Viernes Santo: la misa de celebración de la Pasión de Cristo, su significado y oraciones
Es un día solemne y de mucha reflexión.

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El Viernes Santo no es un día de luto ordinario, es el momento en que la Iglesia Católica se detiene ante el misterio de la entrega absoluta.
En este 3 de abril de 2026, los templos del mundo transforman su atmósfera habitual: no suenan las campanas, los altares lucen despojados y el color rojo de las vestiduras litúrgicas evoca la sangre del sacrificio.
Es la conmemoración de la Pasión del Señor, una jornada donde la fe se vive desde la austeridad y la contemplación profunda.
Siguiendo una tradición que se remonta a los primeros siglos del cristianismo, este es el único día del año en el que no se celebra la Eucaristía.
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El centro de toda la atención es Cristo crucificado. La liturgia, cargada de simbolismo, se divide en tres momentos fundamentales: la liturgia de la Palabra, la adoración de la Cruz y la sagrada Comunión con las hostias consagradas la tarde anterior, durante el Jueves Santo.
El ritual de la postración y la palabra La celebración suele comenzar hacia las tres de la tarde, hora en la que, según el relato bíblico, ocurrió la muerte de Jesús.
El rito de entrada es impactante por su sencillez: el sacerdote y los ministros avanzan en un silencio absoluto. Al llegar al altar, realizan la postración, acostándose rostro en tierra.
Este gesto, propio exclusivamente de este día, “significa tanto la humillación ‘del hombre terreno’, cuanto la tristeza y el dolor de la Iglesia”, según explican las orientaciones del Calendario Litúrgico. Posteriormente, la liturgia de la Palabra cobra una intensidad especial.
Se proclaman las profecías de Isaías sobre el “Siervo sufriente” y se llega al punto culminante con la lectura de la Pasión según san Juan.
En este relato, Jesús no es visto solo como una víctima, sino como el rey que domina los acontecimientos desde la Cruz. Tras la homilía, se realiza la Gran Oración Universal, donde la Iglesia intercede por la salvación de todo el mundo, desde los gobernantes hasta quienes no conocen a Dios, subrayando el valor universal del sacrificio de Cristo.
La Cruz como signo de victoria El segundo momento clave es la adoración de la Cruz. Lejos de ser un signo de derrota, para los creyentes es el “triunfo de la donación y del amor supremo”.
La Iglesia prescribe que se utilice una cruz “suficientemente grande y bella” para este rito. El celebrante la muestra a la asamblea mientras canta la invitación a la adoración, y los fieles responden con cantos que evocan la historia de la salvación, como los tradicionales “improperios”.
En esta ocasión, la normativa litúrgica sugiere que la adoración por parte de la asamblea se realice mediante una genuflexión o inclinación profunda desde sus lugares, evitando las procesiones masivas para mantener el clima de recogimiento.
Una vez terminada la acción litúrgica, el altar se despoja nuevamente, dejando solo la cruz acompañada de cuatro candelabros en un lugar adecuado para que los fieles permanezcan en oración y meditación. Ayuno, abstinencia y restricción de sacramentos.
Para los católicos, el Viernes Santo es un día de penitencia obligatorio. El ayuno y la abstinencia de carne son las prácticas que marcan la disciplina de esta jornada. Además, la Iglesia limita la celebración de los sacramentos a lo estrictamente necesario:
• Únicamente se permiten los sacramentos de la confesión (penitencia) y la unción de los enfermos.
• Las exequias o entierros deben realizarse sin cantos, sin el uso del órgano y sin el toque de campanas.
• No se celebra el matrimonio ni ningún otro rito sacramental fuera de los mencionados.
• El bautismo solo se administra en caso de peligro inminente de muerte.
Las lecturas de este año incluyen el Cuarto cántico del Siervo del Señor (Is 52, 13 — 53, 12), el Salmo 30 con la respuesta “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”, y el pasaje de la carta a los Hebreos que recuerda que Jesús “aprendió a obedecer; y se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación”.
La jornada cierra con la invitación a los fieles a contemplar el costado abierto de Cristo, de donde la tradición teológica afirma que brota la Iglesia.
Es un día para recordar que la Pasión es el paso necesario hacia la luz de la Pascua que se vislumbra en el horizonte del próximo domingo.

