Durante las pasadas dos décadas, de alguna forma u otra, he estado expuesto al máximo ejemplo del subgénero fílmico conocido como “Chick Flicks”, la película “Dirty Dancing”. De hecho, tanto en la casa donde vivía con mi familia como en la que resido ahora con mi esposa, siempre ha existido una copia.

Sin embargo, nunca me había sentado a verla de principio a fin, algo que cambio la noche del 29 de mayo de 2007.

Mi primer recuerdo de esa “clásica” cinta se remonta a 1988 cuando en mi casa se llevó a cabo una fiesta para celebrar lo que me imagino fue una victoria de mi equipo de béisbol. Mientras los varones nos divertíamos jugando Nintendo, nuestras hermanas estaban encerradas en un cuarto viendo cómo el rebelde “Johnny” enamoraba con sus movimientos pélvicos a la ingenua –pero valiente- “Baby”.

Los muchachos decidimos dar un golpe de estado a esa reunión secreta para adueñarnos del televisor y perpetramos nuestro escandaloso ataque justo cuando se empezaban a escuchar las primeras estrofas de “The Time of My Life”. Las nenas -muchas de ellas mayores que nosotros- nos mandaron a callar inmediatamente, así que no tuvimos más remedio que ver cuando Jennifer Grey hace su salto triunfal y es elevada sobre los brazos de Patrick Swayze, provocando gritos y aplausos en las féminas y –por supuesto- burlas y abucheos de parte de nosotros.

El videocasete se sumó a la pequeña filmoteca de mi hogar y mi hermana la vio tantas veces que por más vueltas que se le diera al botón de “tracking” del VHS, no se lograba mejorar la imagen. Durante los años siguientes, en ocasiones capté una que otra escena en la televisión pero ninguna fue capaz de hipnotizarme.

Con la llegada del DVD, mi novia compró la primera edición en aparecer en ese formato. Como todas las películas se guardaban en mi cuarto, mi colección se vio forzada aceptar a esa cinta cargada de estrógeno dentro de los mismos estantes donde se encontraban “Die Hard”, “Terminator”, “The Godfather” y “Star Wars”. A pesar de que la coloqué en la tablilla más baja –donde el polvo ayudaba a ocultarla- siempre había quien se percatase de su presencia, convirtiéndome en un blanco perfecto para las mofas de mis amigos en más de una ocasión.

En el 2005 me casé y los DVD ocuparon su propio cuarto en nuestro apartamento. La sección de “Chick Flicks” aumentó considerablemente durante los casi diez años de noviazgo y -aunque ya había disfrutado muchísimo de otros exponentes de ese subgénero como “Sleepless in Seattle” y “Breakfast at Tiffany’s”- aún me resistía a ver “Dirty Dancing”. No existía una razón específica para mi negación. Simplemente no me interesaba o quizás en alguna parte de mi subconsciente sentía que de hacerlo traicionaría a mis compañeros de béisbol de la infancia.

Recientemente salió a la venta una edición para conmemorar el vigésimo aniversario del filme y –para mi desgracia- mi esposa ha aprendido de mí el hábito de reemplazar los DVD con las versiones más nuevas. Durante tres días se mantuvo la copia envuelta en plástico sobre la mesa y, cuando finalmente me llegan por correo las películas “Letters from Iwo Jima”, “Apocalypto” y “Sansho the Bailiff”, mi esposa se antoja de ver “Dirty Dancing”.

Mi primera reacción fue de huir a la computadora para jugar algún videojuego mientras ella la veía por enésima vez, pero entonces me atrapo con una sola frase: “Siéntate a verla conmigo”. Como ella se encuentra en su séptimo mes de embarazo -y con tal de evitarme un posible orzuelo- no me quedó otra opción que sucumbir a su pedido y exponerme a la película que por veinte años no había sido vista por mis ojos.

Fue así que conocí a los empleados del Hotel Mountain Lake quienes noche tras noche bailaban los ritmos prohibidos de la década del 60. Me enteré que “Johnny” no era novio de “Penny” y que el hijo que ésta abortó era en realidad de “Robbie”. Observé cómo “Baby” aprende a bailar gracias a “Johnny” quien con ojos hambrientos la enamoró. También fui testigo de cuando el diestro bailarín fue despedido de su empleo y optó por romper la relación debido a que ella era como el viento y estaba fuera de su liga.

Finalmente regresé a aquella escena que recordaba de mi niñez y aprendí que nadie pone a “Baby” en una esquina y observé a la pareja de enamorados realizando el paso de baile que tanto trabajo les dio practicar mientras el resto de los presentes pasaban el mejor rato de sus vidas y movían sus cuerpos al ritmo de la melodía del dúo compuesto por Bill Medley y Jennifer Warnes.

¿Y saben qué? Debo admitir que no estuvo mal. Pude armar el rompecabezas de escenas que por años rondó en mi memoria y reconocí la efectividad de la cinta para capturar la atención del público. Claro, esto no quiere decir que ahora me voy a inscribir en el “I Love Dirty Dancing Club”, pero por lo menos puedo tachar un título más de la lista de películas que debo ver antes de morir.