La Academia Puertorriqueña de la Lengua Española reconoció recientemente a Bad Bunny por su aportación a la difusión global del español. No es un gesto menor. Es una afirmación poderosa: nuestra lengua, nuestro acento, también merecen escenario, respeto y visibilidad internacional. En tiempos de tanta superficialidad, una Academia decide mirar un fenómeno cultural con seriedad, sin prejuicios, y eso merece aplauso.

El reconocimiento llega tras una etapa en la que Benito Martínez ha llevado el español a espacios históricamente dominados por el inglés, sin traducciones ni concesiones. Canta en español. Habla en español. Piensa en español. Y lo hace frente a millones. Eso, en sí mismo, ya es un acto cultural, sobre todo cuando tantos artistas latinos sienten presión por “suavizar” la lengua, neutralizar el acento o cambiar de idioma para encajar en el mercado.

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Como era de esperar, no faltaron las críticas. Algunos cuestionan que una entidad “tan seria” celebre el lenguaje urbano de Bad Bunny. Dicen que ensalza la mediocridad, que vulgariza el idioma, que atenta contra el “español puro”. Pero ese argumento parte de una confusión fundamental: creer que el idioma solo existe en los libros y no en la boca de la gente. Y peor aún: creer que el “buen español” es sinónimo de “lenguaje erudito”.

El español no es una pieza de museo. Es un organismo vivo. Cambia, se adapta, se mezcla, se reinventa. Y lo hace precisamente a través de sus hablantes. Negar legitimidad a las variantes populares es desconocer cómo funcionan las lenguas. Lo que Bad Bunny proyecta no es un español incorrecto; es un español situado: con barrio, con historia, con identidad, con códigos generacionales y con creatividad verbal.

Cuando canta con nuestro acento, cuando usa expresiones locales, cuando no neutraliza su voz para agradar al mercado global, está diciendo algo importante: así hablamos, así somos. Eso no empobrece el idioma; lo amplía. Le añade capas culturales. Le da carne y contexto. Y, de paso, obliga al mundo a mirar a Puerto Rico no como “un acento raro”, sino como una comunidad lingüística con personalidad y peso cultural.

Además, hay un dato innegable: Bad Bunny ha llevado el español a lugares donde nunca había llegado con tanta fuerza. Su música se escucha en Asia, Europa y África. Jóvenes que jamás habían considerado aprender español ahora tararean letras en nuestra lengua. Incluso quienes no entienden todo, sienten la musicalidad del idioma y se acercan a él con curiosidad. ¿De verdad eso es mediocridad?

La Academia no está premiando groserías ni descuidos gramaticales. Está reconociendo un fenómeno sociolingüístico real: un artista que, desde la cultura popular, fortalece la presencia del español en el mundo. Y eso también es defensa del idioma. La defensa del español no ocurre solo en congresos y diccionarios; ocurre cuando un idioma se vuelve deseado, usado, cantado y compartido.

Quienes exigen un español inmaculado, sin calle ni emoción, olvidan que todas las grandes lenguas han crecido gracias a sus registros populares. El castellano mismo se forjó entre plazas, mercados y cantos. Pretender que solo vale el español académico es construir una torre de marfil lingüística que excluye a millones de hablantes.

Bad Bunny no es un lingüista. No tiene que serlo. Su contribución es otra: hacer del español una lengua presente en la conversación global sin pedir permiso. Convertirlo en bandera cultural. Recordarnos que podemos ocupar espacios grandes sin renunciar a lo que somos. Por eso el reconocimiento es apropiado: celebra una lengua viva, una identidad viva y un país que, a su manera, también escribe historia cuando habla.

Eso merece reconocimiento.