Nota de archivo: publicada hace más de 90 días

La exposición a las emanaciones electromagnéticas abre muchas interrogantes

04/25/2011 |
 (Archivo )  

Hace apenas unas semanas que el mundo se consternó ante el peligro del material radiactivo proveniente de la central nuclear de Fukushima, afectada por el devastador tsunami en Japón.

El temor a sufrir daños a la salud como consecuencia de tal situación es un tema del que todavía se habla. Pero aparte de este daño ambiental, hace décadas que los seres humanos estamos expuestos a un tipo de contaminación que aún no acapara la atención con la misma magnitud. Se trata de la contaminación electromagnética, conocida también como EMF (por sus siglas en inglés).

Por supuesto, al hablar del tema surge la interrogante sobre cuánta atención debemos prestar a esta realidad.

¿Se trata de una contaminación nociva? ¿Qué dice la ciencia al respecto? ¿Debemos preocuparnos?

límite arriesgado

Esta contaminación es la que se produce como resultado de las radiaciones del espectro electromagnético generadas por equipos electrónicos u otros elementos como torres de alta tensión, telefonía celular, enseres electrodomésticos y otros.

El adelanto tecnológico de hoy día contribuye a que nuestra sociedad esté expuesta masivamente a esta emanación imperceptible. “Si uno busca literatura científica, estamos en un proceso en que a nivel científico hay discrepancias”, expone el Dr. Iván Figueroa, quien hace dos años comenzó a interesarse en indagar sobre el tema. “Pero yo digo que tampoco hay suficiente evidencia para probar que no hace daño”, añade con preocupación.

“Comencé a estudiar sobre la información y me di cuenta de que muchos países europeos y asiáticos como Suecia, Alemania, Italia y Rusia han iniciado investigaciones sobre este tema, y son países más exigentes en el control de las unidades físicas de emisiones”, menciona el también cirujano pediatra retirado, que actualmente practica la medicina integral y la acupuntura médica china tradicional en adultos y niños. Como ejemplo, señala que “Rusia tiene un control exigente de los límites de emanaciones de torres de microondas en el ambiente, siendo diez veces menor de lo que Estados Unidos permite”. A esto cabe añadir que nuestra isla se rige por tales reglamentaciones.

Todavía una incógnita

Al hacer referencia a lo que expone la ciencia respecto a los posibles daños asociados con la EMF, “la respuesta de muchas investigaciones es que no hubo suficiente evidencia científica para comprobar que las microondas que se generan con el sistema de intercomunicación de celulares, antena, etc., demuestran que hace daño a la salud”.

Sin embargo, Figueroa entiende que sería incorrecto conformarnos con tal respuesta. “Mientras tanto, ¿qué hacemos con esa posición ambigua? Hay que recordar cuando en años anteriores se hablaba del daño que quizás podía provocar el plomo y la nicotina, y demoró tiempo en que la ciencia lo pudiera comprobar”.

A su vez, el doctor confiesa que “yo creo en la ciencia, pero le toma más tiempo e inversión de dinero en lo que realiza estudios para llegar a una conclusión. Mientras, estamos en una etapa de transición”, razón por la que invita a estar más atentos a toda las investigaciones al respecto, así como a la exposición a las fuentes de EMF.

Estudios que lo sugieren

Por su parte, el Dr. Braulio Jiménez, director del Centro de Estudios Ambientales y Toxicológicos del Recinto de Ciencias Médicas, afirma que “todavía es un tema debatible; en la ciencia hay gente que lo apoya y otros que dicen que todavía no hay suficiente evidencia para confirmarlo”. No obstante, “hay estudios epidemiológicos que sí sugieren” que tal contaminación es real.

El toxicólogo añade que “aunque esos estudios no son del todo confiables, hay investigaciones que han encontrado alta incidencia de enfermedades por la alta exposición a esta contaminación, como abortos, deformidades o partos prematuros”.

Entre los hallazgos al respecto, hace referencia a que “la melatonina es una sustancia que se secreta mayormente mientras estamos durmiendo. Cuando nuestro cuerpo está en reposo, esta sustancia se libera y funciona como si fuera un agente antioxidante para limpiar el cuerpo de moléculas que causan daño al material genético de nuestras células”. Ahora bien, “la alta exposición al EMF reduce los niveles de producción de esa molécula, y con ello, la capacidad de proteger contra el cáncer”.

A su vez, el toxicólogo enfatiza que “la contaminación del EMF no es un mito. Si ahora mismo estás hablando con el celular pegado a tu oreja, estás recibiendo ondas electromagnéticas”. De hecho, en este sentido, revela que “una de las preocupaciones es que los jóvenes de hoy lo que hacen es hablar por celular todo el día. Lo que están haciendo con esa exposición es aumentando el riesgo del daño que pueda ocurrir, particularmente en el área del cerebro”.

Jiménez alerta que “debemos ser conscientes de los posibles efectos de esta contaminación”. También, el doctor es enfático al aclarar que “esto no quiere decir que de repente la gente va a tener cáncer o tumores, o que el diagnóstico de éstos en una persona se deba a consecuencia de esta contaminación”. En este aspecto hay que tener en cuenta que “no todos estamos hechos de la misma constitución genética. Cada cuerpo tiene una respuesta diferente”.

El doctor reitera que “hay estudios que todavía necesitan validar qué podemos hacer para minimizar las consecuencias de esta contaminación”. Mientras, “el llamado es a ser más prudentes con el uso de esta tecnología, a educarnos”.

Inquietud a nivel local

De otra parte, el doctor Figueroa manifiesta preocupación respecto al hecho de que “Puerto Rico está saturado con WiFi en las escuelas, incluyendo las públicas, y aún no se sabe cómo impacta el desarrollo del sistema nervioso de estos niños, qué efectos pueda tener sobre su capacidad escolar”. Y aclara que “el WiFi es como tener una antena emanando microondas sobre el cuerpo durante las horas de exposición”.

Figueroa añade que, si bien “existen productos en el mercado para mitigar estos daños sobre el cuerpo humano”, enfatiza que “no nos conformemos con respuestas de que no hay peligro”. Además, especifica que fuera de alarmar o infundir miedo en las personas, lo que interesa es que su postura se tome como “un llamado a que todas las personas responsables en ello, funcionarios de gobierno, comunidades, científicos, nos mantengamos en alerta para la evaluación de esta situación, ya sea para descartar o comprobar daños, porque no hay evidencia científica que lo compruebe, pero tampoco la suficiente data que lo descarte”.