Los gemelos Ibrahim Jemuel e Isaac Jemuel Cruz Nieves, de 19 años, sonríen como quien alcanza un sueño. El de ellos –uno de tantos– era obtener su bachillerato. Y lo lograron, con distinción cum laude.

Para muchos, esta historia gira alrededor de dos niños que entraron a la Universidad Interamericana, Recinto de Bayamón, cuando tenían 13 años. Pero es más que eso.

Es una historia de complicidad, de sacrificios cotidianos, de amor y de una familia que se negó a ponerle freno a su curiosidad.

El camino

Era enero de 2021 cuando sus rostros se asomaron, por primera vez, en una clase universitaria. Estaban tranquilos. La pandemia les había dado una especie de escudo.

Relacionadas

“Por ahora, vamos a pasar desapercibidos”, recuerda haber pensado Isaac. “Nos sentimos bastante relajados, cómodos. Fue cuestión de fluir”.

Lo complicado vino después de ese primer semestre, cuando tenían que buscar un equilibrio. Aunque Ibrahim estudiaba Biotecnología e Isaac cursaba Seguridad Cibernética, al depender de sus padres para el transporte, debían cuadrar sus horarios.

“Pero en la parte social nos fue extremadamente bien”, destaca Ibrahim. “Tengo amistades que me llevo en el corazón”.

Tras superar obstáculos para que Isaac Jemuel e Ibrahim Jemuel tuvieran una educación a la par con su coeficiente intelectual, la familia aboga para que otros jóvenes y padres rompan barreras, como el miedo, por el bien de esta población.
Tras superar obstáculos para que Isaac Jemuel e Ibrahim Jemuel tuvieran una educación a la par con su coeficiente intelectual, la familia aboga para que otros jóvenes y padres rompan barreras, como el miedo, por el bien de esta población. (Carlos Rivera Giusti/Staff)

Y es que adaptarse a un ambiente rodeado de adultos no se les hizo particularmente complicado. Al ser homeschoolers, participaban de grupos de apoyo donde compartían con jóvenes mayores.

“Muchas personas ni siquiera se daban cuenta de que éramos menores”, asegura Isaac.

Eso no significa que no hubo obstáculos, como el estrés a la 1:00 de la madrugada antes de entregar un trabajo o los comentarios de personas que les subestimaban y dudaban de sus capacidades.

“No les prestábamos atención”, sostiene Ibrahim. “Sabemos de lo que somos capaces, así que nos motivaba a demostrarles que sí podíamos”.

El inicio

Pero esta travesía comenzó mucho antes, cuando a Isaac, con ocho años, lo llevaron a una terapista del habla a raíz de una pérdida auditiva de la que padece.

“(La terapista) me indicó que tenía un vocabulario de un niño de 13 años”, cuenta la madre, Vilmary Nieves Cruz, en entrevista con Primera Hora.

La escuela les comunicó a los padres que no tenían las herramientas para educarlo. En eso, aprovechan y evalúan a Ibrahim.

“Y ahí nos dimos cuenta que ambos tenían un IQ sobre el promedio”, narra.

Entre los sacrificios incurridos, Vilmary dejó su trabajo para educar a los niños en casa.
Entre los sacrificios incurridos, Vilmary dejó su trabajo para educar a los niños en casa. (Carlos Rivera Giusti/Staff)

Vilmary renunció a su trabajo y comenzaron el homeschooling.

“Mamá fue la que estuvo full con ellos educándolos, enseñándolos, dándole principios y valores”, resalta el padre, Jemuel Cruz Cruz.

Los gemelos fraternos cada vez exigían más. Tanto que, antes que sus padres pudieran asimilarlo, culminaron la escuela superior.

La duda

— ¿Cómo es?, cuestionó incrédulo Jemuel.

— Ellos quieren irse para la universidad, le repitió Vilmary.

— No, no, no. Eso no es viable a esta edad, ellos son niños, le contestó.

Había llegado el momento y, con él, la duda, el miedo.

“No sabía qué hacerme”, rememora Jemuel. “¿A qué padre no le da temor exponer a dos niños, que se supone que entren a octavo grado, a una universidad? Fue mucho el temor”.

