¿Cuántos recuerdan The Jetsons? Aquella serie animada, estrenada en 1962, nos presentaba una familia que vivía en un futuro lleno de adelantos tecnológicos.

Entre sus personajes estaba Rosie, o Robotina, como la conocimos en las versiones traducidas al español. La robot ayudaba en las tareas del hogar, conversaba con la familia y hasta parecía tener personalidad. En aquel momento era ciencia ficción e imposible. Más de seis décadas después, Rosie ya no parece tan futurista.

Dra. Mariam Ludim Rosa Vélez.
Dra. Mariam Ludim Rosa Vélez. (Suministrada / Fernando Blanco-López)

La empresa china UBTECH presentó recientemente la serie UWORLD U1, unos robots humanoides que no solamente buscan parecerse físicamente a las personas. También pueden conversar, mantener contacto visual, hacer expresiones y reconocer estados emocionales. Según la empresa, su tecnología puede identificar más de 20 estados emocionales.

Los precios también me llamaron la atención. La versión más económica comienza en unos $17 mil, mientras que las más sofisticadas pueden superar los $100 mil. Hay modelos femeninos y masculinos.

Estoy apasionada por el tema de la inteligencia emocional. Llevo años hablando, enseñando, investigando y escribiendo sobre la importancia de reconocer nuestras emociones, aprender a manejarlas, desarrollar empatía y relacionarnos mejor con los demás. Por eso, me llamó mucho la atención cómo los robots humanoides se promociones por su capacidad de “reconocer” emociones.

La inteligencia emocional artificial no es un concepto nuevo. También se conoce como Emotion AI o affective computing, en español, computación afectiva. Es un campo que lleva décadas de investigación y que busca desarrollar tecnologías capaces de reconocer señales emocionales e intentar responder de manera apropiada. Lo novedoso es ver cómo estas capacidades comienzan a incorporarse a robots que pueden interactuar directamente con nosotros.

Existe, sin embargo, una diferencia importante entre lo que hace una máquina y lo que experimentamos los seres humanos. Un robot puede “identificar” señales en mi rostro, “interpretar” que estoy triste y “responder” de una manera que parezca empática. Puede mirarme, cambiar su expresión y decir algo apropiado para el momento. Eso no significa que el robot esté triste conmigo.

¡Qué contraste! Mientras nosotros seguimos tratando de aprender a manejar mejor nuestras propias emociones, estamos enseñando a las máquinas a reconocerlas e imitarlas.

UBTECH también anunció que algunas unidades personalizadas podrán recrear el rostro y la voz de personas específicas mediante tecnologías de reconstrucción facial y reproducción de voz. La empresa contempla incluso que estos robots tengan memoria a largo plazo y puedan ofrecer compañía emocional. Imaginen las posibilidades, pero también las preguntas que esto plantea.

La ciencia ficción lleva décadas presentándonos escenarios que parecían imposibles. Back to the Future Part II nos mostró videollamadas cuando todavía eran cosa del futuro. The Truman Show presentó una vida expuesta permanentemente ante las cámaras. Black Mirror ha explorado cómo la tecnología puede intervenir en nuestras relaciones, nuestra privacidad y nuestras emociones. Algunas de aquellas historias comienzan a parecernos demasiado familiares.

En 1970, Alvin Toffler publicó Future Shock, un libro en el que planteaba cómo demasiados cambios en muy poco tiempo podían abrumar a las personas por la dificultad de adaptarse a ellos. Más de medio siglo después, vivimos rodeados de tecnologías que cambian a una velocidad que a veces cuesta seguir. Apenas comenzamos a familiarizarnos con una cuando ya aparece otra. El shock del futuro ya no parece estar en el futuro. Lo estamos viviendo en el presente.

En la década del sesenta, Rosie pertenecía al futuro imaginado de The Jetsons. Hoy tenemos robots humanoides capaces de simular respuestas emocionales e inteligencia artificial con la que conversamos todos los días.

¿A dónde llegará todo esto?

En los últimos meses, varios ejecutivos, investigadores y exempleados de empresas dedicadas al desarrollo de inteligencia artificial han expresado públicamente sus preocupaciones sobre la velocidad con la que avanza esta tecnología, sus posibles riesgos y la necesidad de una mayor regulación. A este panorama se añade ahora otra dimensión: la posibilidad de que la inteligencia artificial también se convierta en nuestra compañía emocional.

Lo cierto es que, por más que las tecnologías avancen y sean capaces de simular o detectar estados emocionales, reconocer nuestras propias emociones, aprender a manejarlas, comprender a los demás y cultivar nuestras relaciones continúa siendo una tarea humana. De poco serviría que las máquinas aprendieran a interpretar nuestras emociones si nosotros descuidamos esa capacidad en nuestras relaciones cotidianas.

Después de todo, el gran reto no será que las máquinas aprendan a parecer más humanas. Será que nosotros no olvidemos cómo serlo.

La autora posee la certificación EQ Practitioner de Six Seconds.