Uno escucha y lee en las redes sobre dramáticos y tristes momentos que se viven a diario en nuestro aeropuerto, donde familias enteras se separan al verse obligados algunos de sus miembros a abandonar el País. Una cosa es escucharlo, pero otra es presenciarlo y ver el dolor de frente.

Eran las 2:00 de la mañana del pasado domingo. Me encontraba en el aeropuerto Luis Muñoz Marín en Isla Verde, Carolina, junto a mi esposo y mis hijos. Realizábamos los trámites finales para abordar el avión rumbo a Florida, para visitar unos amigos y de una vez tomar unas cortas vacaciones.

En nuestra ruta de camino al gate de salida, saludamos a distintas personas entre ellas, a los miembros de una familia con quienes coincidimos de camino al área de revisión de pasaportes. En ese punto, la alegría se convirtió en tristeza.

El padre que minutos antes había saludado con tanto cariño a mi esposo, se vio obligado a detener el paso. Se sentó en cuclillas frente a su pequeña hija de 4 a 5 años de edad y comenzó a hablarle con la voz entrecortada sobre lo mucho que la amaba y el porqué de aquella decisión que los separaría.

Una estampa desgarradora que me rompió el corazón. No conocía a aquel padre, pero podía sentir su dolor. Salía del País a buscar oportunidades de trabajo para echar a su familia adelante. Era lo que estoy segura trataba de explicarle a su pequeña. Que comprendiera que su partida, lejos de ser abandono, era una profunda muestra de amor.

Mientras aquel abnegado padre permanecía en cuclillas frente a su hija, miraba yo a los míos y le agradecía a Dios por la bendición de tener trabajo en mi tierra. Le pedía también por aquel padre y los miles que han tenido que salir del País a buscar cómo ganarse la vida. Están luchando por sus familias de la manera más digna, estando dispuestos al sacrifico y al dolor profundo que produce la separación.

Hasta en la Luna estaría dispuesta a trabajar si fuera la única forma de sostener a mi familia, por ellos hay que estar dispuesto a todo.

Es lo que hacen estos padres y madres para quienes envío el más profundo respeto y buenos deseos. Ojalá y la separación sea breve y que superen este momento difícil para luego continuar creciendo como familia.

A la niña que el domingo le tocó despedir a su padre, como a las muchas y muchos a quienes les ha tocado una situación similar, sepan que tienen unos súper papás, dispuestos a pelear y luchar por ustedes contra toda adversidad. Deben sentirse muy orgullosos.

Apostemos a mejores tiempos, pero mientras tanto debemos estar dispuestos a dar la lucha que sea necesaria, como bien nos enseña esta familia.