No se trata de si te gusta o no su música. Tampoco de si conectas con su estética o compartes su ideología política. Por una vez, dejemos todo eso a un lado, por favor. Entrar en esos dimes y diretes sobre estos asuntos es quedarse en la superficie, no adentrarse en lo que realmente importa.

Lo que realmente importa es lo que nuestro Benito Antonio Martínez Ocasio, alias Bad Bunny, natural de una cuna humilde de Vega Baja, Puerto Rico, representa hoy para nuestra cultura latina, justo en uno de los momentos más hostiles que hemos vivido como comunidad hispana en los Estados Unidos.

Vivimos tiempos duros. Redadas. Miedo. Familias separadas. Un discurso político que vuelve a señalar al inmigrante como una amenaza. Un país donde hablar en público en español puede suscitar miradas incómodas o sospechas. Donde agencias federales se convierten en símbolo de abuso y persecución, mientras desde el poder se normaliza una narrativa que deshumaniza a nuestra gente.

Ese es el contexto. Esa es la realidad. No me la invento.

Y en medio de ese ruido, ocurre algo profundamente simbólico: Bad Bunny gana el Grammy a Mejor Álbum con un disco completamente en español, cargado de ritmos caribeños, de memoria colectiva y de orgullo boricua e hispana.

Sube al escenario. Agradece en español. No traduce. No aclara. No pide permiso.

Habla como habla en su casa.

Sus primeras palabras: “Puerto Rico”.

Eso, aunque parezca sencillo, es enorme.

Porque ese momento no fue solo artístico. Fue cultural. Fue identitario.

En una industria que históricamente ha exigido “neutralizar” el acento, suavizar la identidad y adaptar el idioma, Bad Bunny hizo lo contrario. Se presentó entero. Con su lengua. Con su música. Con su historia. Con su cultura.

Y ahora, este domingo, cantará ante cientos de millones de personas durante el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl. En español. Con Puerto Rico en el corazón, para el mundo entero.

Eso, mis amigos, no es poca cosa.

No estamos hablando solo de entretenimiento. Estamos hablando de representación. De visibilidad. De dignidad cultural. Mientras nuestra gente es señalada, vigilada y marginada, un artista nuestro ocupa el escenario más visto del planeta sin esconder quién es. Ese contraste es brutal.

Por un lado, tenemos políticas que criminalizan a los nuestros. Por otro lado, una voz que celebra nuestra identidad.

Por un lado, muros reales y simbólicos. Por otro lado, música que atraviesa fronteras.

Bad Bunny no necesita convertirse en portavoz político para transmitir un mensaje poderoso. Su sola presencia basta. Su español basta. Su orgullo basta. Es la prueba viva de que nuestra cultura no es un apéndice del sistema: es parte central de él, aunque algunos se resistan a aceptarlo.

Que nadie se equivoque: esto no va de gustos musicales ni de ideologías políticas. Va de historia. Va de lengua. Va de sangre. Va de generaciones que han tenido que aprender a navegar entre dos mundos sin perderse en el intento.

Cuando Bad Bunny canta en español ante el planeta entero, le habla al joven que tiene vergüenza de su acento. A la madre inmigrante que baja la voz en el supermercado por miedo. Al abuelo que nunca aprendió inglés, pero enseñó dignidad. Les dice a todos: “Tu idioma y tu cultura también merecen aplausos”.

En tiempos en que nuestra comunidad es pisoteada desde múltiples frentes, este triunfo importa. Importa porque nos recuerda que no estamos de paso. Que no somos invisibles. Que nuestra cultura no se borra.

Yo no era fanático de Bad Bunny, pero ahora lo soy… y mucho.