El revolú que armó una palabra
El término latinoamericano no invalida a hispanoamericano; lo complementa cuando el enfoque es más amplio, regional, histórico o cultural.

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Hace unos días publiqué en mis redes sociales (@gpaizy, en Instagram) un video explicando algo que muchos usamos a diario sin detenernos a pensar demasiado: la diferencia entre hispanoamericano, latinoamericano, iberoamericano y panamericano. El video se viralizó y ya ronda los cinco millones de visualizaciones. Más allá del número, lo interesante fue la discusión que se generó, especialmente alrededor de una palabra: latinoamericano.
Para algunas personas, ese término resulta problemático. Se argumenta que Latinoamérica no existe como realidad histórica natural, sino que es un invento francés del siglo XIX, cuyo propósito fue minimizar la herencia española en América. Otros dicen que llamarnos latinos es un error, porque nuestra lengua no es el latín, sino el español. También se señala que no todos los pueblos se identifican con esa palabra y que, por ejemplo, un francófono de Quebec no se llama a sí mismo latinoamericano.
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Esos argumentos existen y no salen de la nada. En efecto, el término Latinoamérica surge en un contexto histórico concreto y con una carga política específica. También es cierto que latino no es sinónimo de hispano y que no todos los países o comunidades se reconocen bajo la misma etiqueta. Hasta ahí, no hay controversia.
La pregunta real es otra: ¿eso basta para declarar el término incorrecto o inválido?
En el idioma, las palabras no se sostienen solo por su origen, sino también por su uso. Muchas nacen en momentos históricos muy específicos y, con el tiempo, amplían o transforman su significado. Hoy, Latinoamérica se usa de forma extendida para referirse a una región de América con una historia compartida, atravesada por lenguas romances —español, francés y portugués— y por procesos culturales similares. Ese uso está presente en la academia, los medios, la política internacional y la conversación cotidiana.
Eso no significa que latinoamericano sea un término perfecto ni que sirva para todo. Tampoco significa que deba sustituir otros conceptos más precisos. De hecho, uno de los errores más comunes es usar estas palabras como si fueran intercambiables.
Hispanoamericano se refiere exclusivamente a los países de América donde se habla español. Iberoamericano amplía el marco e incluye también a los países de lengua portuguesa, como Brasil. Panamericano abarca todo el continente, sin importar el idioma ni la herencia cultural. Cada término designa una realidad distinta y cumple una función específica según el contexto.
Muchos de los rechazos al término latinoamericano parten de una preocupación legítima: no borrar la centralidad del español ni diluir la historia propia de los pueblos hispanohablantes. Pero esa preocupación no se resuelve eliminando palabras, sino usándolas con precisión. Latinoamericano no invalida a hispanoamericano; lo complementa cuando el enfoque es más amplio, regional, histórico o cultural.
Muchas de las críticas al término latinoamericano nacen de una preocupación válida: no perder de vista el peso del español ni la historia común de los países hispanohablantes. Pero eso no se resuelve borrando palabras del mapa, sino usándolas bien. Latinoamericano no viene a sustituir a hispanoamericano ni a competir con él. Son términos distintos para situaciones distintas. Todo depende de qué aspecto estemos mirando: la lengua, la región o la historia compartida.
Quizá por eso el video llamó tanto la atención. No porque diera respuestas definitivas, sino porque invitó a pensar en algo que solemos decir en automático. Al final, las palabras con las que nos nombramos importan más de lo que creemos. Detenernos un momento para entenderlas no es un lujo ni una discusión entre expertos: es una forma sencilla de hablar con más claridad y de entender mejor quiénes somos cuando decimos que somos de aquí o de allá…
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Exdecano y profesor de la Escuela de Comunicación Ferré Rangel de la Universidad del Sagrado Corazón y fundador del movimiento En Buen Español. Experto en comunicación y amante del lenguaje. Conferenciante internacional sobre temas relacionados con el poder de la palabra. Autor del libro 'Habla y redacta en buen español' (2011) y 'En buen español: El libro de las curiosidades de nuestro idioma" (2020). Apasionado de la historia, la educación, la fotografía y el mar. Esposo de Mirté y padre de Sebastián, Alejandro, Mauricio y Mariana (y del perrito Muni Cipio).
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