El pueblo de Puerto Rico que enamoró a Franklin D. Roosevelt y guarda secretos por descubrir
Peñuelas es mucho más que el “Valle de los Flamboyanes”: una ruta llena de historia, leyendas, gastronomía y rincones únicos que merecen ser explorados.
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Peñuelas. Entrar a este municipio es como atravesar un portal. Los flamboyanes, silentes en la orilla, marcan la ruta. El bullicio se ahoga. Y el paisaje se pinta de verdes. Aquí el tiempo transcurre distinto, con calma.
Esta estampa peñolana maravilló al presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt. Durante su visita, en julio de 1934, vio cómo las flores formaban una alfombra naranja rojiza en el camino. Fue él, entonces, quien los apodó “El Valle de los Flamboyanes”.
En este pueblo costeño, el sonido, además de marcar el compás del río, está incrustado en su historia. Hace casi 50 años, Aníbal Alvarado Negrón fundó aquí la Orquesta de Güiros de Puerto Rico. Y en 1992, Frankie Pérez Matos creó el güiro electrónico. No en balde, a Peñuelas también se le conoce como “La Capital del Güiro”.
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Durante el verano, estos cognomentos cobran vida cuando el Festival del Güiro y el Flamboyán es la excusa perfecta para que miles de personas lleguen y disfruten de la fusión entre música típica, artesanías, gastronomía y buen ambiente.
Sin embargo, limitarse solo al emblemático evento sería perderse la verdadera esencia de un pueblo que se debate entre la Cordillera Central y los Llanos Costaneros del Sur.
Ruta turística
Peñuelas está lleno de historia y leyendas que vale la pena explorar.
Aunque se fundó oficialmente en 1793, en la Casa de la Historia Ramón Rivera “Bonyé” –un querido trabajador social y alcalde del municipio por 86 días– se pueden observar piezas encontradas en la zona sur que datan de hace 4,000 años.
El museo, en lo que antes fue el castillo del comerciante Luis Maldonado, construido a inicios del siglo 20, también cuenta con salas dedicadas al arte y a la literatura peñolana.
Allí se exhibe el récord Guinness a Jorge Luis García Castro, la persona adoptada de mayor edad del mundo. Su tía formalizó la adopción en marzo de 1992, cuando él tenía 59 años y ocho días.
“También tenemos la carretera más pequeña de América”, resaltó José Manuel Velázquez Santiago, guía turístico y curador. “Sin embargo, yo digo que es la más pequeña del mundo transitable con vehículos”.
La calle Alfonso Quiñones Quinn mide 37 pies con 11 pulgadas de longitud.
Peñuelas ocupó un papel importante en la industria del café y la caña en el archipiélago. Tanto así que “contó con dos de las 14 locomotoras que había en Puerto Rico”, apuntó Velázquez Santiago.
Una de ellas fue conocida como “La Negra Cocola”, traída al país en 1924 por la familia Valdivieso. Transportaba caña y a los trabajadores desde la Hacienda Clementina –de la cual aún queda una chimenea de 35 pies de altura en el barrio Santo Domingo– hasta la Hacienda Dolores. Hoy se encuentra en exhibición en el Parque del Retiro Peñolano.
Justo al frente se encuentra la plaza pública, donde se puede conocer la leyenda del río Guayanés. Se dice que el taíno Guay se enamoró de la española Anés. Sin embargo, el padre de la joven se oponía y lo mandó a ejecutar. Al final, ambos murieron en el río que hoy lleva sus nombres.
La historia inspiró al músico Tulio Préstamo a cantar: “Si bebes del agua del río Guayanés, quedas encantado de la cabeza a los pies”.
Otra curiosidad es que “la iglesia católica de Peñuelas es una de las dos en Puerto Rico que no mira al poniente”, destacó Adamary Hernández, directora interina de la Secretaría de Educación, Arte, Cultura y Turismo del municipio.
Y es que el templo, hecho de mampostería y madera, quedó destruido luego del terremoto de 1918 y el huracán San Felipe II de 1928. Entonces, fue reconstruido a inicios de la década del 30 “mirando hacia la calle principal”.
Dentro de la iglesia está expuesto el Santo Cristo de la Salud, tallado por Tiburcio de la Espada en un tronco de palo de chino. Según la leyenda, la imagen lograría que las aguas retrocedieran en la Bahía de Tallaboa tras un terremoto en 1867, lo que evitaría un tsunami.
La ruta del chinchorreo
Todo recorrido dominguero comienza con un buen brunch. Una recomendación es Delicias en el Campo, en la PR-391, donde ofrecen, entre otras cosas, yaroa dominicana, los tres golpes o croissant con miel.
Luego, puedes tomar el ramal y subir hasta Vista Bahía. Allí te recibirá Mariver Torres Rodríguez, en la sala de lo que fue su hogar por décadas, con sus icónicos pasteles de ñames rellenos de carne de cerdo y acompañados con papas fritas.
“En 2009, por la Ley 7, papi [Adán Torres Martínez] se queda sin trabajo y decide convertir su casa en un negocio de frituras”, contó su hija, María Isabel Torres.
Un día, Mariver preparó los pasteles y quedaron tan exquisitos que deciden añadirlos al menú. Desde entonces, son toda una sensación.
Desde las terrazas, de donde se puede apreciar el mar, también puedes comer cuajitos, bacalaítos, carne frita, chicharrones de pollo, empanadillas y mollejas en escabeche.
“Todo el año hay pasteles aquí”, recalcó María Isabel. “Y todo se hace al momento, no se pone nada en vitrina”.
En 2016, Torres Martínez murió “sacando ñames” en el campo. Sin embargo, además de echar a su familia y nietos adelante, “el pilar” de la familia les dejó una lección grabada: hay que “trabajar con mucha humildad y con mucho esfuerzo”.
La ruta chinchorrera continúa por El Cruce Los Hermanos. Al lado está La Parada del Maestro. Luego sigues hacia El Tumbaito y terminas en el Colmado Santiago.


