Un alma en pena luego de perder a sus tres hijos (Ve vídeo)
"Cuando me sacaron del carro, yo sentía que no podía luchar más..."

Nota de archivo: esta historia fue publicada hace más de 16 años.
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San Sebastián. Era víspera de Nochebuena y el ambiente era de festividad. Miguel Arocho y sus tres niños Mario, Miguel y Mariano iban en el carro hablando sobre lo bonita que es la época navideña. Los pequeños aprovechaban la conversación para decirle a su papá lo que querían que les trajeran los Tres Reyes Magos. Después de todo, Santa Claus ya había comprado sus obsequios. Así, entre diálogos y carcajadas provocadas por el tema y con el fondo de una música de rock -la preferida de Mario, el mayor de sus retoños-, los niños se quedaron dormidos. Miguel observó fijamente desde el espejo retrovisor lo angelicales que se veían sus chiquillos y bajó la música para no incomodarlos.
Fue entonces cuando, de repente, bajó el telón.
“[...] sube el telón y me siento pillado en el carro, con sangre por todas partes. Tenía la mano partida, los dedos rotos, y las piernas no las podía mover porque las tenía pinchadas. Sentí palpitaciones bien ligeras y en ese momento pensaba que era una pesadilla”, recordó Miguel sobre aquella fatídica noche del 23 de diciembre de 2009, cuando en un abrir y cerrar de ojos la perfecta escena que tejía la historia de su vida cambió drásticamente. Una conductora negligente que iba a exceso de velocidad y haciendo cambios indebidos entre carriles -en la carretera 129, jurisdicción de Hatillo-, chocó el auto donde viajaban Miguel y sus tres hijos.
La mujer, identificada como Yesenia Soto, y los tres niños fallecieron en el acto. Miguel y una mujer que viajaba con Yesenia, resultaron gravemente heridos.
Clamor por sus hijos
“Saquen a los nenes, por favor, saquen a mis hijos”, le repetía una y otra vez Miguel a los policías y paramédicos que habían llegado al lugar a socorrer a los heridos.
“Yo veía a todos los policías llorando y me decía: '¿por qué llorarán?'”, agregó Miguel, de 43 años, que desesperado comenzó a llamar a sus hijos.
“Miguel, Mariano, Mario... Miguel, Mariano, Mario”, pero ninguno de los niños contestó. Él tampoco podía voltearse a mirar hacia la parte atrás del carro, pues las heridas no le permitían moverse.
Fue entonces cuando recordó esa frase de complicidad que había entre él y sus hijos. No dudó en decirla en voz alta: “Todos para uno (comienza a llorar y hace una pausa)... Ellos siempre me contestaban: 'papi, y uno para todos'. Pero, yo no podía oírlos, no me contestaron”, dijo con un inmenso dolor en sus palabras el hombre, que muy dentro de su ser “sabía que venía una desgracia”.
Los paramédicos que trabajaban la escena trataron de tranquilizarlo.
“Vas a estar bien Miguel”, recordó que le decían aquellos samaritanos que denotaban en sus miradas la triste tragedia que sacudió al país. Y, aunque ya las fuerzas se agotaban y hasta el frío de la muerte lo azotaba, decidió luchar por su vida reconfortado en que todo aquello era sólo una pesadilla.
“Cuando me sacaron del carro, yo sentía que no podía luchar más, casi no podía respirar, ya no daba para más, hasta sentí el frío ese que dicen cuando uno va a morir. Entonces, me pusieron un tubo conectado al pecho y el dolor fue tan grande que reaccioné”, dijo sobre el preciso instante en que volvió a nacer.
Su condición era grave, por lo que decidieron trasladarlo al Centro Médico de Río Piedras, donde una batería de médicos lo estaban esperando.
“De camino escuchaba las ambulancias y las sirenas de la Policía y en lo único que pensaba era en los nenes. '¿Los habrán sacado?, ¿se los llevarían?'”, se preguntaba una y otra vez hasta que llegó al hospital, lugar en el que le salvaron sus piernas con varias intervenciones quirúrgicas.
Del coma a la pesadilla
Allí, estuvo en una coma inducida durante varios días, desconociendo el mortal final de Mario Andrés, Miguel Alejandro y Mariano Armando, quienes tenían nueve, 11 y 12 años, respectivamente.
En Hatillo, familiares, amigos y desconocidos lloraban la muerte de los pequeños y les brindaron cristiana sepultura.
Dos semanas después del accidente, irónicamente justo la víspera del Día de Reyes, Miguel abrió los ojos en su cama de hospital para conocer el triste desenlace de sus pequeños.
