La palabra como amenaza
El lenguaje no solo describe el mundo: lo construye, lo condiciona, lo empuja en una dirección u otra.

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Hay momentos en que el lenguaje deja de ser un instrumento de comunicación y se convierte en un acto de poder. Eso fue lo que vimos esta semana.
El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, no habló como un hombre de Estado. Habló como quien apunta un arma… pero con palabras. En dos mensajes publicados en Truth Social, recurrió a un lenguaje soez, violento y profundamente intimidatorio para presionar a Irán en medio de la crisis por el estrecho de Ormuz.
Primero, el Domingo de Pascua: insultos y vulgaridades para exigir acción. Luego, el martes: una amenaza escalofriante: “toda una civilización morirá esta noche”.
No es solo un exceso de palabras; es algo más grave: un lenguaje imperialista, inmoral y peligrosamente cercano a lo criminal. Porque cuando un líder mundial plantea la posibilidad de aniquilar a una civilización entera, no está negociando: está normalizando la idea del exterminio como herramienta política.
Algunos dirán que es estrategia, que es “The Art of the Deal” aplicado a la geopolítica: tensar, intimidar, llevar al adversario al límite para forzarlo a ceder. De hecho, el resultado inmediato parece darles la razón: Estados Unidos e Irán alcanzaron un acuerdo de cese al fuego por dos semanas.
Pero no nos engañemos: que una amenaza produzca un resultado no la convierte en legítima, ni en ética, ni en sostenible. Más bien, deja una pregunta inquietante flotando en el aire: ¿Y si no se hubiese llegado a ese acuerdo? ¿Habría seguido la palabra de Trump su curso natural hacia la acción? ¿Habríamos visto materializarse la amenaza?
Porque las palabras, sobre todo en boca de quien tiene poder real, no son simples sonidos; son el primer paso hacia lo que podría venir después. La historia está llena de ejemplos en los que el lenguaje precede a la violencia. Primero se nombra el enemigo. Luego se deshumaniza. Luego se exagera la amenaza. Y finalmente… se actúa. Por eso, restarle importancia a ese tipo de discurso es un error.
Por otro lado, está la dimensión psicológica de estos mensajes hostiles. Cuando un líder habla así, no solo impacta a los gobiernos y a los ejércitos, sino que también nos impacta a todos. Ese lenguaje va moldeando nuestra percepción de lo posible, de lo aceptable, de lo normal.
Hoy, una amenaza de “aniquilar una civilización” genera titulares. Mañana, ¿generará indiferencia? Me parece que el verdadero riesgo es que nos acostumbremos a este tipo de retórica. Que el lenguaje criminal pierda su capacidad para escandalizarnos. Que la violencia verbal se convierta en paisaje. Que lo impensable empiece a parecer viable. Y cuando eso ocurre, la línea entre la palabra y la acción se vuelve peligrosamente fina. Hay varios ejemplos en la historia reciente de la humanidad que ponen en evidencia esta verdad.
En comunicación, solemos decir que las palabras crean realidades. No es una metáfora bonita; es una advertencia. El lenguaje no solo describe el mundo: lo construye, lo condiciona, lo empuja en una dirección u otra. Por eso, un líder responsable mide sus palabras no solo por su efecto inmediato, sino también por sus consecuencias a largo plazo.
Estos pronunciamientos de Trump han abierto una puerta peligrosa: la de creer que todo vale si el objetivo es presionar. En las publicaciones del presidente de los Estados Unidos en Truth Social queda un precedente nefasto que permitirá que, en el futuro, se siga escalando el tono de la violencia verbal y la intimidación burda e inmoral como método para resolver conflictos.
Al final, los maltratantes no solo destruyen con golpes, sino también con palabras. ¿La consecuencia? El deterioro de nuestra humanidad.
Exdecano y profesor de la Escuela de Comunicación Ferré Rangel de la Universidad del Sagrado Corazón y fundador del movimiento En Buen Español. Experto en comunicación y amante del lenguaje. Conferenciante internacional sobre temas relacionados con el poder de la palabra. Autor del libro 'Habla y redacta en buen español' (2011) y 'En buen español: El libro de las curiosidades de nuestro idioma" (2020). Apasionado de la historia, la educación, la fotografía y el mar. Esposo de Mirté y padre de Sebastián, Alejandro, Mauricio y Mariana (y del perrito Muni Cipio).
En buen español
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