A más de 26,000 pies de altura, el cuerpo humano deja de comportarse como lo hace en condiciones normales.

En el Monte Everest, la zona conocida como “de la muerte” representa uno de los entornos más hostiles del planeta, un lugar donde la falta de oxígeno y las temperaturas extremas obligan al organismo a trabajar al límite y donde cada minuto cuenta.

La fotógrafa y montañista nepalí Purnima Shrestha lo comprobó después de alcanzar la cima más alta del mundo. Tras una ascensión de 13 horas, descubrió que su última botella de oxígeno había fallado.

El momento de celebración se convirtió en una carrera por sobrevivir. “En ese momento me di cuenta: no es seguro permanecer aquí ni un segundo más”, recordó en declaraciones recogidas por la BBC.

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Por encima de los 26,000 pies de altura, el aire contiene apenas una tercera parte del oxígeno disponible a nivel del mar. Aunque el organismo intenta adaptarse acelerando la respiración y aumentando la frecuencia cardíaca, llega un punto en el que comienza a deteriorarse más rápido de lo que puede recuperarse.

El cuerpo entra en estado de emergencia

Los especialistas explican que un escalador sano puede resistir entre 16 y 20 horas en esa altitud con ayuda de oxígeno suplementario. Sin él, los síntomas graves del mal de montaña aparecen rápidamente y pueden resultar mortales.

El frío, que puede alcanzar los -40 °C (-40 °F), obliga al cuerpo a desviar la sangre hacia los órganos vitales. Las manos y los pies quedan entonces expuestos a la congelación.

La pérdida de sensibilidad, las ampollas y la muerte del tejido son algunas de las consecuencias más frecuentes y, en los casos más severos, pueden terminar en amputaciones.

La falta de oxígeno también afecta al cerebro. El edema cerebral de altura provoca inflamación y puede desencadenar desorientación, problemas para hablar, pérdida de coordinación e incluso alucinaciones.

Según el médico Nima Namgyal Sherpa, estas alteraciones han llevado a algunos montañistas a actuar de manera irracional y sufrir caídas fatales.

Los pulmones tampoco escapan al impacto. La acumulación de líquido, conocida como edema pulmonar de gran altitud, puede causar dificultad para respirar y la expulsión de una mucosidad rosada y espumosa. Los pacientes con este cuadro deben descender de inmediato y recibir oxígeno suplementario.

Semanas de preparación para unas pocas horas

Para reducir los riesgos, los montañistas pasan entre cuatro y seis semanas aclimatándose. La estrategia consiste en ascender progresivamente y regresar a campamentos más bajos para descansar.

Durante ese proceso, el organismo aumenta la producción de glóbulos rojos y modifica la respiración para aprovechar mejor el escaso oxígeno.

A partir de los 23,000 pies, la mayoría depende de cilindros de oxígeno. El sistema, compuesto por una máscara y reguladores, no reproduce las condiciones del nivel del mar, pero disminuye el impacto de la altura. Un fallo en el suministro, especialmente en la zona de la muerte, puede desencadenar un colapso casi inmediato.

El desafío que sigue atrayendo al mundo

La temporada de ascenso más reciente registró más de 1,000 personas en la cumbre, una cifra récord que ha reabierto las preocupaciones por la seguridad y la congestión en las rutas finales.

Las opciones de rescate son limitadas. Los helicópteros rara vez pueden operar por encima de los 21,000 pies y los socorristas se enfrentan a los mismos riesgos que los afectados. “Diría que todos los esfuerzos de rescate en la zona de la muerte suponen un riesgo para la vida del propio rescatista”, afirmó el doctor Nima.

Pese a ello, el Everest conserva un atractivo difícil de explicar. Tras sobrevivir a la experiencia, Purnima Shrestha resumió la contradicción que acompaña a quienes regresan una y otra vez a la montaña: “No importa cuántas veces vaya allí, una vez que estoy en lo más profundo de la zona de la muerte, siempre me pregunto por qué decidí volver”.