Sentirse irritable por hambre no afecta a todas las personas por igual. Una investigación reciente analizó cómo la percepción interna del cuerpo influye en el estado de ánimo cuando disminuyen los niveles de energía.

El término “hangry”, que describe el mal humor provocado por el hambre, fue incorporado al Oxford English Dictionary en 2018, a pesar de que el fenómeno ha acompañado a los seres humanos desde siempre.

Sin embargo, la relación entre hambre y estado de ánimo ha sido poco estudiada en la vida cotidiana, ya que la mayoría de las investigaciones se centraron en personas con trastornos metabólicos o alimentarios.

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El hambre, la energía y emociones

Un equipo de investigadores en psicología y salud mental analizó a 90 adultos sanos durante un mes. Los participantes utilizaron monitores continuos de glucosa, que registraban sus niveles de azúcar en sangre cada pocos minutos y completaron evaluaciones diarias de su estado de ánimo y sensación de hambre a través de teléfonos inteligentes.

La glucosa es la principal fuente de energía del cuerpo y del cerebro. Los resultados mostraron que el mal humor no se relacionaba directamente con niveles bajos de glucosa, sino con la percepción consciente de estar hambriento.

La interocepción

El estudio identificó un factor psicológico clave: la interocepción, es decir, la capacidad de percibir con precisión las señales internas del cuerpo. Las personas con mayor precisión interoceptiva tendieron a mantener un estado de ánimo más estable, incluso cuando tenían hambre.

Desde el punto de vista neurobiológico, el hambre es detectada por neuronas del hipotálamo que responden al déficit energético prolongado. La percepción consciente de esta señal involucra a la ínsula, una región cerebral relacionada tanto con el gusto como con el procesamiento de emociones.

Impacto en la vida diaria

Los cambios bruscos de humor asociados al hambre pueden afectar las relaciones personales y favorecer decisiones impulsivas, como el consumo de alimentos de rápida absorción y menor valor nutricional. Mantener rutinas de alimentación regulares puede reducir estos episodios.

Los investigadores señalan que niños pequeños y adultos expuestos a múltiples distracciones pueden tener más dificultades para reconocer a tiempo el hambre. El ejercicio físico y una mayor atención a las señales corporales pueden mejorar la percepción interoceptiva y el equilibrio emocional.