Durante siglos, el cuidado del cuerpo y la percepción del aroma humano han sido moldeados no solo por la salud, sino por factores sociales, económicos y de estatus.

Históricamente, el baño frecuente y el uso de fragancias estaban reservados a las élites, mientras que hoy la higiene personal se ha convertido en un estándar global con una industria valorada en más de medio billón de dólares.

Expertos como Johan Lundström, profesor del Instituto Karolinska, señalan que, si bien el olor es un fenómeno biológico influenciado por la genética, la dieta y las bacterias, la actual intolerancia hacia él es, en gran medida, una construcción del condicionamiento social moderno.

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De la distinción de clase a la higiene pública

En el siglo XVII, la limpieza se centraba principalmente en la vestimenta. Según Kathleen Brown, historiadora de la Universidad de Pensilvania, un aristócrata se distinguía por el uso de camisas de lino impecables, aunque su cuerpo fuera aseado con poca frecuencia, sin que esto fuera motivo de juicio social.

La percepción comenzó a transformarse entre los siglos XVIII y XIX. A medida que el baño se volvió accesible para las clases altas y educadas, surgió una nueva asociación: el mal olor se vinculó directamente con la pobreza y la enfermedad.

Este prejuicio se vio reforzado por la “teoría del miasma”, que sugería que los malos olores contenían patógenos. Aunque esta hipótesis fue superada por la teoría de los gérmenes, el estigma persistió.

Instituciones públicas como escuelas y oficinas exigieron una estética más higiénica para las poblaciones en espacios concurridos, convirtiendo la limpieza en un marcador de estatus social que los trabajadores manuales debían emular para ser aceptados.

El papel de la publicidad y la cultura corporativa

A principios del siglo XX, las empresas aprovecharon estas inseguridades sociales para expandir su mercado. Mediante estrategias publicitarias que intimidaban sutilmente al consumidor sobre su respetabilidad y posición social, marcas de jabones y antitranspirantes posicionaron sus productos como necesidades básicas.

En Estados Unidos, marcas como Odorono promovieron la idea de que el olor corporal era un obstáculo para las relaciones personales. Esta tendencia se extendió a otros aspectos de la apariencia, como la depilación femenina y el uso de enjuagues bucales. Para la década de 1950, esta ideología de la higiene se consolidó, logrando que el cuidado corporal se convirtiera en una responsabilidad gestionada principalmente en el hogar.

La disciplina corporal en la actualidad

Hoy en día, la intolerancia al vello y al olor corporal es particularmente alta en entornos urbanos y corporativos. Kathleen Brown sugiere que, cuanto más metropolitana es una comunidad, mayor es el esfuerzo por distanciarse de la naturaleza animal del cuerpo humano.

Gracias a una comercialización globalizada, las rutinas de higiene se han vuelto casi universales. No obstante, los expertos coinciden en que la severa estigmatización del olor corporal actual es un reflejo de los estándares estéticos rígidos que definen la vida profesional y social en el mundo moderno.