Obesidad pediátrica: lo que no podemos seguir normalizando
El padecimiento no define a un niño, pero sí puede condicionar su salud futura si no actuamos a tiempo

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Actualmente, existe una progresión sostenida de la obesidad en la población pediátrica. Lejos de ser un hallazgo aislado o un problema estético, la obesidad infantil constituye una enfermedad crónica, multifactorial y de alta complejidad clínica, con implicaciones metabólicas, endocrinas, cardiovasculares y psicosociales, a corto y largo plazo.
En Puerto Rico, este padecimiento se ha convertido en un motivo frecuente de consulta endocrinológica, muchas veces, ya asociada a complicaciones metabólicas establecidas en edades cada vez más tempranas, incluyendo resistencia a la insulina, dislipidemia, enfermedad hepática, hipertensión arterial, apnea obstructiva del sueño y alteraciones del bienestar emocional.
La obesidad pediátrica no simplemente se debe a comer mucho. Es el resultado de una interacción entre genética, ambiente, hábitos familiares, salud emocional, calidad del sueño, nivel de actividad física y acceso a alimentos saludables. Nuestros niños viven en un entorno diferente ya que pasan más tiempo sentados, duermen menos horas, consumen más alimentos ultraprocesados y tienen menos espacios seguros para jugar activamente.
En Puerto Rico, hay factores sociales que también influyen. Rutinas familiares exigentes, limitaciones de tiempo, costo de alimentos saludables y una alta disponibilidad de comida rápida hacen que muchas familias dependan de opciones prácticas, pero no siempre nutritivas. A esto se suma algo cultural: hemos normalizado ver niños con sobrepeso como algo esperado y eso puede retrasar evaluaciones importantes.
Desde el punto de vista médico, existen varias medidas para evaluar la afección de la obesidad. En clínica, se sigue utilizando el índice de masa corporal o IMC, entre otros. El IMC es un cálculo que relaciona peso y estatura, y en pediatría se interpreta según la edad y el sexo utilizando percentiles.
Cuando el IMC está en o por encima del percentil 95 se categoriza que el niño padece de obesidad. Sabemos que esta medida no es perfecta, pero sí es una señal de alerta que nos ayuda a identificar el riesgo metabólico y actuar a tiempo. En la evaluación clínica no miramos solo el peso, miramos al niño completo. Su crecimiento, su presión arterial, su alimentación, su sueño, su estado emocional y su entorno familiar. En muchos casos también se solicitan laboratorios para detectar si hay comorbilidades.
Hay señales que deben llevar a la evaluación médica: aumento rápido de peso, obesidad persistente, ronquidos frecuentes, cansancio marcado, presión elevada y azúcar alta, entre otros.
El tratamiento no se basa en dietas estrictas ni en restricciones extremas. Eso ya sabemos que no funciona a largo plazo. El enfoque es familiar, progresivo y sostenible. El objetivo no es perfección sino estar en salud.
Ahora que estamos justo comenzando el verano es una oportunidad para evaluar y modificar nuestras rutinas en casa. Con menos presión escolar, las familias pueden reorganizar sus rutinas y crear hábitos más saludables.
Algunas estrategias para crear hábitos saludables son:
- Ofrecer agua como bebida principal, dejando los refrescos y jugos azucarados.
- Preferir la alimentación casera y menos ultraprocesada.
- Establecer horarios de comida más estructurados.
- Ofrecer frutas, vegetales y proteínas como base de las meriendas.
- Realizar actividad física diaria en familia como caminar, correr bicicleta, nadar, bailar o realizar juegos al aire libre. La meta no es hacer ejercicio como castigo, sino mover el cuerpo de forma natural y divertida. En pediatría recomendamos, al menos, 60 minutos diarios de actividad física moderada a vigorosa, siempre y cuando sean tolerados y apropiados.
- El sueño es otro pilar que muchas veces se subestima. Dormir poco altera las hormonas que regulan el hambre y la saciedad, y esto impacta directamente el peso.
Hoy día, además de fomentar un estilo de vida saludable, contamos con medicamentos aprobados para adolescentes que padecen obesidad para controlar el apetito. No son soluciones mágicas ni reemplazan los hábitos saludables, pero pueden ser una herramienta útil cuando el riesgo médico es alto y siempre que sea bajo supervisión especializada.
Para finalizar, no podemos olvidar el aspecto emocional. Muchos niños con obesidad cargan con burlas, culpa o vergüenza. El lenguaje que utilizamos en casa y en consulta importa tanto como cualquier tratamiento. Tengamos cuidado con el lenguaje que se utiliza. Nunca se utiliza como adjetivo la obesidad ni como descripción de la persona. La obesidad es un padecimiento médico y así nos debemos referir sobre el mismo.
La obesidad pediátrica no define a un niño, pero sí puede condicionar su salud futura si no actuamos a tiempo. La buena noticia es que sí hay margen de acción. Pequeños cambios consistentes en la familia pueden cambiar completamente el pronóstico. No se trata de alarmar. Se trata de no ignorar y actuar a tiempo.
La autora es endocrinóloga pediátrica.

Este contenido comercial fue redactado y/o producido por el equipo de GFR Media.


