En un país donde se registran tantos sucesos violentos es entendible que muchas personas, víctimas de esas agresiones, vivan con coraje y frustración. Pero, aun así, hay quienes deciden perdonar, no para beneficio de la parte que agredió, sino para quitarse el peso de la rabia.

Perdonar, por supuesto, no desaparece el suceso ni lo borra de la memoria, pero permite quitarle la carga emocional que impide recobrar la paz.

“Estamos hablando de un proceso, no es un interruptor de encendido y apagado”, expuso el psicólogo Andrés Colberg, quien considera el perdón como la medicina para quien perdona, y para el perdonado también.

Hay personas a quienes perdonar se les da de manera natural, a veces en el marco de una óptica religiosa o humanista. Pero hay quienes no pueden.

“Me como por dentro hasta hacer miserable mi vida, y entonces son dos las víctimas. En ese comerse uno se pasa la película una y otra vez, se realza el morbo de la escena, recalentamos la impotencia de nosotros no haberlo evitado, le ponemos una lupa al sufrimiento que tuvo la víctima. Es un acto de lealtad ciega hacia la víctima”, analizó sobre la manera en que una persona puede reaccionar al dolor de haber perdido a alguien en un evento violento.

Lo normal en una reacción a un suceso violento es cuestionar el porqué, patalear, gritar y maldecir también. Esa catarsis alivia. Con terapia es posible pasar de esa fase a la del perdón para beneficio propio.

“A la grabadora que llevamos a cuesta no le podemos borrar esa parte, pero podemos escoger quitarle la carga emocional”, dijo al añadir que la capa de tristeza se queda.

“Una persona puede decidir no seguir envenenada, asombrarse de que la libertad propia es una opción, de que es posible arribar a la paz. No es fácil, pero es posible”, recalcó.