quien coloca en su página de Instagram vídeos de muchos de los cuidados aprendidos “en arroz y habichuelas”.

Salas espera viajar pronto a Puerto Rico para ver a su familia y resolver asuntos de su oficina y personales. Dijo que está loco por volver, pero teme que lo pongan en cuarentena y no pueda regresar a Nueva York para continuar su voluntariado.

“Tengo que ver a mis papás y a mis pacientes y aunque todo el tiempo he dado negativo (al COVID-19), mi miedo es que no me dejen entrar a Puerto Rico porque estuve aquí”, expresó el internista que ahora también solicitó la licencia del estado de Nueva Jersey para colaborar en un proyecto de las personas que no tienen hogar, son dados de alta de los hospitales y son llevados a un local de recuperación para que no se infecten antes de regresar a los refugios.