Once tramos de calles en Ponce siguen clausurados
Algunos de los edificios afectados en la Ciudad Señorial por los temblores fueron el Ponciana, un complejo de oficinas y residencias, y el edificio de viviendas Torres.

Nota de archivo: esta historia fue publicada hace más de 6 años.
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En el casco urbano de Ponce hay once tramos de calles cerrados indefinidamente.
Luego de los sismos de los pasados días -que dejaron graves daños a estructuras históricas del pueblo- el cierre de calles ascendió a 15, y para el pasado martes había bajado a siete.
Sin embargo, el sismo de ayer, a las 11:36 de la mañana, de 5.2, provocó el cierre de cuatros segmentos adicionales, según la oficina de prensa del Municipio.
En un recorrido de Primera Hora por el casco urbano se ven las calles libres de los escombros que dejaron las estructuras afectadas por los sismos, pero la orden del día son las cintas amarillas acordonando edificios, como la histórica Casa Vives, donde un sismo de 6.0 el pasado sábado provocó desprendimiento de ladrillos y que algunos balcones colapsaran.
En el primer piso de esta estructura estaba el restaurante Velada.
Uno de los tramos clausurados está en la calle Villa, desde la Méndez Vigo hasta la calle Concordia. Igual, un tramo en la calle Méndez Vigo, que va desde la esquina Juan Seix hasta la calle Luna.
Otro segmento cerrado está en la calle Roosevelt, desde la esquina James McManus hasta la calle Torre. Esta última calle también tiene un bloqueo hasta la esquina Wilson.
Algunos de los edificios afectados en Ponce por los temblores fueron el Ponciana, un complejo de oficinas y residencias, y el edificio de viviendas Torres. Esto produjo el cierre en la calle Marina, desde la esquina Luna hasta Jobos, y el tramo de la calle Mayor esquina Jobos, hasta La Marina.
Aunque en toda la zona hay policías municipales cerca de las áreas acordonadas, para evitar que las personas pasen cerca de las estructuras porque pueden caer pedazos de las mismas, algunos no siguen las instrucciones y se meten entre las cintas amarillas.
Incluso, algunos dijeron que pasaban por allí porque como quieran se iban a morir.
El agente municipal Leonides Vargas, apostado en la esquina de la Casa Vives, dice que ese comportamiento se ve a menudo y ellos tienen que orientar a los ciudadanos que es por su seguridad.
Pero el cierre de las calles provoca que algunos trabajadores, como el limpiabotas y vendedor de lotería, Alberto Leandri, no estén contentos porque está llegando poca gente al área.
Este lleva 51 años brillando zapatos y 35 años frente al banco Santander, que fue clausurado luego de los sismos. Asegura que los días “han estado flojos”.
También la venta de billetes está floja porque la gente “tiene los chavos para gastarlos en pan, agua y gasolina… pero hay que seguir batallando”.
Otro negocio visitado por Primera Hora fue la tienda de recuerdos El Palacio Mi Coquí, donde la clientela “ha bajado mucho. Entra poca gente”.
Tania López, quien dijo que todos los empleados siguen laborando de 9:00 a.m. a 6:00 p.m., reconoció que la última vez que vio el negocio lleno como es uso y costumbre fue el pasado 2 de enero, cuando llegó un crucero.
“Ahora están entrando entre 20 a 25 personas en el horario que estamos abiertos. Ha bajado mucho el turismo debido a que hay temor por los temblores”, sostuvo la empleada.
Y dos hermanas que superaron el temor para darse una vuelta por el casco urbano y hacer unas compritas fueron Elsa y Julia Ortiz, que sentada en un banquito saboreaban unos pinchos.
“Vinimos a hacer compra con miedo. Yo hasta le cogí miedo a la casa porque ya tiene grietas”, dijo Elsa mientras Julia indicó que ella se fue a vivir en una casita pequeña al frente de la suya.
“Son 14 días sin dormir porque tengo pánico”, confesó.
Otra que se mantenía sentada dentro de su negocio de confesión de alta costura, cerca de la puerta y junto a su hija de 13 años, era Sanya Valmes.
A preguntas de cómo iba su negocio Zanya’s Design contestó: “No ve donde estoy sentada, y la tengo a ella (mi hija) ahí sentada (en el piso). Todavía no he encendido la máquina (de cocer), no me atrevo. Tengo esta perse, esa cosa, por temor a que (ocurra un sismo y) tenga que salir corriendo y no me dé tiempo”.
Abre el negocio -en el que lleva 13 años- porque sabe que hay clientes que “vienen a recoger la ropita” que ella pudo reparar ante de la cadena de sismos.
Tanto es así que prefiere no entrar a la parte de atrás de su negocio donde está la máquina de coser.
Sin embargo, en la plaza del mercado, que queda en la cuadra donde está la Casa Vives, aunque alrededor de la 1:00 de la tarde no había mucha clientela, la administradora del lugar, Beatriz Riefkohl, dijo que el movimiento es bueno.
Allí hay 66 placeros y la mayoría está laborando.
Dos jóvenes que vendían billetes de la lotería a la entrada aseguraron que la gente sí está visitando la plaza, que según Riefkohl fue evaluada por un ingeniero estructural que dijo que era segura.