Sin embargo, no se cerraron. Buscaron opciones hasta que llegaron a la Universidad Interamericana. Le hicieron una evaluación y el promotor Osvaldo Cruz les confirmó: “Están ready, déjalos entrar”.

La meta

Tras cinco años, el día de la graduación llegó cargado de emociones.

“Sentí mucho orgullo”, dice Ibrahim. “No solamente de mí, sino de todas las personas que estuvieron involucradas, porque mis padres fueron un gran apoyo. No podía creer que estaba viviendo esa experiencia que había soñado cuando comenzamos el bachillerato”.

Isaac, por su parte, sintió una mezcla de satisfacción y nostalgia.

“Voy a extrañar a muchos profesores”, confiesa. “Especialmente al profesor Hacniel Cardona. Fue un gran apoyo”.

La alegría también alcanzó a sus padres. Para Jemuel, ver a sus hijos recibir sus diplomas fue imposible de describir.

“Hubo que llorar”, admite.

Y mamá revivió en un instante todos los obstáculos superados para encontrar las oportunidades adecuadas para sus hijos.

“Fueron muchas emociones encontradas”, detalla. “Pensé en todo lo que tuvimos que pasar para llegar hasta aquí”.

Los gemelos aseguran que la adaptación social universitaria fue bastante fácil.
Los gemelos aseguran que la adaptación social universitaria fue bastante fácil. (Carlos Rivera Giusti/Staff)

El futuro

Las ganas de seguir creciendo aún no las han extinguido. Por lo que ya trabajan en sus próximos pasos académicos y laborales.

Ibrahim se prepara para tomar el examen de admisión a escuela dental, con la meta de convertirse en ortodoncista.

Isaac se dispone a entrar al mundo laboral, mientras desarrolla su proyecto de tesis: una inteligencia artificial que ayuda a detectar si un correo electrónico es legítimo o un intento de phishing, en busca de hacer internet más seguro para todos.

La hermandad

Más allá de la etiqueta de persona con altas capacidades, estos jóvenes tienen intereses muy variados.

A Isaac le apasiona la Fórmula 1, los videojuegos, viajar, el hiking y “todo tipo de música”; además de tocar el bajo, escucha metal, rock y hasta pop.

Ibrahim, por su parte, ha descubierto su pasión por la fotografía, disfruta de la naturaleza y aprovecha cualquier oportunidad para pasar tiempo con sus seres queridos.

Lo que sí les une es que ambos describen su vínculo como inquebrantable.

“Es una relación supersana”, reflexiona Ibrahim. “Hemos compartido toda la vida y esperamos seguir haciéndolo”.

Isaac, mientras, resalta el sostén que ha sido su hermano en toda esta travesía.

“Él sabe todo de mí”, manifiesta. “Gracias a sus consejos me he podido desarrollar personalmente. Creo que sin él mucho de esto no se hubiese logrado”.

El llamado

Para la familia, cerrar esta etapa también es visibilizar una realidad.

En Puerto Rico, más de 1,200 estudiantes están registrados en el Instituto de Investigación y Desarrollo para Estudiantes Dotados. Sin embargo, se cree que hay muchos más casos.

Para Jemuel, en parte, se debe al miedo y la incertidumbre que invaden a los progenitores.

“Emocionalmente, van a seguir siendo niños. Esas etapas van a seguir”, afirma. “No los detengas. Detenerlos les va a traer frustración. Déjalos que corran, es como único van a alcanzar sus metas”.

Isaac, por su parte, aprovecha para enviarle un mensaje a otros jóvenes que sienten que aprenden de manera diferente.

“Busquen lo que les apasiona”, opina. “No lo que otros les dicen que deben ser”.

Al final, las personas con altas capacidades lo que necesitan es espacio y apoyo para desarrollarse.

“Existimos los estudiantes dotados”, recalca Ibrahim. “El pueblo de Puerto Rico debería tenerlos un poquito más en consideración. No somos un caso aparte, somos parte de la sociedad. Hay que ayudarlos a seguir creciendo como se merecen, como deben”.