A los 17 años me fui por primera vez de mi hogar. Salí con un taco en la garganta, un gran temblequeo en las piernas y los ojos enjuagados en lágrimas. Dejaba atrás mi casa, mi familia y a mi madre. El reto universitario se mostraba ante mí, en una senda poco recorrida. Separarme de mi madre me estrujaba el alma.

Como toda mamá, velaba mis sueños en noche de pesadilla. Calmaba mis penas ante cualquier evento inadvertido. Apaciguaba mi dolor tras los regaños y castigos de mi padre. Se quedaba a mi lado en los momentos de enfermedad. Mirarla, daba paz.

Nunca me desalentó y apostó a mí. Así estuvo ese día de mi primera partida. Advertía el temblequeo, pero al igual que otras veces, estaba ahí para empujarme a volar.

Mi generación familiar era la primera que acudía a la aventura universitaria. Venimos de una familia agrícola de monte adentro. La prioridad para abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y el resto de los “abuelos”, consistía en acariciar la tierra y ponerla a producir.

Con sus pocos recursos educativos, mi madre siempre estuvo presente para darnos lo mejor de ella. Se esmeraba en tratar de ayudarnos en las tareas. Casi sin poder, se endeudó para adquirir la enciclopedia Cumbre. Era el “Google” de nuestra época. Aprendía con nosotros y era divertido verle la cara cuando no entendía ni papa lo que estábamos estudiando. No era para menos.

Mi madre era de una madera fina, de esas que se encuentran en lo profundo del bosque. Era todo lo que yo no soy. Era seria, reservada, poco expresiva, casera y de poco hablar. Sin embargo, era desprendida, solidaria y no prestaba el oído al bochinche de pueblo pequeño. Tampoco hablaba de nadie. Por su boca no salía nada malo. Me miraba con unos ojos de trueno cuando por la mía salía de todo.

Era mujer de fe. De las que promulgaba con ejemplo las enseñanzas del gran libro. Doblaba rodilla por todos. Se entregó a mi padre. A través de ella descubrí, sin que ella lo cacareara, lo que es el amor incondicional. Por 11 años dio entrega, alma y corazón a ese compañero de vida que el Alzheimer le arrebató poco a poco. Ser cuidador consume, pero ella nunca renegó del proceso. Lo aceptó, dando calidad de vida y combatiendo ese mal que reduce al ser humano a meros escombros.

Doña Fermi no era de lujos. En mi casa había lo necesario. ¡Tenía una mano que sería la envidia del mejor chef! Preparaba de todo y variado. Visitarla era una aventura culinaria. Te servía un plato del tamaño que cualquiera pensaría, pasas hambre. No escatimaba en la comida. Era la alcahueta de los nietos. La que hacía la sopa mejor del mundo. La que preparaba los límbers de coco “para cuando los nenes vinieran”. La que preparaba los postres caseros al gusto de cada cual.

Era diminuta en tamaño, pero grande en corazón. Tenía unos ojazos azules que eclipsaba al que la veía. No se parecía a mí, aunque yo era para ella su mejor versión. Mi fanática número uno. La que prendía el televisor solo para esperar que yo saliera. Era su forma de verme y que entrara en casa todos los días. La que buscaba todos los miércoles Primera Hora para ver de qué tema había escrito. La que prendía el radio y me decía que tenía una lengua muy larga. No saben todas las veces que me regañó.

Con 84 años de vida, la gasolina que la impulsaba se acabó. Se fue deteriorando rápidamente. En año y medio su vida dio un giro de 180 grados. Vivió en casa y por ese breve tiempo traté de darle un poco de lo mucho que me dio. Su luz de vida se apagó para siempre el 11 de marzo. Mi corazón se rompió. Un manto de soledad momentáneo me arropó. Me sentí como un barco a la deriva, sin un faro que seguir.

Sentí coraje, dolor y miedo por saber que nunca volvería a escuchar su suave voz. Es ley de vida. ¡Cierto! Pero uno no se prepara para ese momento, aunque sepa que está próximo. El ser humano es caprichoso por querer que ciertas cosas duren para siempre. Eso no es posible. Hoy mi sentimiento es similar al que sentí aquel día que partí de mi casa por vez primera.

Se fue en paz. A Dios le agradezco. Pero por lo que siempre tendré una deuda impagable es por darme ese ser tan especial como mamá.