Nuestro ‘maldito idioma’
Señor Trump: los insultos revelan más sobre quien los comete que sobre quien los recibe…

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Según reseñó la prensa esta semana, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, reaccionó con desdén ante la posibilidad de aprender español. La frase atribuida al mandatario fue directa y ofensiva: “No voy a aprender su maldito idioma”.
La expresión no es solo un comentario improvisado. Es, sobre todo, una falta de respeto.
Porque cuando alguien califica un idioma de “maldito”, no está hablando únicamente de palabras o de gramática. Está hablando de las personas que lo hablan. Está hablando de su cultura, su historia y su identidad.
Insultar un idioma es, en el fondo, insultar a millones de seres humanos. El español no es un capricho cultural ni una lengua marginal. Es uno de los grandes idiomas del mundo. Más de 500 millones de personas lo tienen como lengua materna y cerca de 600 millones lo utilizan de una u otra manera. Es la tercera lengua más hablada del planeta en número de hablantes nativos y una de las principales lenguas de la diplomacia, la literatura y el comercio.
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Decir “maldito español” no es solo una falta de cortesía diplomática. Es una muestra cruda de ignorancia.
El español es la lengua de Cervantes, de García Márquez, de Borges, de Neruda y de Julia de Burgos. Es el idioma en el que se escribieron Don Quijote de la Mancha, Cien años de soledad y muchos textos que forman parte del patrimonio cultural de la humanidad.
Es, además, el idioma que hablan millones de ciudadanos estadounidenses. A veces se olvida que el español no es un idioma extranjero en Estados Unidos. Es parte de su propia historia. Se hablaba español en territorios que hoy forman parte de ese país mucho antes de que existieran los Estados Unidos como nación. Texas, California, Nuevo México, Arizona, Nevada, Florida… todos esos nombres son de origen español. También lo son miles de ciudades y pueblos. El español está incrustado en la geografía, la cultura y la vida cotidiana de Estados Unidos. Pretender ignorarlo es como negar una parte de la realidad.
Pero hay algo aún más importante. Un líder político tiene la responsabilidad de cuidar sus palabras. Las palabras construyen puentes o levantan muros. Pueden acercar culturas o fomentar el desprecio.
Cuando un presidente desprecia el idioma de millones de personas, envía un mensaje peligroso: que la diversidad lingüística es una molestia y no una riqueza. Ese tipo de actitud revela una visión empobrecida del mundo.
Las sociedades modernas prosperan precisamente cuando abrazan la diversidad cultural y lingüística. Aprender idiomas, dialogar con otras culturas y reconocer el valor de las diferencias no debilitan a una nación; la fortalecen.
Quien conoce otra lengua comprende mejor a los demás. Y quien comprende mejor a los demás está mejor preparado para convivir en un mundo cada vez más interconectado.
Por eso el problema no es que alguien decida no aprender español. Nadie está obligado a estudiar otro idioma. El problema es el desprecio. Decir “maldito español” no revela fortaleza, sino estrechez.
Afortunadamente, los idiomas no dependen de la opinión de un político para existir. Los idiomas viven en la gente, en las familias que conversan en la mesa, en las canciones que suenan en la radio, en los libros que nos enseñan a pensar.
El español no necesita que nadie lo defienda con insultos ni con discursos altisonantes. Su fuerza está en quienes lo hablan todos los días.
Y somos muchos, muchísimos. Tantos que ningún comentario despectivo podrá jamás reducir la grandeza de un idioma que ha sido, durante siglos, una de las voces más ricas de la cultura universal.
Señor Trump: los insultos revelan más sobre quien los comete que sobre quien los recibe…
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Exdecano y profesor de la Escuela de Comunicación Ferré Rangel de la Universidad del Sagrado Corazón y fundador del movimiento En Buen Español. Experto en comunicación y amante del lenguaje. Conferenciante internacional sobre temas relacionados con el poder de la palabra. Autor del libro 'Habla y redacta en buen español' (2011) y 'En buen español: El libro de las curiosidades de nuestro idioma" (2020). Apasionado de la historia, la educación, la fotografía y el mar. Esposo de Mirté y padre de Sebastián, Alejandro, Mauricio y Mariana (y del perrito Muni Cipio).
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