Lo que comenzó como una apuesta comercial terminó convirtiéndose en un problema para los ecosistemas de agua dulce de España. El cangrejo rojo americano logró adaptarse, reproducirse y expandirse durante décadas, hasta convertirse en una de las especies invasoras más extendidas del país.

La historia comenzó en 1973, cuando Andrés Salvador Habsburgo-Lorena introdujo ejemplares de esta especie en una finca de Badajoz. La intención era aprovechar su potencial comercial, siguiendo el modelo de explotación desarrollado en Estados Unidos.

Un año después, en 1974, se volvió a introducir en las marismas del Bajo Guadalquivir. Allí fueron liberados unos 7,000 cangrejos rojos americanos, originarios del noreste de México y del centro y sur de Estados Unidos.

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El animal encontró condiciones favorables para reproducirse y desplazarse hacia nuevos ambientes. Con el paso del tiempo, llegó a canales, arroyos, ríos y humedales de diferentes zonas del territorio español.

Una especie difícil de controlar

El cangrejo rojo americano tiene una gran capacidad de adaptación. Puede sobrevivir durante periodos de desecación, desplazarse por tierra hasta otros cuerpos de agua y reproducirse con rapidez.

El Ministerio para la Transición Ecológica de España señaló que puede alcanzar entre dos y tres generaciones al año. Además, las introducciones realizadas posteriormente por personas contribuyeron a ampliar todavía más su distribución.

Su presencia también comenzó a modificar los ecosistemas. La especie consume vegetación, invertebrados, peces y anfibios, además de huevos y ejemplares jóvenes de otros animales.

El animal ha encontrado condiciones favorables para reproducirse y desplazarse a nuevos ambientes.
El animal ha encontrado condiciones favorables para reproducirse y desplazarse a nuevos ambientes. (El Tiempo / GDA)

Sus hábitos excavadores pueden deteriorar las orillas y aumentar la turbidez del agua. También compite con especies autóctonas y puede transmitir enfermedades como la afanomicosis, causada por el hongo Aphanomyces astaci, que afectó gravemente a poblaciones de cangrejos de río europeos.

El impacto resulta especialmente preocupante en humedales cercanos a espacios protegidos como Doñana, donde la expansión de la especie ha alterado las condiciones de vida de diferentes organismos.

Un problema ambiental que también genera dinero

La captura y comercialización del cangrejo rojo impulsaron durante décadas la economía de localidades como Isla Mayor, en Sevilla. La actividad llegó a generar unos 20 millones de euros ($23,210,600) por temporada y a involucrar a una parte importante de sus habitantes.

Esta realidad hace que su manejo sea todavía más complejo. No se trata únicamente de retirar una especie invasora, sino de controlar un animal alrededor del cual se construyó una actividad económica.

Después de más de cinco décadas, la erradicación tampoco resulta sencilla. El Ministerio para la Transición Ecológica advirtió que, una vez establecidas sus poblaciones, el control y la eliminación pueden ser generalmente inviables.

Por ello, las estrategias se concentran en limitar su expansión y controlar sus poblaciones mediante métodos como trampas y barreras. La historia del cangrejo rojo americano muestra como una iniciativa creada para generar un negocio terminó dejando un problema ambiental difícil de revertir.