NOTA: Tercero de una serie de tres sobre "cuentos de camino" en Puerto Rico con motivo de la celebración del día de Halloween.

El crujir de puertas cuyas cerraduras intentan abrirse, pasos que provienen de pasillos y de las escaleras, apariciones de entidades desconocidas…

A Casa Ulanga se le conoce como la casa cultural de Arecibo. Sus tres niveles sirven de albergue para la historia de la que tanto se enorgullecen sus ciudadanos, y de la que presumen a todo aquel que se anima a visitar sus instalaciones para conocer un pedacito de sus ricos orígenes. A su vez, es un lugar  para el festejo de actividades culturales y centro de reuniones.

Pero también, parece ser aposento de almas que renuncian a dejar el plano terrenal, quizás porque vagan confundidas, o porque insisten en aferrarse a las paredes de ladrillo de la estructura erigida en 1850.  

La administración establece claramente su postura de no validar ninguna de las tantas anécdotas que a lo largo de los años le ha dado una reputación de lugar encantado. Pero al indagar con algunos de sus empleados, varios reconocen que en la centenaria estructura han vivido experiencias que les han provocados sustos a más de uno.

“Aquí murió gente de cólera, y esto fue cárcel”, aborda pensativo Skipper Hernández, a quien cariñosamente llaman Bobby, y quien cuenta con 23 años como empleado del lugar. 

En efecto, en sus inicios, la estructura –que cuenta con pasadizos secretos- fue residencia del español Francisco Ulanga en una época azotada por el cólera, y en la que todavía la esclavitud estaba presente. Luego, el edificio, que visto desde un ala luce de dos niveles, y desde la parte posterior, luce de tres, pasó a ser cárcel (durante el Grito de Lares), corte judicial, estación de Policía y oficina de telégrafo, por lo que seguramente han sido muchas las vivencias –y lamentos- que han atestiguado sus paredes.    

La despedida de Freddie

Hernández, quien dependiendo de la necesidad suele laborar en turnos que inician en la noche y culminan en la madrugada, asegura haber presenciado experiencias que superan la lógica. Uno de los incidentes aconteció hace poco más de dos décadas, pero para él, todavía permanece fresco en su memoria. Se relaciona con un compañero de trabajo fallecido.

Freddie, como le llamaban, cumplía años el día en que murió a consecuencia de un poste del tendido eléctrico que le cayó encima, cerca de un supermercado. “Le arrancó el casco encefálico”, asegura Hernández. “Yo lo vi, el cadáver y todo”, añade, aclarando que estaba cerca cuando ocurrió el trágico suceso. 

Días después, mientras enjuagaba uno de los mapos del edificio en el lavadero de un estrecho pasillo que da frente a la sala 2, Hernández asegura que vio a Freddie. “Vi la sombra de él, que miró por la puerta, asomándose, y volteó y se puso a mirar hacia afuera (por una ventana), como escondiéndose para que no lo viera el jefe. Él hacía eso”, relata, mientras especifica que vio perfectamente su rostro. “Nosotros tenemos un término que cuando viene el jefe, (gritamos) ‘aguas’,  como para avisar a los demás, y él miró (como imitando el acto). Yo le juro que yo lo vi”, añade, y reitera que “se me erizó la piel”.

¿Lo ha vuelto a ver?

“No. Creo que como murió tan trágicamente y nosotros lo nombrábamos mucho y lo apreciábamos mucho, quizás su alma se quedó rondando un tiempo y (ahora) descansa en paz”.

El susto del sótano

Otra de las experiencias que comparte Hernández tuvo lugar en el sótano, donde hay una pequeña oficina que se usa como comedor. “Yo estoy comiendo y escucho que tocan varias veces (imita el sonido golpeando la pared). Pensé, ‘eso es el jefe que me quiere asustar o hacer una maldad, o alguien que se quedó aquí’”, narra. Pero al levantarse y dar una ronda por el área, se da cuenta de que está solo. Así que regresó al sótano, “recé un Padrenuestro y dije: ‘mira, déjame tranquilo que estoy aquí trabajando’”.   

