La pasta no se la inventaron los italianos.

¡Bum!

¿Te he hecho sentir como cuando te dijeron que Santa Claus no existe y que los regalitos debajo del árbol los ponían tus papás y no el gordo barrigón?

Siento haber destruido tu ilusión.

Tal parece que, al igual que muchos productos que hoy nos llegan a nuestros hogares, la pasta es originaria de… China.

¿Los chinos?

Sí, los chinos.

La historia cuenta que, en el siglo XIII, el explorador veneciano Marco Polo regresó de un viaje a China e introdujo en Italia esa delicia culinaria que ya existía en ese país.

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Sin embargo, muchos desmienten esa teoría y aseguran que la pasta ya existía en Italia mucho antes de los viajes de Marco Polo y que fue traída a la isla de Sicilia entre los siglos IX y XI por… los árabes.

¿Los árabes?

Sí, los árabes.

Pero bueno… demos el crédito a los italianos, quienes son quienes realmente han hecho famoso este alimento alrededor del mundo.

La pasta, sin embargo, no es la única aportación de los italianos a la cultura internacional. Los hablantes del español tenemos que reconocer que el italiano ha dejado una huella palpable en nuestro lenguaje.

Y no es de extrañar si pensamos que el italiano es hermanito del español (y del francés, del portugués y del rumano, entre otros lenguajes). Todas forman parte de una misma familia de idiomas, conocida como lenguas romances, que se derivan de una misma raíz: el latín.

Más allá de esto, el italiano ejerció una influencia muy grande en sus hermanas lenguas romances, principalmente durante la era del Renacimiento, a partir de finales del siglo XIV, cuando Europa logró salir de mil años de oscurantismo bajo la Edad Media.

De hecho, la ciudad de Florencia en Italia es considerada la cuna del Renacimiento, y de ahí parte un movimiento que propició la libertad de pensamiento, el humanismo, el reflorecer de la cultura, las ciencias y las artes. Personajes como Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Rafael, entre otros, tuvieron un impacto enorme en la cultura que trascendió a diversos países de Europa, incluida España.

Esa influencia italiana se refleja en un sinnúmero de palabras que se asentaron en el español. Estos italianismos perduran hasta nuestros días.

En la música, por ejemplo, hay muchísimas. Decimos que una persona que canta sin instrumentos, a viva voz, lo hace ‘a capela’. Dos personas que cantan juntas forman un ‘dueto’. Vamos a una sala sinfónica a escuchar un ‘concierto’ y nos encanta el ‘tempo’ de la música con el ‘arpegio’ de una guitarra.

En el arte tenemos la ‘acuarela’, las pinturas ‘al óleo’, el ‘grafiti’ y las ‘caricaturas’. Cuando vamos al Vaticano, nos encantan las pinturas ‘al fresco’ en la bóveda de la Capilla Sixtina.

En la arquitectura tenemos ‘rotondas’, ‘glorietas’, ‘fachadas’, ‘balcones’ y ‘cúpulas’.

En la gastronomía vemos muchísimos italianismos. En nuestras fiestas siempre hay algún ‘antipasto’; cuando queremos una cerveza pedimos, coloquialmente, una ‘birra’. En el supermercado compramos ‘espaguetis’ o ‘raviolis’, que nos gusta combinar con una salsa ‘al pesto’.

Y, claro está, no podemos olvidar las románticas ‘góndolas’, los buques de guerra llamados ‘fragatas’, las ‘escopetas’ de los soldados y la expresión ‘etcétera’ al final de una enumeración.

No son pocos los italianismos que habitan en nuestra lengua. Reconocerlos nos ayuda a entender mejor las interesantes influencias del español que hablamos hoy en día.

¡Chao!