Año nuevo, palabras nuevas
Tal vez el verdadero propósito del año nuevo no sea reinventarnos, sino hablarnos mejor. Con menos dureza y más verdad e intención.

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El calendario cambia de número y, casi sin darnos cuenta, empezamos a hablar distinto. “Este año sí”, “ahora voy en serio”, “se acabó lo mismo de siempre”. El año nuevo entra por la boca antes que por la agenda. No llega solo con fuegos artificiales, sino con palabras que prometen, que ordenan, que intentan domesticar el tiempo.
Hace unos años, un primero de enero por la mañana, me encontré releyendo una libreta vieja. No era un diario ni un cuaderno elegante: era una de esas libretas que uno empieza con entusiasmo y abandona a mitad de camino. En la primera página, en letra grande, decía: “Propósitos para este año”. Más abajo, una lista que me hizo sonreír: “leer más”, “hacer ejercicio”, “escribir con calma”. Lo curioso no fue comprobar que muchos de esos propósitos no se habían cumplido, sino notar que, palabra por palabra, los había escrito igual que en otros años. Las mismas frases, los mismos verbos.
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Ahí entendí algo: cada año nuevo no solo repetimos rutinas, sino que también repetimos el lenguaje.
No es casual. El lenguaje es nuestra primera forma de comenzar de nuevo. Cada enero se nos llena la boca de verbos en futuro: haré, cambiaré, empezaré, dejaré. El futuro se convierte en protagonista de nuestras conversaciones. Es el tiempo de las resoluciones, de las listas mentales, de los discursos íntimos frente al espejo. Y aunque muchas de esas promesas no sobrevivan a febrero, algo importante ya ocurrió: las dijimos, las nombramos, les dimos existencia.
Nombrar es un acto poderoso. Lo ha sido siempre. Lo que no se dice no se piensa con claridad; lo que no se piensa no se transforma. Por eso, el idioma no es solo un medio para comunicar lo que somos, sino también una herramienta para ensayar lo que queremos ser. Cada palabra nueva que incorporamos —paciencia, límite, constancia, pausa— es también una posibilidad nueva.
Pero hay algo más sutil que ocurre al comenzar el año: ajustamos el tono. Cambia la manera en que hablamos de nosotros mismos. Dejamos atrás expresiones que nos encasillan (“yo soy así”, “siempre me pasa lo mismo”) y, al menos por un momento, las sustituimos por otras más abiertas (“estoy aprendiendo”, “estoy en proceso”). El idioma, cuando se usa con conciencia, puede ser menos condena y más camino.
Quizá por eso enero invita tanto a revisar palabras. No solo las que decimos, sino también las que repetimos sin pensar. Hay vocablos que arrastramos como muebles viejos: queja, prisa, excusa. Están ahí porque siempre han estado, no porque aún nos sirvan. El año nuevo es una buena excusa para hacer limpieza lingüística: quedarnos con lo esencial y soltar lo que estorba.
También es tiempo de precisión. Decir mejor es vivir mejor. No es lo mismo “quiero cambiar” que “quiero cambiar esto”. El idioma afina la emoción. Nos permite entendernos sin exagerarnos ni minimizarnos. En un mundo que grita, la precisión es una forma de calma.
Tal vez el verdadero propósito del año nuevo no sea reinventarnos, sino hablarnos mejor. Con menos dureza y más verdad e intención. Al fin y al cabo, vivimos dentro de las palabras que usamos. Ellas nos piensan tanto como nosotros las pensamos y nos acompañan, fieles, durante todo el año.
Que este año empiece, entonces, con un verbo bien elegido. Y que no sea necesariamente ‘lograr’, sino ‘cuidar’, ‘escuchar’ o ‘entender’. A veces, cambiar lo que decimos, una palabra a la vez, es el primer paso para cambiar la vida.
Para que el año nuevo venga con vida nueva… comencemos por revisar nuestro lenguaje.
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Exdecano y profesor de la Escuela de Comunicación Ferré Rangel de la Universidad del Sagrado Corazón y fundador del movimiento En Buen Español. Experto en comunicación y amante del lenguaje. Conferenciante internacional sobre temas relacionados con el poder de la palabra. Autor del libro 'Habla y redacta en buen español' (2011) y 'En buen español: El libro de las curiosidades de nuestro idioma" (2020). Apasionado de la historia, la educación, la fotografía y el mar. Esposo de Mirté y padre de Sebastián, Alejandro, Mauricio y Mariana (y del perrito Muni Cipio).
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