Aquella tarde estaba batallando con tremenda monga mientras transitaba por el expreso hacia Arecibo. Hacía un mes mi amiga Lynnette me había pedido que me uniera a un grupo de personalidades que iban a estar participando en un maratón de Zumba para recaudar fondos para una joven recién diagnosticada con cáncer. A Lynnete la había llamado Paola, la viuda de Francisco Rosa, el tan querido entrenador personal que falleció víctima del cáncer hace unos dos años. Si alguien sabe lo importante que es apoyar a un paciente de cáncer es Paola, quien fue testigo de cómo Puerto Rico entero se desbordó en cariño y apoyo para su esposo y padre de sus tres hijos.

No fue hasta que llegué a la cancha bajo techo donde se celebraría la actividad que me enteré que ni Lynnete ni Paola conocían a Fany, la estilista y profesora de Zumba para quien se había organizado el evento. Alguien, posiblemente una amiga de Fany, había contactado a Paola y ella se ocupó de reclutarnos a unos cuantos más.

Cuando llegué, me encontré con un grupo pequeño de personas dando los últimos toques antes de abrir las puertas al público. Pero al poco tiempo entraba por allí un mar de gente, personas de todas las edades, vestidas con ropa de ejercicios para “zumbarle” con todo a la causa de Fany. Una vez comenzó oficialmente el evento, subieron a la tarima cerca de 15 o 20 maestros y maestras de Zumba de todas partes de la Isla. La mayoría de ellos tampoco conocían a la homenajeada. Estaban allí simplemente porque alguien los llamó y les dijo que una colega necesitaba apoyo.

En ese momento se me olvidó el malestar y la congestión de la monga y no tuve más remedio que unirme a aquella masa de gente amorosa y bailona. Allí sudando la gota gorda, entre acordes de salsa, merengue y reguetón, sentí un gran orgullo de ser puertorriqueña y de los muchos valores que todavía, a pesar de toda apariencia, nos definen como pueblo. Hoy celebro la solidaridad y la fuerza sanadora que nace de ella. Salud para Fany y para Puerto Rico.