Lo que se dice sin hablar
El lenguaje no verbal es, en muchos casos, más poderoso que el verbal.

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En Puerto Rico, basta con un leve empuje de los labios para señalar una dirección. No hace falta decir “mira para allá” ni señalar con el dedo: los labios hablan. Ese gesto tan nuestro que hacemos con la bemba puede confundir a cualquiera que no haya crecido aquí. Pero para nosotros es natural, casi automático. Es parte de ese lenguaje invisible que utilizamos todos los días sin darnos cuenta. Porque aunque no lo pensemos, vivimos rodeados de mensajes que no se dicen con palabras.
El lenguaje no verbal es, en muchos casos, más poderoso que el verbal. Una mirada puede afirmar lo que una frase intenta ocultar. Un silencio puede ser más elocuente que un discurso entero. Y un gesto bien hecho puede sustituir una oración completa.
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Piensa, por ejemplo, en el clásico “ven acá” que hacemos con la mano. En algunos países se hace con la palma hacia arriba (como en Puerto Rico); en otros, con la palma hacia abajo. En Filipinas, hacerlo como lo hacemos nosotros puede interpretarse como una falta de respeto. Allí, ese gesto se reserva para llamar a los animales. Ya ves, sin palabras ya comunicamos algo… y a veces podemos ofender, sin saberlo.
Otro ejemplo: asentir con la cabeza. Para nosotros, moverla de arriba abajo significa “sí” y de lado a lado, “no”. Pero en países como Bulgaria o Albania, ocurre al revés. Imagina el malentendido: tú crees que te dijeron que sí… y, en realidad, te dijeron que no. ¡Qué peligro!
También está el contacto visual. Aquí lo valoramos como un gesto de atención y respeto. Mirar a los ojos transmite seguridad, interés, honestidad. Pero en otras culturas, como algunas asiáticas, mantener la mirada fija puede interpretarse como un acto de desafío o de falta de respeto, especialmente hacia figuras de autoridad.
Y qué decir del espacio personal. En Puerto Rico somos cercanos: hablamos pegados, tocamos el hombro, damos una palmada. Es una forma de conexión y cariño. Sin embargo, en otros contextos, ese mismo acercamiento puede resultar incómodo o invasivo. El cuerpo también establece límites… sin decirlo.
Incluso el silencio comunica. Hay silencios incómodos, silencios cómplices, silencios que gritan. En una conversación, quedarse callado puede significar desacuerdo, reflexión o simplemente prudencia. Todo depende del contexto y del tono. Porque hasta la pausa tiene intención.
Volvamos a lo nuestro. En la isla también levantamos las cejas para preguntar “¿Qué pasó?” o “¿Qué tú quieres?”. Hacemos un breve sonido con la boca para llamar la atención (“pssst”). Encogemos los hombros para decir “no sé”. Y, claro, está ese gesto universal de cruzar los brazos, que puede indicar defensa, incomodidad o simplemente que tenemos frío…
Hay, además, microgestos que duran apenas segundos: una sonrisa forzada, un parpadeo rápido, una leve inclinación del cuerpo. Son detalles mínimos, pero reveladores, que muchas veces delatan emociones que intentamos esconder con palabras.
El problema o el reto es que, muchas veces, no somos conscientes de lo que comunicamos sin hablar. Creemos que controlamos el mensaje porque elegimos bien las palabras, pero olvidamos que el cuerpo también participa en la conversación. La realidad es que a veces existe una contradicción entre el lenguaje verbal y el no verbal.
Por eso, comunicar bien no es solo hablar correctamente. También es saber qué dice nuestro cuerpo mientras hablamos o incluso cuando callamos.
¿Quieres practicar? Vuelve a ver algunos momentos de la pasada Comisión Total del Senado. Mira los gestos, las posturas, las miradas, las pausas, los movimientos. Ahí hay muchísimos significados ocultos esperando ser interpretados. Busca los mensajes ocultos detrás de las palabras.
Buen provecho…
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Exdecano y profesor de la Escuela de Comunicación Ferré Rangel de la Universidad del Sagrado Corazón y fundador del movimiento En Buen Español. Experto en comunicación y amante del lenguaje. Conferenciante internacional sobre temas relacionados con el poder de la palabra. Autor del libro 'Habla y redacta en buen español' (2011) y 'En buen español: El libro de las curiosidades de nuestro idioma" (2020). Apasionado de la historia, la educación, la fotografía y el mar. Esposo de Mirté y padre de Sebastián, Alejandro, Mauricio y Mariana (y del perrito Muni Cipio).
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