NOTA: Segundo de una serie sobre cuentos de camino, con motivo de la celebración del día de Halloween.

La tradición establece que hay que gritarlo tres veces. Debes pararte a orillas del profundo pozo que se abre en uno de los acantilados de Isabela, y esperar a que, con tu invocación, se “despierte la furia” del espíritu de uno de los personajes más significativos del pueblo costero.

“¡Jacinto, tráeme la vaca!”, grita Miguel “Mike” Mercado, guía turístico del municipio, utilizando la tradicional frase durante nuestro recorrido por el área. Y muy creyente de lo que dicta la leyenda, en unos minutos observa la alborotada marea, y nos dice: “¿Viste? ¿Viste que el mar se alteró? ¡Él (Jacinto) se enoja!”.

Para muchos visitantes, el pozo de 30 pies de profundidad es solo otra maravilla de la naturaleza que impresiona a todos los que se detienen a admirar su belleza. 

Para otros, es una atracción natural que guarda una de las historias más tristes del pueblo.

La leyenda establece que a principios del siglo pasado, había un joven campesino de nombre –claro está- Jacinto. “Vivía en esta área de Jobos. Se presume que fue más o menos para principios de los años 1900, aunque no tenemos una fecha exacta como tal”, aclara Mercado, quien reconoce que no hay documento histórico que valide el supuesto incidente.  

Se dice que el muchacho se dedicaba a llevar vacas a pastar, y en el trayecto, acostumbraba atar a su cintura el extremo contrario de la soga que amarraba al animal. Pero un día que salió a realizar su faena a petición de su madre, “el tiempo estaba bien malo y, pues, los animales le tienen mucho miedo a los rayos y a los truenos”, así que se cree que el estruendo de uno de los truenos asustó al animal, que corrió despavorido hasta caer por el pozo, llevando a Jacinto consigo hacia la profundidad del mar.

Una versión de la leyenda relata que fue un hombre –y no su madre- quien le pidió a Jacinto que llevara la vaca a comer. Al ver que no regresaba, el dueño recorrió el área mientras gritaba: “Jacinto, ¡tráeme la vaca!”. Se dice que comenzó a notar un cambio en la corriente del pozo, que de estar pasiva, comenzó a golpear fuerte contra las rocas, con “furia”. Se infiere que de ahí surge la tradición de invocar al infortunado personaje con esta frase.

“Cuando la gente le grita, (Jacinto) se pone furioso y trata de mojar a las personas”, asegura Mercado, quien aprovecha para alertar a los nuevos visitantes, siempre que puede, de tener cuidado al asomarse al área, ya que es sumamente peligrosa.

Su muerte no quedó en el olvido. Al menos, eso lo han demostrado las décadas a lo largo de las cuales se ha mantenido viva la leyenda.

Para el isabelino Víctor Cabrera, de 29 años, esta creencia sobrenatural guarda algo de verdad. “Nosotros íbamos al área y siempre gritábamos ‘¡Jacinto, tráeme la vaca!’, y el mar se molestaba siempre, se veía más furioso”, menciona, además de reconocer que le “asusta”.

Para otros, es solo una superstición más, como lo considera el limpiabotas de 72 años de edad, Antonio González, residente del barrio Capiro del pueblo costero. “Esos son cuentos de camino. Eso nunca existió”, responde convencido.

Del mismo modo, Eduardo Medina, de 34 años y residente de las Parcelas Cotto, no cree para nada la veracidad de las consecuencias de invocar a Jacinto. Sin embargo, orgulloso de su ciudad, le parece interesante el que la gente acuda al lugar atraída por el cuento. “Me gusta mucho escuchar la leyenda y contársela a otros para que visiten el sitio y tengan su experiencia personal en el pozo”, para que “siga la tradición cultivándose”.

Fantasía o verdad, lo cierto es que la presencia de “Jacinto” permanece atada a un pueblo que lo abraza con orgullo como parte de su patrimonio cultural y turístico. 

Y tú, ¿crees en la leyenda?

Pozo de Jacinto, de Mariano Concepción