¿Le da miedo este tipo de experiencias?

“Ponen un poquito tenso a uno”, confiesa, y añade que “miedo no, porque yo ando con Dios. No soy muy católico que digamos, pero ando con Dios”.

El misterio del cuadro

Rubén Muñiz, otro de los empleados que aceptó compartir sus experiencias fuera del anonimato, aún recuerda cuando en la década de los noventas se celebraba la apertura de una exposición de pinturas. Al terminar la actividad y corroborar que el edificio estuviera vacío, el también técnico de sonido del centro cultural cerraba las puertas de la entrada, junto con una compañera de trabajo. “Cuando estoy cerrando la puerta principal, escucho un ruido como de unos vidrios que se rompen”, recuerda.

Decidió entrar para saber el origen del alboroto. “Prendo las luces y lo que viene a mi mente es que alguien se quedó encerrado. Pero chequeo, y nada”, relata.  

En su ronda, finalmente se percata de que una de las pinturas, enmarcada en un cuadro de cristal, estaba tirada en el suelo, en el descanso de la escalera que dirige al sótano, con los cristales rotos. ¿Qué le llamó la atención? “El cuadro no era ninguno de los que estaba en la pared de las escaleras”, aclara, “que uno pensaría que se le zafó el clavo”. Por el contrario, era de los que estaba en una pared del pasillo del segundo nivel, muy distante de donde cayó. “Uno se pregunta cómo llegó ahí”, analiza todavía sorprendido Muñiz, quien recalca que revisó todo el edificio para saber si había alguien encerrado, pero no encontró a nadie. Y reconoce que se arrepiente de no haberse fijado en el tema de la pintura, para saber si guardaba relación con la aparente ‘furia’ de la misteriosa fuerza que ‘lo tiró’.

El fantasma del tercer nivel

En otra ocasión, Muñiz se encontraba reunido en Casa Ulanga con un pasado director del Centro  Usos Múltiples Francisco “Paco” Abreu. Fue entre 1994 y 1995, rememora. “Pertenecía al comité de fiestas patronales, y al salir de una reunión en la sala de arriba en el segundo nivel (que visto desde la calle posterior, luce como el tercero), vengo caminando con el señor, y pensamos que había una persona caminando con nosotros. Escucho los pasos. Cuando llegamos al área de las escaleras, nos dimos cuenta de que nadie estaba con nosotros. El señor era un poquito más supersticioso y se puso bien nervioso”, recuerda, y expresa que cuando el pasado director le preguntó si había escuchado algo, le reconoció que sí.

El extraño alboroto de las puertas

Por otro lado, el empleado hace referencia a otra vivencia que ubica entre el 2000 y 2001. “Hubo una época en que nos quedábamos dos empleados de 4:00 a 5:00 en la oficina, solos”. Recuerda que “todas las tardes, estando todas las ventanas cerradas y solo la puerta principal abierta, nos ‘jamaqueaban’ la puerta  de la oficina”. Se refiere a la de administración, que queda distante de la entrada principal. “Nosotros abríamos a ver quién era, y no había nadie. Se convirtió tanto en costumbre, que ya movían la puerta y nosotros ni nos movíamos”, revela. “Siempre era a la misma hora”.

¿Pero no cree que pudo haber sido el viento?

“No, porque las ventanas estaban cerradas”, enfatiza, mientras Hernández, quien escucha su relato, secunda la narración refiriendo que él y otros compañeros de trabajo han vivido una experiencia similar en más de una ocasión.  

Teniendo en cuenta sus experiencias, ¿cree en fantasmas?

“Sí, porque lo malo existe”, responde convencido Muñiz, “(aunque) no necesariamente tiene que ser malo, pero sí (creo)”.