No siempre somos conscientes de que hablamos historia. Cada vez que abrimos la boca, no solo pronunciamos palabras: activamos siglos de encuentros, choques, viajes forzados, conquistas, resistencias y mezclas. Nuestro español no nació limpio ni puro; nació mestizo. Y esa es, precisamente, su mayor riqueza. Hablar español en el Caribe es hablar desde la memoria colectiva, desde una herencia compartida que se cuela en cada sílaba.

Desde niños escuchamos que nuestra sangre es taína, africana y española. La frase se repite con orgullo y razón, pero se queda corta. Porque el idioma que hablamos —ese que usamos para amar, discutir, crear y pensar— es una memoria viva mucho más compleja. El español del Caribe, y el de Puerto Rico en particular, es un mapa de huellas invisibles donde cada palabra cuenta una historia que no siempre conocemos, pero que sentimos como propia.

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Empecemos por lo nuestro. El taíno no fue una lengua menor ni pasajera. Aunque desapareció como sistema vivo, dejó una marca profunda. Más de 300 palabras sobrevivieron e integraron el español, muchas de ellas ligadas a la naturaleza, al clima y a la vida cotidiana. No es casualidad: los conquistadores tuvieron que nombrar un mundo nuevo con palabras prestadas. Así entraron términos como canoa, hamaca, huracán o barbacoa, hoy universales.

Luego está África, que no llegó en barcos de ideas, sino de cadenas. Su influencia lingüística es más difícil de rastrear, pero no por eso menos real. Muchas palabras vinculadas a la música, al ritmo y al cuerpo tienen raíces africanas. Bongó, bomba, conga, mambo o bachata no solo nombran sonidos: narran resistencia cultural, memoria y supervivencia. La escasa preservación de lenguas africanas se explica por una violencia concreta: la prohibición sistemática de hablarlas.

La base estructural de nuestro idioma, claro está, es el español peninsular. Pero no cualquier español. El que llegó al Caribe fue, sobre todo, el del sur de España, en particular el andaluz. De ahí provienen rasgos que compartimos: la aspiración de la “s”, la musicalidad del habla, cierta rapidez al pronunciar. Nuestro acento no es un descuido; es una herencia histórica transmitida de generación en generación.

Pero la historia no termina ahí. Durante casi ocho siglos, la península ibérica estuvo bajo dominio musulmán. Esa convivencia dejó cerca de cuatro mil palabras árabes en el español. Decimos almohada, alfombra, alcohol, alcalde u ojalá, y no siempre recordamos que ojalá significa “quiera Alá”. El árabe no pasó por nuestro idioma: se quedó a vivir en él, silenciosamente.

También el francés dejó su rastro, especialmente a partir del siglo XVIII, con la llegada de los Borbones al trono español. De Francia heredamos palabras asociadas a la mesa, la moda y la vida urbana: menú, bufé, bulevar, servilleta, boutique. No son adornos lingüísticos; son marcas de época, de prestigio y de poder cultural que aún nos acompañan.

Y todavía podríamos sumar italianismos del arte, anglicismos de la modernidad y neologismos tecnológicos que seguimos incorporando sin darnos cuenta. Cada capa suma, no resta. Miguel de Unamuno decía que el lenguaje es la sangre del espíritu. Tal vez por eso hablar bien no es un capricho, sino un acto de respeto consciente. Nuestro idioma no es rígido: es un cuerpo vivo que llevamos puesto todos los días.

Hablar bien no significa hablar igual. Significa saber de dónde vienen nuestras palabras, usarlas con intención y entender que cada expresión es un legado compartido. Cuando cuidamos el idioma, también cuidamos nuestra historia, nuestra identidad y nuestra manera de mirar el mundo, con dignidad y responsabilidad colectiva, frente al presente y al futuro comunes.

Amemos nuestro idioma.