Si por su semblante apacible fuera, se disimularían las veces que ha tocado el umbral de la muerte y las vivencias que han forjado cada una de sus decisiones.

Adrián Gutiérrez Rodríguez, el exmilitar, no será cualquier egresado de la Universidad del Sagrado Corazón, sino el único beneficiario de la beca Grillo-Marxuach Family Medical Sciences Study Scholarship para continuar sus estudios en medicina en el Recinto de Ciencias Médicas de la Universidad de Puerto Rico.

Recibirá $40,000, un fondo que cubrirá sus gastos como alumno durante los próximos cuatro años.

“Aquí yo puedo aportar al sistema de salud en Puerto Rico”, consideró el joven de 27 años. “Ahora empiezo ese camino de lo que es estudiar la medicina”, adelantó al recalcar que una de sus inspiraciones es el doctor Jaime Fumero, a quien acompañó en su labor como médico.

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Adrián culminó cuatro años de biología con un promedio de 3.88. No hubo semestre en el que no figuró en la lista del decano. Continuará sus estudios en medicina para servir a su comunidad, pese al frágil sistema que tiene la Isla.

“Nosotros estamos bien orgullosos de Adrián y estamos bien comprometidos con que la próxima generación de profesionales de la salud que salga de aquí va a ser la mejor”, puntualizó la doctora Bianca Valdés Fernández, decana de la Escuela de Ciencia y Medicina.

De paciente a futuro doctor

El génesis de la misión de vida de Adrián fue cuando tenía 10 años, de camino a la escuela para su primer día de quinto grado.

Sentía dolor de barriga, lo que parecía ser una estrategia infantil para asegurarse un día más de vacaciones veraniegas. Más aún, el dolor no apaciguó al día siguiente.

Su madre, Rita María Rodríguez Rodríguez, lo llevó al hospital y, como en tantas salas de emergencia en la Isla, la espera fue agonizante. Las lágrimas de Adrián y la insistencia de Rodríguez ayudaron a que fuera atendido y diagnosticado con apendicitis. La espera fue tal que su apéndice perforó.

“Al otro día despierto, estoy todo vendado, parece estar todo bien, pero esa noche, me levanto y tengo la barriga (que) parece un globo rojo, caliente. Sentía que algo estaba mal”, rememoró el joven.

Se trataba de una situación de vida o muerte: Adrián contrajo una peritonitis, una infección derivada de la perforación de un órgano.

“Llegó la enfermera, me vio y lo que hizo fue que se asustó y salió. Ahí llega mami y me ayuda a quitarme la venda… de ahí lo que me acuerdo es mi mamá gritando. Ella trajo una biblia y como a los 10 a 15 minutos entra el cirujano de nuevo y ahí mismito en la cama, sin anestesia… cogió una tijera y ahí mismo (me abrió)”, narró.

La cama parecía una escena de película. Era una peritonitis, ya se había regado la infección. Parece que no hubo buena limpieza y se infectó”, continuó.

Su recuperación demoró tres meses. Pero la cicatriz emocional sangró por muchos años más. Recordó el “trauma” de visitar médicos y la desconfianza que generó en él el sistema de salud local.

“Haber experimentado eso, (estaba) completamente convencido que esa era la experiencia de todo el mundo aquí en Puerto Rico. Me imaginaba trabajando en otro campo de las ciencias que no fuera la salud porque no quería ser parte, no me podía ver siendo un médico en este sistema de salud. No lo respetaba por mi experiencia”, confesó.

A ocho años de esa experiencia, el huracán María azotó a Puerto Rico. Junto a sus cuatro hermanos mayores, Yamil, Joel, Abner y Jaime, ayudó a limpiar las carreteras, llenas de árboles caídos y escombros que dejaron los vientos del fenómeno.

En eso, descubrió los hospitales bajo carpas de la milicia estadounidense. Conoció la pericia y el servicio médico y, luego, entró al buque hospital de la Marina de los Estados Unidos, el USNS Comfort.

“Fue bien inspirador”, rememoró. “Ese fue mi primer choque con lo que era la medicina de calle. No es solamente guerra”, agregó.

Con el buque llegaron los Marines. Coincidió con la nubosidad mental que tenía Adrián con relación a su futuro. Visitó tres universidades, pero no se decidía qué hacer. Fue con los Marines que sus incertidumbres se disiparon.

“Cuando sucede eso de los Marines, creo que fue lo más que me había impactado hasta el momento, fue esa experiencia. Me (sentía) atraído, me (sentía) con propósito”, dijo.

Firmó un contrato con los Marines por cinco años, pero por una condición de salud, cumplió tres años y seis meses en el servicio militar con base en Carolina del Norte.

Fue lingüista y cursó en el Instituto de Lenguas de Defensa en California, donde aprendió francés e inglés, perdiéndose en las páginas de Being Mortal de Atul Gawande y las cartas filosóficas de René Descartes hasta graduarse como el estudiante más destacado de su clase y ser galardonado con el premio Command Sergeant Major Award. Luego, fue operador táctico de inteligencia de señales.

Al retirarse, primero miró hacia la Universidad de California para estudiar biología. Sin embargo, sentía un “hueco enorme” en Estados Unidos.

“Después de tanto tiempo estando seguro de lo que quería estudiar y de lo que quería hacer y llegar allí y que ese momento se sintiera tan vacío, (donde me preguntaba) ‘¿qué hago aquí?’. Decía mi miedo es quedarme aquí (en Estados Unidos). Quería estar (en Estados Unidos), pero ahora tengo miedo de quedarme aquí”, comentó al también mencionar que el estar lejos de su madre y no poder ayudarla directamente también le incomodaba.

Regresó a la Isla, le compró una casa a su madre y consultó con ella sobre su futuro. Ella, quien antes de darlo a luz fue monja, le recomendó la Universidad del Sagrado Corazón.

“Vine convencido que iba a hacer un ‘downgrade’ en la educación… pero superó mis expectativas”, dijo entre risas. “Yo trato de decirle a otros estudiantes lo bueno de la educación de aquí. La mejor educación es la accesible y yo ver las oportunidades de aquí igual que las de allá para mí no había competencia”, aseguró.

Más allá de la medicina, visualiza orientar a otros jóvenes sobre cómo navegar los sistemas universitarios, así como las decisiones para forjar su vida profesional.

“Mientras más temprano uno encuentra esa pasión, tú tienes estudiantes que quieren ser parte de la comunidad universitaria y querer dar un poquito más en las asociaciones, todo por mejorar esa carrera universitaria”, expresó.

Fuera de las paredes del aula, Adrián disfruta de la lectura y de nadar. Es fanático del baloncesto y dice ser “una persona tranquila” o hasta “demasiado tranquilo, demasiado lento hablando, expresándome, pero soy bien tranquilo, soy bien de quedarme en casa, visitar a la familia, a mis hermanos, a mi novia, a mis suegros”.