DORADO. Los niños vieron la Prensa llegar y se acercaron. Querían hablar. “Yo quisiera ponerle el título al periódico”, deseó Rafael San Miguel, de 10 años.

¿Y qué título pondrías?, le preguntó Primera Hora. “La imagen de nuestra pobreza”, contestó.

¿Y por qué? Le pregunto Primera Hora nuevamente. “Porque a mí me afectó tumbando árboles, matando animales, porque se nos inundaron las casas, desaparecieron familias, no hay comunicación, nos separó por muchos días sin familias. Se va la luz y agua por muchos días…”, contestó Rafael.

De hecho, Rafael dijo que extrañaba a su padre, a quien no había podido ver después del huracán María.

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Ismael Camacho, de 13 años, se fue más o menos por la misma línea editorial de Rafael, su amigo de urbanización.

“Yo le pondría: '¿Cómo el huracán María afectó a Puerto Rico?' porque ahora mis papás tienen que pagar todo eso, aunque a mí tío dijo que ‘todo eso es material. Eso se recupera’. A mi tío se le mojaron tres printers y dos computadoras y se le dañaron porque él es coach de matemáticas y tiene que imprimir muchas cosas. Tiene cinco pesas de pesarse y le dañaron”, contestó.

Sobre lo material, Rafael sacó cálculo y también lo lamentó.

“Me duele mucho porque nosotros gastamos 700 pesos en libros. Setecientos más setecientos son mil cuatrocientos pesos”, calculó Rafael lo invertido en libros para él y su hermana y lo que perdieron a las inundaciones que provocó María su casa.

Rafael e Ismael viven en la hacienda Mi Querido Viejo de Dorado. Allí, las casas en terrenos más bajos, como la de Rafael, quedaron inundadas. Se cree allí que el río La Plata las inundó durante el huracán, como días después hizo ese cuerpo de agua con Levittown en el cercano Toa Baja.

Otros cuatro o cinco niños se acercaron a la Prensa que visitaba la hacienda. Daban la impresión que hace errónea la creencia que los niños la pasan bien en las tormentas porque están bajo el ala de sus padres o porque no tienen responsabilidades ni clases.

“A mí me dio miedo. Yo miré por la ventana y vi un gato nadando”, admitió Ismael.

“Yo sabía que iba a ser malo porque iba a ser como Hugo. Yo no existía para Hugo, pero dijeron en las noticias que era categoría 4 y éste fue categoría 5”, dijo Rafael.

Los niños vieron tanto como los adultos durante María; experimentaron el espacio reducido en sus cuartos por las ascendentes aguas que se les metió por las puertas, escucharon el viento pitar por las ventanas y azotar a las puertas, conocieron el peligro al ser subidos a los techos de las casas -junto a sus abuelas- o al ver sus techos volar como chiringas. 

Han tenido que trabajar asistiendo a los padres; han sacado agua, levantando muebles, botado ropa y matres. Han pasado trabajo durmiendo y han tenido que ajustar la dieta. Han conocido la solidaridad.

“Ellos (los niños) están cansados ya. Son niños y quieren estar jugando. Pero me ven trabajando en la casa y me han acompañado”, dijo Ana Torres, madre de Rafael.  

Ni hablar de las pérdidas que los niños han experimentado con sus pertenencias personales, como los aparatos eleéctrónicos que tan apegados los tienen a su rutina. Los que no perdieron sus tabletas, no las pueden usar por falta de electricidad o señal de internet.

Pero no todo ha sido pérdidas para Rafael e Ismael, quienes dijeron que a falta del mundo cibernético se han metido en el natural.

“Jugamos baloncesto, caminamos por ahí. Yo lo veo más divertido. Me fui por ahí por Gramas Lindas y había un perro muerto y un conejo blanco bien grande. Vi también un hoyo bien grande en el terreno y me asusté”, dijo Ismael.

“Nos las estamos inventando. Estamos jugando a la carretilla, como en los tiempos de antes, llevándonos por las piernas. He encontrado fósiles por ahí, fósiles de pez piraña. Estoy  más divertido ahora”, agregó Rafael.