God bless America!
No debe olvidarse que América es el nombre de todo el continente y son americanos todos los que lo habitan.

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En el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl, Bad Bunny lanzó una frase sencilla, pero cargada de significado: “God bless America”. Acto seguido, comenzaron a aparecer los nombres de todos los países del continente, uno por uno, mientras sus banderas se proyectaban detrás de él. No fue un gesto decorativo. Fue una declaración.
Porque América no es solo un país.
América es un continente. Y americanos somos todos los que lo habitamos.
Desde Canadá hasta la Patagonia, desde México hasta Argentina, desde Colombia hasta Chile. También las islas del Caribe —aunque no formen parte del continente de manera física— pertenecen a América desde el punto de vista geográfico, histórico y cultural.
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Somos América. Punto.
Sin embargo, durante décadas se nos ha vendido una idea reducida del término: que ‘América’ equivale exclusivamente a Estados Unidos y que ‘americanos’ son solo sus ciudadanos. Esa simplificación, repetida una y otra vez en medios, películas, discursos políticos y hasta en el lenguaje cotidiano, ha terminado por normalizarse. Pero no por ser común deja de ser incorrecta.
De hecho, el Diccionario panhispánico de dudas de la Real Academia Española lo dice con absoluta claridad: “Debe evitarse el empleo de americano para referirse exclusivamente a los habitantes de los Estados Unidos, uso abusivo que se explica por el hecho de que los estadounidenses utilizan a menudo el nombre abreviado América (en inglés, sin tilde) para referirse a su país. No debe olvidarse que América es el nombre de todo el continente y son americanos todos los que lo habitan”.

Más claro, imposible.
El nombre América proviene del navegante Américo Vespucio y fue asignado originalmente al conjunto de territorios recién cartografiados. No a un país. Al continente entero. El gentilicio ‘americano’ surgió para referirse a todos los pueblos de esta vasta región del mundo. Que hoy se use como sinónimo de ‘estadounidense’ responde más a razones de poder cultural que a razones de rigor geográfico.
Y ahí es donde el gesto de Bad Bunny cobra fuerza.
No estaba haciendo un despliegue patriótico tradicional. Estaba ampliando el mapa mental de millones de personas que, quizás sin darse cuenta, han aprendido a asociar América con una sola bandera. Al mencionar cada país y colocar en pantalla cada emblema nacional, se decía: aquí cabemos todos.
Era un recordatorio visual de algo que muchos sabemos, pero que rara vez se dice en voz alta: compartimos un mismo espacio continental, una historia marcada por la colonización, las migraciones, la resistencia y el mestizaje. Compartimos ritmos, heridas, sueños y luchas. Y compartimos, también, una identidad americana que va mucho más allá de las fronteras políticas.
En un momento histórico en el que los latinos enfrentamos discursos de exclusión, políticas migratorias duras y narrativas que buscan reducirnos o invisibilizarnos, ese “God bless America” sonó distinto. No como una consigna nacionalista, sino como un abrazo continental.
América no es propiedad privada.
América no tiene dueño.
América es plural, diversa, multicolor y multilingüe.
Es indígena, africana, europea y mestiza. Es salsa, samba, tango, reguetón y bolero. Es selva, desierto, cordillera y mar Caribe. Es acento boricua, voseo argentino, cantadito colombiano y español mexicano. Es una mezcla constante que no cabe en una sola definición.
Por eso, cuando alguien dice “America first”, conviene preguntarse: ¿cuál América? Porque si hablamos de América en su sentido pleno, entonces primero somos todos.
Y quizás ese fue el mensaje más poderoso del espectáculo: recordarnos que el término nos pertenece colectivamente. Que nadie puede apropiarse de él.
Gracias, Bad Bunny, por ponerle nombre y bandera a lo que muchos sentimos.
¡Dios bendiga América!
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Exdecano y profesor de la Escuela de Comunicación Ferré Rangel de la Universidad del Sagrado Corazón y fundador del movimiento En Buen Español. Experto en comunicación y amante del lenguaje. Conferenciante internacional sobre temas relacionados con el poder de la palabra. Autor del libro 'Habla y redacta en buen español' (2011) y 'En buen español: El libro de las curiosidades de nuestro idioma" (2020). Apasionado de la historia, la educación, la fotografía y el mar. Esposo de Mirté y padre de Sebastián, Alejandro, Mauricio y Mariana (y del perrito Muni Cipio).
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