La reconocida frase “El hombre es la medida de todas las cosas” ha atravesado más de dos milenios de historia del pensamiento y continúa siendo objeto de debate filosófico.

Atribuida a Protágoras de Abdera, uno de los sofistas más influyentes de la Grecia clásica, la expresión condensó una forma inédita de entender el conocimiento humano y marcó un punto de inflexión en la filosofía occidental.

Protágoras, activo en el siglo V a. C., fue un destacado maestro de retórica y uno de los representantes más conocidos del movimiento sofista. Los sofistas se dedicaban a enseñar el arte de la argumentación y la persuasión, especialmente en el ámbito político y judicial de las polis griegas.

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Su pensamiento se caracterizó por el relativismo y el escepticismo, rasgos que los enfrentaron a filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles, críticos de una retórica orientada a convencer más que a alcanzar una verdad objetiva.

Según explicó El Debate, en un artículo firmado por Mario de las Heras, la famosa frase de Protágoras no pretende situar al ser humano como centro o medida superior del universo, sino afirmar que toda percepción y todo juicio dependen del sujeto que percibe.

La idea resultó profundamente escandalosa en su tiempo. Al negar la existencia de verdades absolutas, Protágoras introdujo un cambio de paradigma intelectual que otorgaba a la subjetividad un papel central.

La realidad, en consecuencia, no sería algo fijo e idéntico para todos, sino algo que se manifiesta de manera distinta según las circunstancias y la experiencia de cada persona.

El relativismo protagórico puede ilustrarse con ejemplos cotidianos: una misma situación puede ser percibida como fría por una persona y no por otra, sin que ninguna de las dos percepciones sea falsa en sí misma. Para Protágoras, las cosas no son tal como existen de manera independiente, sino tal como aparecen a cada individuo.

A pesar de las críticas que recibió, incluso de quienes defendían la existencia de verdades universales, Protágoras fue reconocido en la Antigüedad como un pensador de gran relevancia. Su planteamiento abrió un debate que sigue vigente y que influyó de forma decisiva en el desarrollo posterior de la filosofía, especialmente en las discusiones sobre el conocimiento, la percepción y la verdad.

Según el análisis publicado por El Debate, la importancia histórica de esta frase radica en haber introducido, hace unos 2,500 años, la idea de que la experiencia humana es el punto de partida inevitable para comprender el mundo, una noción que sigue resonando en el pensamiento contemporáneo.