El golpe de la devastadora noticia fue más doloroso que el que ha sentido su cuerpo por los traumas que recibió tras el choque. Fue una de sus hermanas, Nydia Arocho, quien le informó la desgarradora verdad.
Cuenta que lo llevaron a un cuarto en el que había una vitrina grande y un enorme espejo. Recuerda que ese día, tras un tiempo, volvió a ver la luz del sol. “Yo le preguntaba a los enfermeros qué pasaba, pero no me decían... Entonces, Nydia entró, se acercó y pensé: 'ojalá que no me diga eso'”.
Pero sí, lo dijo. Le anunció la muerte de los tres niños.
“Pero, Nydia ¿son los tres?”, le preguntó a su hermana quien le contestó: “Sí, Mike (como lo llaman cariñosamente), son los tres”.
“Pero, ¿ninguno se salvó?”, volvió a refutar, con total desconsuelo.
“Se me acabó la vida”
En ese momento su vida se apagó como un vela a la que se le extingue la llama.
“Se me acabó la vida... pensaba que era una pesadilla. Sentí que era una injusticia y que cómo la vida me había hecho ésto... tanto que luché en el carro por sobrevivir. Y te lo digo sin que me quede nada por dentro, deseé que me debí haber ido con ellos. Porque, ¿qué soy yo sin mis hijos? Eran una parte tan mía... y ahora soy un alma en pena”, dijo lloroso.
Aunque Miguel es un hombre criado en la religión, a partir de ese día su fe se quebrantó.
“Cuando tú tienes una situación como ésta, la fe es demasiado pequeña, la fe se quiebra, la fe deja de ser... Ahora lo que siento es tristeza, vacío y soledad”, dijo Miguel, que tras ser dado de alta, pasó cinco meses en cama sin poder levantarse.
En cambio, el coraje que sintió por su pérdida y la falta de apoyo de “la única persona que podía entender por lo que yo estaba pasando” se convirtieron en la motivación para demostrar su valentía ante las adversidades que le había deparado el destino.
“Me sentí desnudo, inservible. Me sentí como un barco sin capitán en un océano gigante. Tenía dos opciones: o dejar que el barco siguiera su rumbo o nadar hacia algún lugar incierto donde de alguna manera pudiera pensar. Fue entonces cuando usé la rabia a mi favor y me levanté y caminé”, contó, quien el pasado agosto se reintegró a sus labores como maestro de educación física en la escuela Narciso Rabell Cabrero.
Un poco más animado le dijo a Primera Hora que utilizó las vacaciones de verano para coger terapias, visitar al psiquiatra y enfocar sus energías en la rehabilitación.
Poco a poco comenzó a caminar y sorpresivamente se atrevió a tomar de nuevo las riendas de un auto. De hecho, el segundo guía que tuvo un vehículo en sus manos llegó a la escena del accidente. “Me llené de valor y me paré en el mismo lugar donde yo perdí a mis hijos, todavía está la mancha de aceite allí. Me sentí raro, pero no sentí cólera”, expresó.
Comentó que aunque no ha conocido a José Soto, el papá de Yesenia, la mujer que provocó el accidente, le consta lo sentido que está por la situación y el interés que tiene de darle el pésame personalmente. “Pero, a mí se me ha hecho un poco incómodo porque no sé cómo voy a sentirme. Lamentablemente, ni yo tengo la culpa de lo que pasó, ni él tampoco”, dijo con honestidad.
Vivos en su corazón
Para finalizar quiso contarnos cómo eran sus hijos, los amores de sus vidas, los niños que “ahora viven sólo en mi corazón y en el amor que les tengo”.
A Mario Andrés, el mayor de sus hijos lo llamaba “Andy” y lo recuerda como “un niño aplicado, juicioso y honesto” que soñaba con estudiar en la Escuela Libre de Música.
A “Titi” o Miguel Alejandro lo tiene en mente como un chico compasivo que “tenía una humildad que rayaba en la tristeza”. “Era sentimental, como yo”, cuenta sobre el niño que quería ser maestro de arte.
El más pequeño, Mariano Armando, era el más alegre y “charlatán” del trío y se pasaba diciéndole: 'papi, cuando sea grande quiero ser maestro de educación física como tú”.
Estos recuerdos son los que mantienen palpitando el corazón de Miguel, quien todas las noches los recuerda sonreídos y les pide que, “según los cuidé, ellos me cuiden a mí para que me den fuerza para cuando llegue el día de reunirme con ellos. Un momento que deseo con intensidad todos los días”, anheló.

