Nota del editor: La serie Boricuas en la Luna destaca las historias de los puertorriqueños que han extendido las fronteras de la Isla al establecerse por el mundo, cargando con nuestra bandera, cultura y tradiciones.

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Bajo el “sol de medianoche” en Alaska, donde el día parece no tener fin durante el verano, el frío carcome con insistencia un cuerpo caribeño que, aunque feliz, añora el trópico.

Allí, sobre una motora Royal Enfield Himalayan 450 con una bandera de Puerto Rico, está Kevin Durán, un joven de 33 años, natural de Orocovis, que cambió la seguridad de un empleo estable por recorrer el continente americano a través de la inmensa Carretera Panamericana hasta llegar a Ushuaia, en el sur de Argentina.

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Serán más de 20,000 millas. Y apenas acaba de comenzar.

Pero para entender el viaje de Kevin, hay que volver a las montañas del centro del archipiélago boricua.

“Mi juventud fue correr motora con mi papá”, rememora.

Su padre, Martín “Reno” Durán Figueroa, fue un campeón en múltiples competencias de vehículos todoterreno en Barranquitas. Los motores y la adrenalina marcaron buena parte de su crianza.

A sus 33 años, Kevin Durán dejó un empleo estable para recorrer el continente americano en motora desde Alaska hasta Argentina... ¡y así va!

A los 18 años se mudó a Pensilvania en busca de oportunidades. Y tras regresar a Puerto Rico, sufrir los estragos del huracán María (2017), esperar ocho meses por el restablecimiento de la electricidad, aceptó una nueva oferta de trabajo y volvió a Estados Unidos.

Hacer lo que casi nadie hace

Hace tres años, por obra de los algoritmos, comenzó a ver en redes sociales videos de viajeros que recorrían el continente de norte a sur.

“Esta gente está loca”, pensaba. Pero, poco a poco, la idea floreció. “Un día pensé: ‘Bueno, sé correr motora, tengo mucha experiencia, lo puedo hacer posible’”.

Se lo contó a sus padres, quienes al principio no lo tomaron en serio. Hasta que se acercó la fecha de partida y comenzaron las preocupaciones.

“Mami, no quiero estar trabajando para alguien toda mi vida, quiero hacer mis cosas, quiero intentarlo”, recuerda haberle dicho. “Soy una persona que siempre está intentándolo. Si fallo, vuelvo y lo intento. Así voy a estar siempre”.

Entonces, el pasado 1 de mayo, tras un año metiéndole horas extra al trabajo y ahorrando la mitad de cada cheque, Kevin enfrentó el que, hasta ahora, considera el reto mental más difícil: “dar el primer paso, empezar el viaje, hacerlo y ya, de una”.

Aunque contempló hacer el recorrido en un Toyota Corolla del 2000 o en una van, terminó eligiendo la opción más desafiante.

“La motora es más extrema y me va a sacar de mi zona de confort”, sostiene. “Y eso es lo que quiero, hacer cosas que casi nadie hace”.

Momentos increíbles

Partió desde Pensilvania. Dejó atrás los comentarios de sus amigos que ahora era a él a quien llamaban “loco”.

La ruta por el este y el centro estuvo marcada por el frío y la lluvia, que se volvieron “bastante complicados físicamente”, reconoce.

Se apresuró. Anhelaba llegar a Nuevo México. Sentía que, una vez allí, el viaje realmente comenzaría. Y no se equivocó.

Los paisajes del oeste lo dejaron absorto. Las enormes formaciones rocosas de Monument Valley en la frontera de Utah, el imponente Gran Cañón en Arizona, la ancestral agua hirviendo que sale del géiser Old Faithful en el Parque Nacional de Yellowstone en Wyoming.

“Es increíble”, resume. “El desierto me gusta bastante”.

En un centenar de días atesora recuerdos imborrables. Uno de ellos ocurrió en el Parque Nacional de Banff, en Canadá, donde la naturaleza le regaló el encuentro con un oso grizzly.

“Estaba loco por ver uno”, admite. “Es uno de los osos más peligrosos, más agresivos”.

“Ha sido bastante duro”

Aunque suene –y se vea en redes sociales– como una expedición idílica, la rutina pesa, cansa.

Su día comienza cocinando, desmontando el campamento y preparando la motora. Luego, conduce entre seis y siete horas, con paradas para comer y grabar el contenido que le ayudará a financiar el proyecto.

Suele llegar al destino entre las 8:00 y 9:00 de la noche para volver a montar la tienda, cocinar y, depende cómo se sienta, dedicarle unas horas a la edición de los videos que comparte diariamente en Instagram, Facebook, TikTok y YouTube.

“Ha sido bastante duro”, confiesa. “Pero, hasta ahora, he aprendido que soy capaz de lograr lo que me proponga”.

Lo que le espera

Al hablar con Primera Hora, el orocoveño se preparaba para afrontar “la parte más difícil del viaje hasta el momento”. Un exigente tramo de 500 millas, de Fairbanks a Prudhoe Bay, en Alaska, donde permanecería, prácticamente, incomunicado.

“Solo hay una gasolinera en el mismo medio de la ruta”, explica. “No hay hospitales, no hay nada. Estamos solos como por seis u ocho días”.

Después, volverá a bajar. Estima que la hazaña le tomará entre dos y tres años. Pero, por ahora, su mente piensa en México, en su gastronomía, en su clima tropical, en las playas de Cancún.

“Me encanta mucho”, asegura. “Creo que ahí lo voy a coger un poco más suave, para retomar fuerzas”.

Seguirá con Guatemala, donde espera visitar el volcán de Fuego, atravesará Centroamérica y recorrerá todo el oeste de Suramérica.

“Sé que voy a cambiar”

En cada milla, la monoestrellada lo acompañará y le dará fuerzas para seguir.

“Llevarla es representar a Puerto Rico en este viaje y eso es lo que quiero hacer”, afirma. “Puerto Rico para mí es todo”.

Cuando finalmente pise “el fin del mundo” en la Patagonia, sabe que no será el mismo hombre que salió de Pensilvania.

“Sé que voy a cambiar demasiado”, reflexiona. “Va a cambiar todo lo que tengo hasta el momento”.

Mientras, espera que quienes siguen su travesía sepan “que los sueños sí se cumplen”.

“Solo tienen que dar el primer paso”, puntualiza.

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