Durante la pasada década hemos visto múltiples reinvenciones de los cuentos de hadas, la mayoría por parte de Disney, estudio que ha sido sinónimo de ellos desde su primer largometraje. Princesas como “Merida” (Brave), “Rapunzel” (Tangled) y “Anna” (Frozen) no han requerido de un príncipe que las rescate. Historias como las de Alice in Wonderland y Sleeping Beauty han sido reinterpretadas desde otras perspectivas, haciéndolas más oscuras y apetecibles para las audiencias contemporáneas con un marcado paladar por los blockbusters. La nueva adaptación de Cinderella, sin embargo, realiza algo que dentro de este contexto moderno podría ser descrito como radical: aferrarse a las virtudes de un indiscutible clásico y presentarlo tal cual.

Mientras otros filmes, como el reciente musical Into the Woods, buscan reconstruir o reevaluar los cimientos de los cuentos de hadas a través del humor y las mofas, Cinderella nos pide que nos rindamos ante ellas y celebremos su fantasiosa naturaleza. El libreto de Chris Weitz no toma ningún desvío en un intento por actualizar la fábula de la doncella maltratada por su madrastra y hermanastras que halla la felicidad con la ayuda de su hada madrina. El filme comienza con “Había una vez” y acaba con “Y vivieron felices para siempre”. Lo único que Weitz agrega, y resulta beneficioso para la producción, es amplificar las motivaciones de los protagonistas.

Bajo la elegante dirección de Kenneth Branagh, Cinderella despunta como una de las mejores adaptaciones cinematográficas que se haya visto de este cuento. El cineasta británico trae consigo su afinidad por el melodrama shakespeariano, trasladando las emociones a un primer plano y dejando en el trasfondo los elementos mágicos, al menos hasta cuando son absolutamente necesarios. De hecho, cuando único la película tropieza un poco es precisamente en ese momento cuando la calabaza se convierte en un carruaje y los lagartijos en sus choferes. Hasta ese punto, Branagh ha construido un drama tan anclado en la realidad que de pronto resulta desconcertante la abundancia de efectos computarizados, pero la actuación de Helena Bonham-Carter como el hada madrina es tan acertada y cómica que permite obviar este desliz.

La historia funciona tan bien como lo ha hecho por cientos de años, y el fabuloso elenco se encarga de interpretar a los arquetipos ejemplarmente. Lily James (Downton Abbey) es una revelación como “Cenicienta”. La actriz británica es absolutamente encantadora, encarnando a una joven noble y valiente para quien dejarse llevar por los placeres de su primer amor no significa una debilidad de carácter. Al contrario, la hacen más fuerte y determinada, y James se adueña de la película al exteriorizar el consejo que recibió “Cenicienta” de su madre en su lecho de muerte: “ten valor y se amable”.

Otro personaje que se beneficia notablemente de mayor desarrollo es el príncipe encantador, interpretado por Richard Madden (Game of Thrones). Sus ojazos azules le valen de mucho físicamente, pero es el trasfondo que le provee el libreto lo que le permite hacer más robusta su actuación. Cate Blanchett, como la madrastra, resalta el enorme talento de esta actriz para darle peso hasta el papel más pequeño, y el que le dan aquí es bastante mínimo –desafortunadamente- aunque bien aprovechado. Cabe también señalar a Holliday Grainger y Sophie McShera como las hermanastras, ambas adorablemente insoportables, como deben ser.

Usted conoce esta historia. La ha leído, escuchado o visto infinidad de veces en diferentes medios, y aquí no encontrará nada que no conozca. Pero a veces es meritorio repasar por qué un clásico ha adquirido ese status, y esta nueva adaptación de Cinderella lo hace más que evidente.

Nota al calce: La proyección de Cinderella es precedida por el cortometraje Frozen Fever, pero tranquilos, amigos padres y madres. Les aseguro que, contrario a Let it Go, sus hijos no los obligarán a escuchar la nueva canción 2,382 veces.