El compartir de este fin de semana con uno de mis ahijados, el de diecinueve años, me confirma que en los asuntos de relaciones todos pasamos por lo mismo. Resulta que en el mismo fin de semana una de mis amigas de hace muchos años, también vivía un momento revuelto en su relación de pareja. De frente me daba la verdad de que en las conexiones entre humanos la diferencia de edad entre uno y el otro no determina distancia en las situaciones. Porque cuando hay amor, interés e inversión de tiempo y emociones, lo que nos afecta es exactamente lo mismo.

En este cuerpo que trae sangre y el corazón palpita, también será inevitable confundir entre los intereses del ego, que se fundamentan en el miedo, y la capacidad innata y natural de ser y hacer amor. Tengo la convicción -porque decido inclinarme al optimismo- de que en las relaciones cercanas están todas las oportunidades para irnos puliendo, descascarando o quitando capas para acercarnos a menudo a sentir la libertad real y única que ofrece el amor, en su definición más pura. Pero aquí estamos, tentados a impresionarnos con el ego y dejarnos a veces llevar por el temor a perder, por las experiencias del pasado, o por el miedo a la soledad, a ser rechazados, a fallar, entre otros temores que cuando estamos vulnerables coquetean para ganar la batalla. Y cuando eso pasa ya le habremos dado el poder al ego y la inseguridad podría dominar, si así lo permitimos.

Siento que es riguroso cuando nos etiquetamos como maduros, inmaduros, inseguros o seguros, cuando cada uno de nosotros pasamos por momentos de inseguridad, de sentirnos certeros, de actuar con sabiduría y de tener espacios de ignorancia donde la posibilidad de aprender es el gran regalo. Uno esperaría vivir, o ver alrededor, cumplidas las historias tal como imaginamos que deberían ser. Pero así no es la vida.

Mi ahijado necesitaba saber en dónde estaba parado con la chica con la que hace unos seis meses sale, mientras que ella, sin estar lista para definir del todo la relación con una etiqueta o nombre, le pide tiempo para conocerse mejor y para vivir lo que hasta ahora tienen construido. Conversamos un rato y me puse en los zapatos de ambos, y qué fácil fue entenderlos a los dos. Al final, la conclusión fue, hacer lo que le hiciera sentir menos tensión, “porque el amor es libre, no hay de otra”, pude decirle. Entonces, las dos sonrisas que la chica le ofreció cuando determinadamente él abrió la comunicación sin más exigencias, sino en calma y confianza, fueron su resultado y confirmación. De lo que no hay duda, es que crecieron en las cosas del amor.

Sugerencias:

  1. No juzgues los procesos en relaciones de los demás ni los tuyos.
  2. Busca en qué áreas de ti mismo puedes crecer dentro de una relación.
  3. Entiéndete.
  4. Escucha y escúchate.
  5. Elige el amor y no el miedo cada vez que puedas.
  6. Sé consciente de tus fortalezas y de tus inseguridades.
  7. Usa la honestidad como virtud para el desarrollo positivo de una relación.
  8. No olvides que estamos en evolución constante.